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De Cota a Trejo, de Luis a Álvaro: el sueño sigue

Por aquellas mañanas de domingo subiendo la Avenida de la Albufera, por los bocatas de El Brillante y las previas soñando victorias imposibles, por Planeta Rayista, los Petas y Bukaneros. Vallecas ha vuelto a Europa. Y eso hay que celebrarlo

Álvaro

24 años. ¡Me hago viejo! La última vez que el Rayo Vallecano jugó en Europa yo quería ser periodista y ahora estoy casado con una. Por aquel entonces vivía en casa de mis padres, y ahora tengo que llevar cada mañana al colegio a una niña que va a cumplir diez años. Cuando el Rayo jugó contra el Alavés aquel 15 de marzo de 2001, usaba un Nokia 3310 que pagué con pesetas, tenía una batería que duraba tres días y podía dejarlo olvidado en casa sin que pasara nada. Ahora soy incapaz de salir si no llevo un cacharro con una manzana dibujada que me ha costado medio sueldo porque no puedo mirar Twitter ni subir chorradas a Instagram.

La temporada 2000-01 había sido histórica para el Rayo Vallecano con su primera comparecencia en Europa para disputar la UEFA después del recordado sorteo entre los equipos más limpios de Europa. Por el camino habían quedado el Constel·lació de Andorra, el Molde, el Viborg, el Lokomotiv y el Girondins de Burdeos y todos soñaban (soñábamos) con una final contra el Liverpool, pero se cruzó el Alavés para acabar con la ilusión del barrio en los cuartos. El 3-0 de la ida en Mendizorroza fue un puñetazo que nos bajó a todos a la tierra. Se apeló a la épica, se hizo un llamamiento al milagro en el que ni siquiera confió Telemadrid, que al igual que durante el resto de la competición no retransmitió el partido, pero camino del campo junto a mi padre llegué a soñar con la remontada. Fueron apenas nueve minutos, los que tardó Jordi Cruyff en hacer el 0-1, momento a partir del cual el único objetivo fue acabar lo más dignamente y ganar el partido. Empató Quevedo y cuando Luis Cembranos hizo el 2-1 de penalti casi al final nunca imaginé que tuviera que esperar tanto tiempo para volver a ver al Rayo en Europa.

Por el camino han quedado dolorosos descensos que han conducido a Segunda B, a rozar la desaparición –de no ser por el cabezazo salvador de Tamudo–, ilusionantes ascensos, permanencias y soñar con una final de Copa del Rey. En este tiempo he perdido a seres queridos, me he enamorado, me han salido canas en la barba y un carácter más agrio. Mi relación con el fútbol es la que más ha durado en mi vida, pues comenzó cuando nací. Hemos discutido, hemos roto y nos hemos reconciliado. En ocasiones le he sido infiel después de una decepción, pero siempre hemos encontrado razones para volver a encontrarnos en el camino. Es como esas mañanas de resaca en las que juras que no volverás a beber para faltar a tu palabra unas horas después con una cerveza en la mano. Y el Rayo Vallecano tiene mucho que ver: es mi lugar seguro, el sitio al que quiero volver, como ese hijo en el que te ves representado y del que estás orgulloso aunque no gane. Pase lo que pase. Porque el Rayo no va de ganar, sino de la vida, de los valores, la lucha y la resistencia.

 

Aunque huelga decir que es lo menos importante de las cosas importantes, el Rayo venció. Lo hizo por 0-1 gracias a un gol de Álvaro, heredero de excepción de Luis Cembranos como último goleador europeo

 

Ahora, el equipo ha vuelto a Europa. Pese a que el rival -el Neman Grodno bielorruso- no es de los que asusta cuando ves su nombre, uno siempre tiene miedo a lo desconocido. Yo lo tuve antes de aquella previa en Andorra contra el Constel·lació y lo volví a tener ayer en Hungría. A aquel debut fueron 800 espectadores, la mitad de ellos vallecanos. Muchos si los comparamos con lo de ayer, pues fue a puerta cerrada. Y como hace un cuarto de siglo, el partido tampoco pudo disfrutarse por televisión en nuestro país y tuve que meterme en la web de una cadena bielorrusa para verlo. Porque el Rayo Vallecano parece que no interesa a nadie. O a muy poquitos. Las ruedas de prensa previas fueron ante los dos únicos medios españoles que se desplazaron y no se celebraron en el estadio, sino en el hotel del equipo. Aunque algunas cosas si han cambiado. En el once del regreso sí estuvo Óscar Trejo, pues Iñigo Pérez ha demostrado una sensibilidad que no tuvo Juande Ramos con Jesús Diego Cota en Andorra aquel 10 de agosto en el debut europeo. Quién mejor que el argentino, igual que lo fue el vallecano, para resumir los valores de este equipo.

Aunque huelga decir que es lo menos importante de las cosas importantes, el Rayo venció. Lo hizo por 0-1 gracias a un gol de Álvaro, heredero de excepción de Luis Cembranos como último goleador europeo y quizá el hombre -junto a Isi- que más ha merecido sucederle también como internacional con España. Han tenido que pasar 9290 días para que ocurriera, pero no cabe duda que ha merecido la pena.

Nos han quitado la franja de la camiseta como nos dejaron sin el escudo de la ADRV. Pero ahí sigue la afición, entrando a un campo al que desde arriba han dejado languidecer y donde tenemos que ir con un trapo húmedo antes de cada partido para limpiar la suciedad de los asientos. Da miedo entrar a los baños y en los aledaños es posible ver restos de carteles de la campaña de abonos de hace una década. Son esos mismos abonos que ahora han subido de precio muy por encima de lo que debería en un barrio obrero y que es imposible pagar a plazos. Pero nadie se baja del barco. Porque el Rayo es Vallecas y Vallecas es su gente, por mucho que le duela a algunos. Por aquellas mañanas de domingo subiendo la Avenida de la Albufera, por los bocatas de El Brillante y las previas soñando victorias imposibles, por Planeta Rayista, los Petas y Bukaneros. Vallecas ha vuelto a Europa. Y eso hay que celebrarlo.

 


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Fotografía extraída de las redes sociales del Rayo Vallecano.