Si algún extraterrestre aterrizase en La Concha dispuesto a destilar la esencia más pura de la Real Sociedad habría que aconsejarle una charla con Juan Antonio Larrañaga, ‘Juanan’ o ‘Larra’ para los amigos, punto y final de la época más gloriosa del club: llegó al primer equipo en el momento justo, la temporada 1980-81, a tiempo para vivir en directo la primera Liga de la Real, como si el destino le tuviese reservado un palco especial en la historia del club, porque jugó los últimos diez minutos del partido de El Molinón que coronó a la Real campeona, el 26 de abril de 1981. El joven Larrañaga tenía 22 años, pero ya había empezado su particular idilio con la Real. Acabaría su carrera 13 años después, convertido en capitán (heredó el brazalete de otro mito, Luis Miguel Arconada), en el segundo jugador con más partidos de la historia del club, después de Górriz, y en el único del equipo campeón que acabaría jugando también en Anoeta. Participó activamente en todos y cada uno de los títulos que tiene la Real Sociedad, de la primera Liga a la Copa de 1987. Con él empezó el círculo virtuoso en Donosti, como si su presencia, siempre discreta, fuese el hilo conductor entre la Real campeona de los 80 en Atocha y la Real de Anoeta, más moderna pero menos exitosa. Su figura, aparentemente liviana, con ese bigote inconfundible, no tardó en convertirse en un faro para las nuevas generaciones. Nunca se le conoció una salida de tono ni un escándalo (460 partidos en Primera dan para mucho, pero solo vio una tarjeta roja, en El Sardinero): supo adaptarse al paso del tiempo con la flexibilidad de un camaleón, de centrocampista a libero, siempre escoltado por Górriz y Gájate. En 1990, Johan Cruyff (su ídolo como jugador) preguntó por él para llevárselo al Barça, pero Larrañaga y la Real no tardaron en renovar sus votos matrimoniales, que fueron para toda la vida. ‘Larra’ fue uno de esos One Club Man que a fuerza de sentido común se convierten en un referente para todos. En su caso, quizá porque siempre procuró aplicar lo que en su día le explicó Javier Expósito, su entrenador en el Sanse, el filial de la Real. “El fútbol no es para listos; es para inteligentes”, le dijo. Ahora transmite su cordura en las ondas (ETB y Euskadi Irratia) y procura que los chavales se contagien de su coherencia futbolística y personal en un equipo modesto, el Mundarro de Astigarraga, donde ejerce de entrenador y de educador. Por supuesto, con su inseparable bigote.

 

Este artículo está extraído del interior del #Panenka57, un número que sigue disponible aquí.