Tras finalizar su etapa al frente de la selección de Chile, Marcelo Bielsa apuntó que una de las enseñanzas que se llevaba después de cuatro años en Pinto Durán era que ahí aprendió “el valor de la moderación”. “Los argentinos somos exaltados, nos guían el impulso y la emoción”, recalcaba ‘El Loco’ acerca del pueblo argentino, un país en el que la escala de grises se difumina entre la visceralidad y la pasión; y el fútbol, su fútbol, es el claro reflejo de ese carácter pasional que distingue a los argentinos, tanto para lo bueno como para lo malo. Porque su locura enternece al ver a un aficionado emocionado por ver campeonar a su equipo, pero a su vez repudia cuando se enfoca la mirada en episodios como los de la última final de la Copa Libertadores, por ejemplo. Como también es ver a todo un país adorando a un dios pagano y después oír cómo matan a los que no les traen la copa para casa. Una de cal y otra de arena; lo es ahora y lo fue siempre.

A principios de los años 30, el fútbol argentino estaba inmerso en plena profesionalización. En 1931, con la escisión de 18 equipos de la Asociación Amateurs de Football, tomaba forma la Liga Argentina de Football, un campeonato profesional que se alargó durante cuatro ediciones y obtuvo su oficialidad de manera retroactiva con la fusión de las diversas organizaciones balompédicas del país, que dieron paso a la actual Asociación de Fútbol Argentino (AFA).

Por aquellos tiempos, una de las patas de las que cojeaba el fútbol argentino era que el salto cualitativo que se había dado hacia la profesionalización del deporte nacional aún no había llegado a los jueces del juego. Con hinchadas tan ardientes e impetuosas, en un país donde la exaltación y el fervor siempre están a la orden del día, que los árbitros no fueran profesionales ni estuvieran formados de manera escrupulosa para dirigir un encuentro, provocó algún que otro alboroto en Argentina. “La AFA, mostrando su acostumbrada anglofilia (o complejo de inferioridad cultural, dependiendo de cómo se mire), decidió que la solución era volcarse en Gran Bretaña y traer un árbitro británico para establecer estándares y entrenar a los jueces locales”, apunta, en Ángeles con caras sucias, el autor Jonathan Wilson.

La cuestión es que el esperado árbitro británico no llegó a Argentina hasta 1937, y antes de que alguien preparado ‘educara’ a los colegiados del país, dio tiempo a que se vivieran surrealistas situaciones en los céspedes del fútbol argentino. Una de las más sonadas se produjo en la Liga Argentina de Football de 1932. Estudiantes de La Plata y River Plate medían sus fuerzas en la 21ª jornada del campeonato en el Estadio Jorge Luis Hirsch, una jornada marcada también por la suspensión del Lanús-Independiente y el Platense-Gimnasia y Esgrima. Ese 14 de agosto de 1932, el conjunto bonaerense, líder de la clasificación, se personaba en La Plata con la reciente incorporación del delantero Bernabé Ferreyra, un fichaje de cifras desorbitadas que le costó al club el apodo de ’millonario’ -pasaron dos décadas para que otro equipo argentino superara los 35.000 pesos pagados por River-. Por su parte, Estudiantes contaba con su histórica delantera denominada ‘Los Profesores’, compuesta por Alberto Zozaya, Miguel Ángel Lauri, Manuel Ferreira y Enrique Guaita, con la única baja de Alejandro Scopelli.

 

“Zozaya despidió un tiro alto, que dio en la parte anterior del travesaño y visiblemente traspasó la línea del goal. Como la primera intención del árbitro era no sancionar el tanto, se produjo un serio incidente”

 

El encuentro arrancó con un tempranero gol de River Plate desde los once metros, obra de Bernabé Ferreyra antes de llegar a los diez minutos de juego. Poco después del primer tanto, Carlos Santamaría firmaba el segundo para los ‘millonarios’ y, superado el ecuador del primer tiempo, cuando el marcador registraba un 0-2 para los visitantes, llegó la jugada de la discordia. Tal y como se relataba en la crónica del diario La Nación, la acción se produjo de la siguiente manera: “Zozaya recibió la pelota de un pase de Manuel Ferreira, eludió fácilmente a Dañil y desde distancia apreciable despidió un tiro alto, que dio en la parte anterior del travesaño y visiblemente traspasó la línea del goal. Como la primera intención del árbitro era no sancionar el tanto, se produjo un serio incidente”. Los futbolistas locales, furiosos por la decisión, increparon a De Angelis hasta el punto que el colegiado y su asistente, Mollo, tuvieron que huir hacia el vestuario -una pequeña casilla de madera- para refugiarse ante las amenazas de los jugadores de Estudiantes.

Pasaban los minutos y el árbitro no aparecía. Lo que ocurrió ahí dentro durante quince minutos pocos lo saben, pero los rumores difundieron que el presidente de Estudiantes, pistola en mano, fue de ‘gran ayuda’ para que Vicente de Angelis le diera un par de vueltas a las dudas de si aquel zapatazo había superado la línea de gol. Al cuarto de hora saltó al césped de nuevo y validó el tanto de Alberto Zozaya. Una decisión inexplicable, criticada por los medios los días posteriores al envite. “Merece particular atención el desempeño del réferi. Pobre sin atenuantes. Cabe afirmar que la resolución de rectificar una decisión luego de alojarse 15 minutos en el vestuario es absolutamente criticable. No ha de admitirse nunca en silencio una rectificación de este quilate que es una magnífica negación de la autoridad del juez, puesto en la cancha para algo y que sienta, además, un precedente peligroso. No tiene, pues, la actitud del juez una explicación muy clara. Tampoco el hecho de que, una vez reanudada la disputa del período inicial, se diera por concluido cuando sólo contaban los cronómetros 35 minutos”, reprobaba, sobre la actitud del colegiado, el diario La Nación.

Tras aquello, el partido se reanudó y River volvió a distanciarse con un gol de Carlos Peucelle antes de la conclusión de la primera parte. En el segundo acto, pese a que parecía que los ‘millonarios’ ya habían dejado el duelo visto para sentencia, Enrique Guaita y Miguel Ángel Lauri remontaron el choque para poner el 3-3 final. El resultado acabó siendo anecdótico, pues en el recuerdo de todos, por delante de cómo concluyera el enfrentamiento, aquel partido quedó para la posteridad por la misteriosa intrahistoria del gol de Alberto Zozaya, el tanto que quedó eternamente grabado como ‘el gol de la casilla’.