“La destrucción es un forma de creación”

Jake Gyllenhaal, en Donnie Darko.

 

Un salto portentoso y un remate de cabeza picado, abajo, donde escuece. Las manos al cielo. Puños arriba. Un gol por encima. Pelé acercaba a Brasil hacia la victoria ante la vigente campeona Inglaterra, en un partido de la fase de grupos de México’70.

Espera, el gol no sube al marcador. El balón entra, pero no. Quiere tocar las mallas y sale por encima de la portería. ¿Cómo? ¡Si el testarazo de ‘O Rei’ iba directo al suelo, al gol! ¿Cómo? ¡Si el portero estaba defendiendo el primer palo y el segundo estaba huérfano de guardianes que lo protegieran!

Gordon Banks pasa a la historia. Su gesto, su salto, su acción, quedarán para siempre en los anales de los Mundiales de fútbol. Por imposible e inexplicable. Por enviar al limbo la obra del ’10’. Porque Pelé tenía claro que aquello entró; “yo marqué el gol”, aunque a saber cómo, “Gordon Banks lo paró”.

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Siempre se ha dicho que el fútbol es un reflejo de la vida, que todo lo que sucede en el césped tiene mucho que ver con el resto de situaciones que se dan en la Tierra. Pero si hay algo que rompe con ello, la excepción que confirma la ecuación, es la atracción por la destrucción en el fútbol: nadie aplaudiría por la calle una zancadilla a destiempo y el estadio rompe a palmear cuando sucede lo mismo para evitar un contraataque.

Tenemos a Gattuso en un pedestal porque nos encantaba ver cómo destrozaba tibias mientras el mediapunta rival buscaba hacer arte para sortearlo. Nos flipaba Puyol y solo se le recuerdan dos ruletas consecutivas en Mestalla con el cuero en los pies, haciendo de malabarista, mientras se pasó la vida entera desquiciando a los delanteros más plásticos, elegantes y efectivos de Europa, negándoles regates imposibles, goles antológicos y momentos para la historia. Pasaba lo mismo con Roy Keane, con Johan Neeskens más allá en el tiempo, o con tantos otros futbolistas que hicieron de la destrucción del juego un arte, una manera de entenderlo, y hasta incluso de apreciarlo.

Pero no hay mayor figura en el fútbol que represente esta idea que la del portero. Viven por y para evitar el mayor arte posible de este deporte: el gol; la finalidad máxima, la meta, el objetivo único e indiscutible. La suya es una profesión a contracorriente, trabajan en un mundo donde que un objeto esférico cruce una línea de cal blanca entre tres postes lo significa absolutamente todo, desparrama lágrimas de alegría, sonrisas perennes, momentos de felicidad, y ellos, como si solo quisieran llevarle la contraria al resto, deciden robar esos momentos a la gente. Con vuelos motores, pies emergentes, puños de acero, manoplas indestructibles, reflejos felinos, agilidad supersónica. Una vocación que lucha por destruir otra, destrucción como forma de creación.

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Gordon Banks tiene un hueco en la historia del fútbol porque le negó un gol a uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Es como si en el mundo de la pintura Rembrandt fuera recordado como un héroe por esconderle el lienzo y el pincel a Van Gogh. Como si a Charlie Watts le reconocieran su éxito por robarle las baquetas a Ringo Star. Quizá por ello el fútbol sea diferente, único, porque aquí hasta evitar el arte se convierte en arte.

 


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