“¡Dios es búlgaro! ¡Dios es búlgaro!’‘. Eso era lo único que era capaz de decir el comentarista búlgaro Nikolay Kolev durante la retransmisión del partido de clasificación para el Mundial 94 entre Francia y Bulgaria, en una fría noche parisina de noviembre de 1993. Emil Kostadinov acababa de marcar el gol más importante de su generación. Conseguido en el último minuto, ese tanto le daba la victoria por 1-2 a Bulgaria en el Parque de los Príncipes, y sellaba su pase a la Copa del Mundo. Sobre el papel, ese partido decisivo debía dar carpetazo a las esperanzas búlgaras de alcanzar la fase final de EE.UU.’94. Sin embargo, resultó ser el comienzo del verano más loco de la historia de su fútbol. Los balcánicos no solo serían capaces de conseguir su primera victoria en un Mundial: contra todo pronóstico, también lograrían alcanzar las semifinales. Ha pasado un cuarto de siglo desde la heroicidad búlgara de 1994, que todavía se mantiene como el recuerdo más intenso de un país que había vivido la caída del comunismo solo cinco años atrás, en el otoño de 1989.

Antes del choque de clasificación decisivo en París, Emil Kostadinov, que era en aquel momento jugador del Oporto, y el valencianista Lubo Penev, tenían todos los números de perderse el partido de sus vidas porque sus visados franceses, que supuestamente tenían que expedir las embajadas de Portugal y España, se habían retrasado sobremanera. En la víspera del encuentro, el equipo búlgaro se encontraba en Alemania, donde podía prepararse en calma. “En Bulgaria todo el mundo es experto en fútbol y se ve capaz de darte consejos. Quería ir a un lugar tranquilo en el que el equipo se preparara para el gran partido. Por eso escogí Alemania”, explica el seleccionador de la época, Dimitar Penev, que más tarde sería elegido mejor entrenador búlgaro del siglo XX. Aun así, ni Kostadinov ni Lubo Penev, sobrino del seleccionador, podían cruzar la frontera con Francia. Hasta que al portero Borislav Mihaylov se le ocurrió un plan. El meta, que jugaba en el Mulhouse, club francés de una localidad muy cercana a la frontera alemana, alquiló un coche con el que atravesó el paso fronterizo. Dado que era un jugador bastante conocido en el lugar, en el control no prestaron demasiada atención a los documentos de sus acompañantes. Así se las apañó para colarlos en Francia. Al día siguiente, Penev asistiría a Kostadinov para que este hiciera el gol que cambiaría el fútbol búlgaro para siempre. “Cuando Kostadinov marcó en el último minuto, sufrí un tirón muscular: así de salvaje fue mi celebración”, recuerda el entrenador Penev.

¿Y qué hay del autor del gol? “La manera cómo nos clasificamos fue un verdadero milagro”, explica Emil Kostadinov un cuarto de siglo después. El júbilo que provocó en sus compatriotas con su diana en el último minuto contra Francia fue tal, que muchos empezaron a llamarle ‘San Emil’. Miembro de la federación búlgara hasta su reciente dimisión, el ex del Dépor tiene recuerdos maravillosos de aquel verano: “Teníamos jugadores fantásticos. A veces nos llevábamos muy bien y, otras, no tanto. Pero con su talento, ese equipo era capaz de todo”.

Stoichkov al cero

Sin embargo, el principio de la aventura americana fue de todo menos prometedor. Para empezar, Lubo Penev se iba a perder el torneo después de haberle sido diagnosticado un cáncer de testículo unos meses antes. “La enfermedad de Lubo fue un duro golpe para todo el equipo. Quisimos incluirlo en la plantilla de todos modos, pero debido a lo delicado de su condición no era una buena idea que volara hasta los Estados Unidos”, explica el entrenador. Las malas noticias siguieron cruzándose en el camino del equipo. En su primer partido, Nigeria los aplastó por 3-0. “Durante los meses previos al torneo, había alertado a mis jugadores de que debían tomarse a Nigeria muy en serio. Desafortunadamente, pagamos caro haberlos subestimado”, señala Dimitar Penev. En Bulgaria, los medios locales no se tomaron bien la derrota. En absoluto. “¡Vergüenza en Dallas!”, exclamaba la portada de uno de los diarios deportivos del país. Antes del partido, Stoichkov había prometido que se raparía la cabeza si Bulgaria perdía contra las ‘Súper Águilas’; un rotativo publicó un montaje de la estrella del Barcelona sin pelo (en realidad, Stoichkov no se lo cortó), con un texto debajo en el que se podía leer, con ironía: “Stoichkov cumplió su promesa de raparse la cabeza. Si lo arregla en el segundo partido, contra Grecia, le compraremos una peluca”. Los miembros del cuerpo técnico intentaron esconder las portadas que les habían llegado por fax desde Bulgaria para proteger al equipo. Aun así, Stoichkov vio algunas, y las colgó en las paredes del hotel como motivación. Sería él quien reiría el último.

“Tras perder, nos centramos. Una vez que logramos la primera victoria en un Mundial, nuestro humor cambió completamente. No había forma de pararnos”, recuerda Kostadinov. Ese esperado triunfo llegó al fin 32 años después de su debut en un Mundial, en 1962. En el segundo partido de la fase de grupos, Stoichkov y compañía apabullaron a Grecia por 4-0, con dos goles de penalti de Hristo. Después vino el encuentro decisivo del grupo, contra Argentina. Unas horas antes, saltó la noticia del positivo de Maradona por cinco variantes de efedrina. “Ya estábamos en el estadio cuando nos enteramos. Vimos las caras de los argentinos y supimos que el asunto los había desanimado. Eran vulnerables y aprovechamos nuestra oportunidad”, cuenta el exseleccionador. Sin Maradona, Argentina se bloqueó contra un inspirado equipo búlgaro, que ganó 2-0 con los tantos de Stoichkov y Nasko Sirakov. Bulgaria se clasificó así para octavos, donde se encontraría con México, en Nueva Jersey.

Calor y presión

“Cuando saltamos al césped y miramos a nuestro alrededor, ¡vimos a miles de aficionados mexicanos en las gradas! Los búlgaros eran una minoría”, relata Boncho Genchev, que ese día jugaría un papel clave. “Los mexicanos pensaban que tenían las de ganar contra nosotros, pero resultó ser justamente al revés. Se esperaba tanto de ellos que la carga se les hizo muy pesada, mientras que nosotros no teníamos nada que perder”, añade.

El clima en Nueva Jersey era increíblemente caluroso, pero las cosas aún fueron a peor cuando la portería de México se vino abajo y ambos equipos tuvieron que esperar bajo el sol a que la reemplazaran. El encuentro terminó 1-1 después de la prórroga, y se fue a los penaltis. “El día antes habíamos estado practicando lanzamientos de penalti. Curiosamente, algunos de los que hicieron gran parte de los disparos en esa sesión no tuvieron la oportunidad de chutar llegado el momento. Mi caso fue el contrario. Nunca había imaginado que tiraría un penalti en los octavos de un Mundial”, confiesa un sonriente Genchev, que entró aquel día como suplente en la prórroga. Así pues, ¿cómo es la presión que se siente en un momento tan importante como ese? Según Genchev: “¡La presión era inaguantable! Empiezas a andar desde el centro del campo y, al llegar al área, miras a la portería y parece que es tan, tan pequeña que no hay manera de marcar. Y se te pasan por la cabeza toda clase de pensamientos negativos”. Tres jugadores, entre ellos el exseleccionador búlgaro Krasimir Balakov, ya habían tirado sus penaltis antes de que fuera el turno de Genchev, y todos ellos habían fallado. ¿Qué sintió cuando vio cómo entraba el balón? ¿Alegría desbordada? ¿O puro alivio? “¡Quizá un poco de cada! ¡Fue el momento futbolístico más importante de mi vida! Todos los compañeros que tiraron después de mí marcaron y logramos clasificarnos. Lo celebramos como era debido. Algunos estaban convencidos de que nos íbamos a meter en la final”, revela Genchev.

Uno, dos, tres, ¡bum!

La fiesta había empezado. Aun siendo los actuales campeones, Alemania, los rivales en los cuartos de final, nadie en la concentración búlgara sentía ningún miedo. Al contrario: sabían que habían superado cualquier expectativa, así que disfrutaban completamente de la vida en los Estados Unidos. Ya fuera tomando el sol junto a la piscina del hotel o dando un paseo por los alrededores, los internacionales de Bulgaria no dejaron que los nervios los dominaran. En la víspera del choque de cuartos, tuvieron un invitado de relumbrón: Franz Beckenbauer, que ejercía como comentarista del canal alemán ARD, les hizo una visita. El ‘Káiser’ estaba asombrado de lo relajados que estaban los sorprendentes cuartofinalistas. “Antes de marcharse de nuestra concentración, Beckenbauer me confesó que creía que íbamos a derrotar a Alemania. Era consciente del mal ambiente que flotaba entre la selección teutona, que era exactamente el opuesto al nuestro”, revela Penev. Al mismo tiempo, un helicóptero que transportaba a un equipo del canal SAT1, también germano, aterrizó cerca del hotel. Antes de que los periodistas tuvieran la oportunidad de entrevistar al centrocampista del Hamburgo Yordan Letchkov, Stoichkov les mandó un mensaje. Mirando a cámara, la estrella del Barça usó una particular mezcla de alemán y búlgaro y gritó Zu eins, zu zwei, zu drei: drunn! (‘Uno, dos, tres: ¡bum!’), y saltó a la piscina. Otro jugador que creía firmemente en la victoria de Bulgaria sobre Alemania era Emil Kostadinov: “Estábamos convencidos de que teníamos la capacidad de echar a Alemania del campeonato. Fue el mejor partido que jugamos en Estados Unidos”. Sin embargo, el encuentro no siguió el guion esperado, al menos al principio. Tras terminar la primera parte en empate a cero, el entrenador búlgaro se dio cuenta de que estaban saltando chispas entre Stoichkov y Balakov. Penev optó por mandarlos a cuartos distintos. El técnico los amenazó con sustituirlos si no habían hecho las paces cuando empezara el segundo tiempo. “Lo decía en serio -explica el propio Penev-. Los hubiese sustituido a ambos si no se hubiesen reconciliado. Afortunadamente, lo hicieron”. Aun así, fueron los alemanes los que se adelantaron, con un penalti convertido por Matthäus. “¡No era penalti! Pero estábamos jugando contra los campeones. Sabíamos que podían recibir ‘regalos'”, dice el técnico.

Ese día, la hija mayor de Stoichkov, Mihaela, cumplía seis años, y su padre le había prometido que marcaría un gol y se lo dedicaría. Dicho y hecho. En el minuto 75, Bulgaria dispuso de un golpe franco que Stoichkov convirtió para igualar el marcador. Los alemanes no habían podido siquiera recuperarse del shock cuando Letchkov selló el histórico triunfo con un cabezazo. En Bulgaria ya era noche cerrada, pero a nadie le importaba tener que madrugar al día siguiente: miles de búlgaros tomaron las calles para celebrarlo hasta el amanecer.

Italia esperaba en las semifinales. También un árbitro francés, Joël Quiniou, que se convertiría en protagonista. Mediada la primera parte, Italia ya ganaba por 2-0, pero Stoichkov pudo reducir distancias de penalti justo antes del descanso. Aunque fue otro incidente en el área el que quedó para siempre en el recuerdo búlgaro: unas manos claras de Costacurta que Quiniou no castigó, en lo que habría significado una gran oportunidad para empatar. Durante años, Stoichkov acusó a Quiniou de haberse vengado de Bulgaria por su clasificación a expensas de ‘su’ Francia. “Ese ladrón nos robó el sueño de jugar en una final de Copa del Mundo”, dijo. El entrenador Penev se lo toma con más filosofía: “Fue penalti al 100% y pudo haber cambiado el partido, por supuesto, pero ¿qué le vas a hacer, 25 años después? Así son las cosas”. Boncho Genchev se anima algo más con las teorías de la conspiración. “La FIFA nunca permitiría que un equipo como Bulgaria alcanzara la final. Pero, ¿sabes qué? ¡Da igual! Quedamos cuartos en una Copa del Mundo”, dice. Para Kostadinov, lo positivo supera todo lo negativo: “Mira, llegamos a los Estados Unidos pensando en cómo íbamos a poder lograr esa primera victoria que tanto habíamos esperado. Al final conseguimos mucho más de lo que hubiésemos imaginado. Por eso no me gusta pensar que nos rompieron el corazón. La experiencia fue demasiado buena”.

Stoichkov terminó el Mundial de 1994 como máximo goleador, empatado a seis goles con el ruso Oleg Salenko. Hristo y Balakov también formarían en el mejor once del torneo. Unos meses después, la estrella del Barça -que también ganaría el Balón de Oro- hizo una réplica de su Bota de Oro del Mundial para regalársela a su amigo Lubo Penev, que luchaba por su vida. Después de todo, si no hubiera sido por esa asistencia de Penev y por ese gol de Kostadinov en París, nada en ese verano loco hubiera llegado a ocurrir.

 


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Fotografía de Getty Images.