Un duelo por todo lo bajo. Aquella tarde del 6 de mayo de 2001, Real Zaragoza y Numancia estaban llamados a ventilar sus miserias clasificatorias. El conjunto castellano, colista, apuraba su segunda temporada en la élite. El calendario, a falta de seis jornadas para acabar el campeonato, le citaba ante el 14º clasificado, apenas cinco puntos por encima. Se trataba, además, un desplazamiento especial: la capital aragonesa había acogido a unos 50.000 emigrantes sorianos durante los años en los que el desarrollismo inauguró la callada pero insistente tarea de vaciar la España interior.

Enfrente esperaba un conjunto aragonés deprimido. Apenas un año antes los goles de Savo Milosevic le habían permitido flirtear con el título de Liga hasta la última jornada. Finalmente el Deportivo saboreó una euforia congelada desde aquel penalti de Djukic en 1994, y el Real Zaragoza se consoló con su primera clasificación para la Liga de Campeones. Ese mérito deportivo caducaría en apenas unas semanas. Tras el triunfo del Real Madrid en la final europea ante el Valencia, la RFEF prefirió no batallar con la UEFA para garantizar la presencia de cinco de sus clubes en la Champions -como sí lograría la federación inglesa pocos años después-. Aunque sobre el césped el Real Zaragoza había reservado un hotel de cinco estrellas, cuando fue a validarlo le mandaron a una pensión. El cuarto clasificado, a la Copa de la UEFA.

La apuesta posterior por Juanma Lillo vino de nalgas: la temporada se torció ya en septiembre, con una temprana eliminación europea en Cracovia. Luis Costa, un hombre de la casa, tomaría las riendas del equipo en la quinta jornada, pero el ambiente se iría enrareciendo a medida que las arenas de la permanencia iban atrapando al equipo. Así llegó la primavera a Zaragoza, ante el riesgo cada vez mayor de albergar partidos de Segunda División por primera vez en 23 años.

 

El Zaragoza ya va ganando el partido pero la atmósfera se espesa tanto, se oscurece de tal manera, que desde la tribuna resulta imposible ver el césped

 

Recuerdo aquella tarde. El partido, que aún no se ha bautizado pomposamente como el ‘Derbi del Moncayo’, comienza a las 19h. Se prevé una buena entrada, animada por una nutrida presencia de aficionados sorianos. Nadie imagina una exhibición futbolística, nadie aspira a deleitarse con el espectáculo; basta con ganar. Al fútbol hemos venido a sufrir, lo de disfrutar son monedas que te encuentras por el suelo. Eso es lo que masticamos, junto con una bolsa de pipas, mi padre y yo en la grada este lateral de La Romareda. La rutina feliz se repite cada domingo: comida familiar, siesta, paseo hasta el campo, almohadilla, charla con los vecinos de asiento, pitido inicial. No hay redes sociales y los móviles, aún escasos, apenas sirven para llamar y mandar algún sms. Lo único que conecta ese viejo cuenco de ladrillo, y las 30.000 personas que contiene, al resto del universo son los pinganillos de los transistores. Por ahí se colará, como una corriente helada, como un aliento podrido, un rumor que sacudirá la espina nerviosa del estadio hasta encontrar a cada aficionado y aplastarlo contra su asiento.

“Ha habido un atentado en el centro”, creo que es lo primero que oigo. Desde el final de la tregua de 1999 ETA ha asesinado a 30 personas. Se convive con las detenciones, los coches-bomba, los tiros en la nuca. Esos días se celebran elecciones en Euskadi pero ya me contarás qué cojones tiene eso que ver con este domingo soleado en Zaragoza. A medida que llegan más detalles -ha sido un pistolero; estaban esperando a Manuel Giménez Abad, líder del PP aragonés; dicen que está muerto- sobre La Romareda se va cuajando una denso nubarrón de dolor e indignación. El Zaragoza ya va ganando el partido pero la atmósfera se espesa tanto, se oscurece de tal manera, que desde la tribuna resulta imposible divisar el césped. Del fondo norte comienzan a brotar cánticos -en ocasiones acallados por el resto de la grada, otras veces jaleados-, a menudo contra todos los vascos, un pueblo y una cultura que he mamado en casa pero de la que ahora no puedo sentirme cercano. La miseria de unos asesinos nos obliga a muchos vascos de fuera de Euskadi a una especie de vergüenza interior, de choque interno, que en realidad no es tal: cuando baje la rabia y quede la pena, uno entenderá que mientras se abomina de ETA se puede seguir amando a Euskadi. En realidad uno entenderá que abominar de ETA es la única manera posible de amar a Euskadi, a sus gentes, a su lengua.

 

Los equipos regresan de los vestuarios. Por la megafonía se informa del asesinato, y se anuncia un improvisado minuto de silencio antes del arranque de la segunda parte

 

Pero eso requiere distancia, tiempo, frialdad. Y La Romareda en ese momento es un hervidero. Cuando llega el descanso ya tenemos todos los detalles: dos terroristas esperaban a Giménez Abad. Sabían que era zaragocista. Sabían que acudiría a La Romareda. Sabían que iría acompañado de su hijo. Sabían que no tenía escolta. Sabían que era un político conciliador. Sabían que era un hombre bueno. Creían saber lo suficiente para condenarle a una muerte injusta en la calle Cortes de Aragón, paradoja macabra contra un representante de la soberanía popular en el parlamento aragonés. Quedaban 15 minutos para que comenzara el partido. Un pistolero se le acercó por detrás y le descerrajó tres disparos. A su hijo Borja apenas le dio tiempo de exclamar “Me habéis jodido la vida!”, antes de que asesino y cómplice desaparecieran entre el trasiego urbano.

Los equipos regresan de los vestuarios. Por la megafonía se informa del asesinato, y se anuncia un improvisado minuto de silencio antes del arranque de la segunda parte. Creo que durante esos 60 segundos el estadio sí logra acallar los gritos del fondo. Yo no puedo quitarme de la cabeza que un hijo, un poco más joven que yo, se acaba de quedar sin su padre, un poco más mayor que el mío, mientras hacían lo mismo que habíamos hecho nosotros. Imagino su feliz rutina dominical, idéntica a la nuestra, absurdamente truncada para siempre.

Ahora que estamos en una época de eslóganes grandilocuentes, en la que los políticos sitúan a los ciudadanos ante disyuntivas ridículas y peligrosamente radicales, se echa de menos voces de moderación y diálogo. Hoy, 20 años después de que fuera cobardemente silenciada, se sigue echando de menos una voz como la de Manuel Giménez Abad. Y no solo en las gradas de la vieja Romareda, agrietada y herrumbrosa por fuera, pero firmemente alzada sobre un cimiento ético indestructible: no olvidar jamás a sus mejores hijos. Quizás sea esa la única dicotomía válida: memoria o barbarie.

PD: el Real Zaragoza venció por 3-1 aquel encuentro y, aunque ya no ganó ningún otro partido liguero, acabaría salvándose gracias a un empate en la última jornada ante el Celta de Víctor Fernández. El Numancia descendió como colista. Cuatro días después del atentado, unas 350.000 personas se manifestaron en la capital aragonesa en contra del terrorismo. Un mes y medio después, esas mismas calles vivieron la celebración de la quinta Copa del Rey del Real Zaragoza, ganada contra todo pronóstico al Celta en Sevilla.

El atentado que le costó la vida a Manuel Giménez Abad aún está pendiente de juicio.

 


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Fotografía de Imago.