Toda epopeya, y la Copa de Europa lo es, necesita un ganador absoluto. Un dominante. Un triunfador. Resulta que una porción notable del relato más brillante de esta competición descansa en las infatigables piernas de un cántabro del Real Madrid. Paco Gento, el campeón total.
Sinécdoque de la hegemonía más implacable que haya conocido jamas el torneo, Gento siempre estuvo allí: se incorporó puntual al Real Madrid que acababa de fichar también a Alfredo Di Stéfano. Era 1953, y en la Castellana se larvaba algo único, una máquina de jugar al fútbol con cuya humareda trataría el franquismo de tapar sus vergüenzas. Desde el extremo izquierdo, Gento participó de la generación que labró para el Madrid admiración fuera de nuestras fronteras y algún resquemor dentro de ellas. Pero sobre todo grabó a fuego en el ADN del club blanco una dulce adicción: la del éxito.
Cuando en 1955 Santiago Bernabéu impulsó entusiásticamente la idea de un torneo continental, Gento comenzaba a adaptar sus dotes de velocista en aras del juego coral. Tenía 22 años. Participó en Ginebra del primer partido del Madrid en la competición, un viaje que entonces pareció una excusa para que el monárquico Bernabéu rindiera visita a la familia real exiliada. Gento jugó, corrió y ganó aquel encuentro inaugural, y a la Coupe des Clubs Champions Européens se le puso aspecto de porcelana del Buen Retiro desde el mismo inicio.
A Gento, y al Madrid, le esperaban 15 participaciones consecutivas en la Copa de Europa, ocho finales y seis títulos. El último, y quizá el más especial, el logrado por once españoles en 1966. Los tiempos de Di Stéfano y Puskas habían pasado, pero el cántabro seguía allí. Con un físico que ya le emparentaba con el otro gran español de la época, Alfredo Landa, Gento interpretó su papel a la perfeccón: jugó, corrió y ganó.
Este texto está extraído del interior del #Panenka43, un monográfico sobre la Copa de Europa que todavía puedes conseguir aquí.
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