“Por si no vuelvo a creer, cántame nuestra canción, llévame dónde empecé, llévame al barrio, mi amor”. El fútbol, bendito fútbol, nos hace creernos únicos. Sentimos que nuestro equipo juega mejor, es el más valiente, el que teje el juego con más precisión y defiende ideales que todos deberían seguir. Las jugadas dudosas siempre nos perjudican, los penaltis en contra son inmerecidos y es imposible aceptar una derrota cuando fuimos superiores. Como padres que ven a sus hijos como los más guapos y listos; aunque fallen, culpamos al profe por tenerles manía. Desde estas líneas, una súplica: a quienes dicen que el fútbol es solo once tíos en calzoncillos corriendo tras un balón, que miren lo que pasó ayer en Vallecas. No solo al partido, porque el Rayo trasciende el césped: es la unión de un barrio y su equipo, alma y espíritu.
Había ganas. Al menos, yo las tenía. Subimos la Avenida de la Albufera dos horas antes y fuimos parando por los bares para recuperar el tiempo perdido. El último partido fue el 24 de mayo. Fue aquel contra el Mallorca en el que vivimos noventa minutos centrados en Vallecas y uno y medio en Álava aguantando la respiración para que no marcara Osasuna. Ese en el que los jugadores aguardaban en la banda mientras escuchaban por la radio un partido que se estaba disputando a trescientos cincuenta kilómetros y el público deslizaba el dedo hacia abajo en sus móviles para actualizar el marcador en la grada.
No había miedo en las caras, sino ilusión, rebeldía, orgullo. Sabían que el partido no era solo ganar, sino un premio en sí mismo
Pese a la espera, el ambiente ya vibraba. La afición lucía camisetas del ‘7’ de Isi, el ’20’ de Balliu o el ’18’ de Álvaro, pero también del ‘2’ de Cota, el ’14’ de Cembranos o el ‘8 ‘de Míchel, ídolos del barrio que marcaron nuestra infancia. Desde las gradas, los padres miraban orgullosos a sus hijos, soñando con noches épicas en Burdeos o ante el Lokomotiv, con los plomos saltando tras un gol de Alcázar y los mecheros como única luz. No había miedo en las caras, sino ilusión, rebeldía, orgullo. Sabían que el partido no era solo ganar, sino un premio en sí mismo.
Porque si hay una palabra que define al Rayo Vallecano, esa palabra es familia. Esos compañeros que se han convertido en prácticamente hermanos para devolver la ilusión a un equipo olvidado por los medios, ninguneado por muchos y al que su presidente ha intentado (infructuosamente) separar de su afición. Por suerte para todos, los jugadores saben lo que es el Rayo, qué representa, y son un ejemplo y fiel espejo de sus aficionados. Esos mismos que no tienen autobús propio para ir a entrenar y tienen que hacerlo en un Cevesa (servicio de autobuses de la Comunidad de Madrid), que hoy firmaban autógrafos a los que los esperaban antes del partido y se hacían fotos a la salida. Ese Óscar Trejo que hoy volvía a lucir el brazalete de capitán para una cita histórica mientras portaba en la espalda el nombre de Juan Pedro Navarro. Pocos gestos pueden definir tan claramente la pureza del argentino, uno de los grandes artífices del milagro. Porque esa es la segunda palabra que define a este equipo: milagro.
El campo, remozado a contrarreloj durante el verano, exhibía un césped en condiciones precarias y la falta de tiempo (permítanme el sarcasmo) había provocado que muchos de los asientos tuvieran una capa de suciedad que pese a los esfuerzos que algunos hicimos para eliminar todavía sigue ahí, deseosa quizá de disfrutar de una temporada que puede ser histórica. Porque esa son las dos realidades del Rayo Vallecano: un equipo que jugará en Europa esta temporada pero cuyo presidente es capaz de olvidarse de sus aficionados y ningunearlos hasta la humillación, pues pese a que no hubo tiempo para limpiar el estadio después de las obras, sí que sobró para poner la lona de la vergüenza al más puro estilo panteón.
Compañeros que se han convertido en prácticamente hermanos para devolver la ilusión a un equipo olvidado por los medios, ninguneado por muchos y al que su presidente ha intentado (infructuosamente) separar de su afición
Había pedido la afición que El Rayo fui yo de Duro Galván se pusiera a través de la megafonía para que todo el estadio pudiera cantar a coro la que es por méritos propios, sentimiento y, le pese a quien le pese, la canción del centenario rayista. Sin embargo, desde la cúpula se rechazó esta posibilidad. También lo pidieron los propios jugadores, conscientes de la comunión que podría generar en un momento tan especial como el que iba a vivir el equipo, pero desde arriba no cambiaron de postura. ¿Qué pasó? Que todo el estadio acabó cantándola a capela desde el minuto uno para dejar bien a las claras que contra la ilusión y el corazón no hay dueños que valgan.
Ganó el Rayo al Neman Grodno y estará en Europa. Y hoy, ¡oh sorpresa! la televisión sí se acordó. Y como hablamos de un club especial, pasaron cosas especiales como que el árbitro anulara un gol por fuera de juego y el VAR lo diera por válido poco después para desdecirse más tarde y anularlo nuevamente. ¿Quién puede decir que ha celebrado dos veces un gol que nunca subió al marcador? Pues eso. También hubo vuelta de honor, celebración por todo lo alto e Isi, Camello y compañía acabaron manteando a un guardia de seguridad después de cantar La vida pirata. ¡La que nos viene encima!
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Fotografía de portada de Getty Images.









