Este texto está extraído del #Panenka85, un número que todavía puedes conseguir aquí.


 

Al final, John Robertson siempre se las apañaba para zafarse de su marcador. Esta vez eran dos los que lo cubrían y, con el pitido que señalaba el descanso a punto de sonar, necesitaba una solución rápida. El Malmö, conjunto de gigantones fornidos, apenas le había dejado un espacio en todo el encuentro, por lo que la frustración empezaba a acumularse. Aunque solía encontrar una salida. Robertson acarició la pelota con el pie derecho y, mientras recuperaba el equilibrio en el vértice del área, se la echó hacia delante con la izquierda, lo justo para dejar clavados a sus marcadores. Logró el suficiente espacio para sacar un centro al palo largo, donde, corriendo ligeramente por delante del balón, apareció Trevor Francis. Un impulso, una explosión de fuerza de los músculos del cuello, un complicado remate sin ángulo, y el balón en las redes. El Forest emprendía el camino hacia lo increíble.

Aquella victoria en la final de la Copa de Europa, el 30 de mayo de 1979, en un enfervorecido Estadio Olímpico de Múnich, sigue resonando de forma única cuatro décadas más tarde. Según datos actuales, Nottingham es la 15a ciudad más grande de Inglaterra. Antes de 1979, su club más importante ya había existido durante más de un siglo, pero, pese a las dos FA Cups de su palmarés, en su vida de equipo ascensor nunca había insinuado nada que indicara la posibilidad de establecer un dominio continental. La estabilidad en la máxima categoría parecía lo máximo a lo que podían aspirar, pero, en un asombroso -y concentrado- éxito fulgurante, pusieron el orden establecido del revés.

“No te puedo decir exactamente cómo lo hace, qué normas sigue. Solo puedo decirte que funciona”. Al centrocampista del Forest Archie Gemmill le resultaba igual de difícil que al resto del mundo definir la metodología empleada por su técnico, Brian Clough. Gemmill, sin embargo, se encontraría con el lado negativo de la misma: se quedó fuera de la final contra el Malmö contra todo pronóstico y, abatido, aquel mismo año dejaría el club. Algunas historias sobre Clough tienden a mitificarse, por lo que cuesta separar lo apócrifo de lo factual; lo que nadie duda es que, sin él, el rol del Forest en la historia del fútbol menguaría hasta casi el anonimato.

 

El Forest ascendió en 1977 a la First Division. Un año después fue campeón de liga contra todo pronóstico. Otro hito de aquel conjunto que nadie ha repetido

 

Clough sustituyó a Allan Brown el 6 de enero de 1975, con el Forest ocupando la 13a plaza en la segunda división inglesa. El equipo no iba a ninguna parte, aunque el estatus de Clough también se había visto disminuido. Había llevado al Derby -el rival más fiero del Forest- desde segunda al título de liga en tres años, y en 1973 lo condujo a las semifinales de la Copa de Europa, en una temporada que acabó de manera amarga. Luego se hizo cargo del Brighton, de tercera división, antes de esa infame etapa de 44 días en el Leeds que ha quedado inmortalizada en el cine. Aunque todavía no tenía los 40, no atravesaba por su mejor momento cuando el Forest llamó a su puerta; mientras que su amor por los medios y sus apariciones en televisión hicieron de él, en cierto modo, un adelantado a su tiempo, su buena mano en el vestuario parecía haber desaparecido hacía ya mucho.

El Forest subió en 1977, con una ajustada y poco prometedora tercera plaza; un año después, ese equipo habituado al esfuerzo y a la brega, ganó la First Division con siete puntos de margen. El Ipswich Town había logrado algo similar en la temporada 1961-62, pero nadie en Inglaterra ha estado cerca de repetir tal cosa. Clough y su mano derecha, Peter Taylor, redescubrieron su habilidad para hacer alquimia con recursos limitados y nadie en la liga fue capaz de hacerles frente. Kenny Burns, delantero centro venido a menos que había llegado procedente del Birmingham City, fue inmediatamente resituado como central: sería escogido Futbolista del Año en Inglaterra. El portero Peter Shilton firmó a cambio de 325.000 libras, una cifra que generó ciertas dudas: sería internacional hasta los 40. “Peter Taylor y yo ya sabíamos lo que iba a pasar”, reveló Clough. Lo que quería decir es que confiaba en el éxito de sus fichajes; Clough podría presumir y jactarse de haber sacado lo mejor de ellos, pero seguramente ni siquiera él había previsto hasta qué punto el Forest haría saltar la banca.

Contra el realismo

El debut en la Copa de Europa era un viaje a lo desconocido, pero parecía que iba a ser más bien un baño de realidad cuando se produjo el sorteo de la primera ronda. El Forest quedó emparejado con el Liverpool -ganador las dos últimas ediciones-, al que ya había despojado del dominio en la First Division. También lo había superado en la final de la Copa de la Liga, pero la idea de volver a jugar contra ellos sonaba algo descafeinada. “Pensábamos que iríamos a jugar a Italia o España, a algún lugar un poco exótico”, dijo el delantero Garry Birtles en una entrevista a The Guardian unos años después: “Jugar contra el Liverpool no era algo que nos acabara de gustar. Nunca antes habíamos disputado la Copa de Europa, y parecía que nos íbamos a quedar fuera sin ni siquiera salir del país”.

Había varias razones para la incertidumbre. El Liverpool había empezado la liga como un tiro, mientras que el Forest había tenido un arranque relativamente irregular, empatando cuatro de sus últimos cinco partidos -tres de los cuales habían terminado sin goles-. La lógica indicaba que el viejo orden había sido revertido con la misma premura con la que estaba regresando a su cauce, y que el Liverpool de Bob Paisley los haría volver de nuevo a la realidad cuando se enfrentaran, a ida y vuelta, en una fase tan temprana de la temporada.

Sin embargo, el Forest les dio una lección en una embriagante y vertiginosa noche ante el público del City Ground, que pensaba que ya lo había visto todo. Birtles, que marcó a portería vacía después de una asistencia de Tony Woodcock, siempre recordará cómo, entre el ruido, el defensa del Liverpool Phil Thompson le dijo que un solo gol nunca sería suficiente en la vuelta que se iba a jugar en Anfield. No importaba: Colin Barrett, uno de los jugadores más infravalorados del Forest, dobló la ventaja a tres minutos del final, con una magnífica volea después de que Thompson no pudiera evitar un centro de Birtles. “¿Adónde va el jodido Barrett? ¡Vuelve!”, rugió Clough desde el banquillo mientras su lateral aparecía de la nada, en el área. Momentos después estaba celebrando uno de los goles más importantes en la historia del Forest. A su manera característica, descarado, Clough declararía: “Siempre animamos a los laterales a que suban”.

Todo marchaba mejor que nunca para el Forest, aunque, tristemente, Barrett se lesionaría los ligamentos de la rodilla la semana siguiente, en un encuentro ante el Middlesbrough y prácticamente no volvería jugar con el equipo. Escuchó la vuelta desde el hospital, un encuentro en el que el Forest, con una compostura asombrosa y mostrando flexibilidad táctica, cambió su enfoque ofensivo habitual por una masterclass defensiva y volvió de Anfield con un empate sin goles. “Nos lo han tirado todo, excepto los muelles -dijo Clough (haciendo una referencia a los muelles de Liverpool), que animó a sus futbolistas a que se relajaran con una copa de vino en el hotel de concentración, una estrategia que seguiría en las siguientes salidas europeas, fomentando así un espíritu de ‘viaje entre amigos’-. Pero no nos entró el pánico”.

El resultado causó un terremoto y, en retrospectiva, despejó el camino para la gloria que estaba por venir. Clough solo había retocado ligeramente a su equipo campeón, vendiendo a Peter Withe al Newcastle, lo que le dio a Birtles un rol preeminente. Birtles, un joven delantero prácticamente desconocido que había llegado procedente de un club amateur, el Long Eaton United, en 1976, estaba jugando solo su tercer partido con el Forest cuando abrió el marcador ante el Liverpool. Sería imposible quitarle el sitio el resto de la temporada, y también anotaría dos goles en el triunfo en la final de la Copa de la Liga contra el Southampton.

En febrero de 1979, a Birtles se le añadió Francis, en el otro cambio significativo que hizo Clough. Un retoque que parecía algo más relevante: Francis llegó del Birmingham en el primer traspaso de más de un millón de libras protagonizado por clubes británicos, doblando con creces el anterior récord. Hacer un fichaje tan caro en un vestuario tan afianzado y con orígenes, en gran parte, humildes, podría haber sido, pese al carácter amable de Francis, una apuesta arriesgada; Clough le puso inmediatamente los pies en la tierra al pedirle que preparara una ronda de té para sus nuevos compañeros. No había más egos en el Forest que, quizá, el de Clough, un técnico al que Alex Ferguson llegó a definir como “el hombre más rudo del fútbol”; sin duda, podía ser un tanto impredecible, pero su carisma hacía que la plantilla comiera de su mano. Bajo las aristas, había también una sincera preocupación por los jugadores.

 

Clough admitió sentirse un poco ahogado al final; no se podía sacar nada más de sus jugadores. La caída ante el CSKA Sofía no fue un epílogo del que avergonzarse

 

Si el Forest tuvo una estrella durante su ascenso a la cima, ese fue Robertson, un mediocentro escocés que llevaba en el club desde 1970, aunque no había tenido demasiada suerte bajo las órdenes de Brown. Clough vio algo distinto en él, y lo convirtió en un extremo de un nivel que, según afirman los que jugaron a su lado, nadie ha sido capaz de igualar. “John Robertson era un joven muy poco atractivo”, dijo Clough, que continuaba: “Si alguna vez no me viera bien del todo, me sentaría junto a él. Sería el jodido Errol Flynn a su lado. Pero le dabas el balón y un palmo de terreno y era un artista, el Picasso de nuestro juego”. Francis describiría a Robertson como el mejor jugador de Europa. El Forest se dispuso a mostrar que, a su vez, también era el mejor equipo del continente. Destrozó al AEK de Atenas por un 7-2 en el global en la segunda ronda, apeó al Grasshopper con un 5-2 en los cuartos de final y, luego, en la que sería su mayor prueba desde que jugara contra el Liverpool, se enfrentó al Colonia en la semifinal.

Parecía que se quedarían cortos con el empate a tres goles que cosecharon en la ida, en casa, en un caótico encuentro en el que remontaron dos goles para ponerse por delante, hasta que Yasuhiko Okudera consiguió la igualada alemana en los últimos compases. El hermano y la hermana de Robertson habían muerto trágicamente en un accidente de coche cuatro días antes del partido. Clough, cuyo lado más humano afloraba habitualmente, le habría permitido ausentarse del encuentro, pero Robertson jugó, la noche antes del funeral, y marcó el tercer gol del Forest.

Clough criticaría más tarde a los “llamados expertos” de los medios de comunicación que consideraban que se habían quedado sin opciones para el partido de vuelta. “Esta gente se ha llevado la sorpresa de sus vidas”, dijo tras saber que el Colonia ya había reservado los billetes y los autobuses del viaje a Múnich. Clough picó a sus jugadores para que protagonizaran quizá la actuación más impresionante de toda la campaña europea, en la que el centrocampista Ian Bowyer cabeceó un córner en la segunda parte para marcar el único gol del encuentro.

Favoritos en la final

Después de todo aquello, nunca pareció realmente que el Forest pudiera perder ante un Malmö tocado por las lesiones, en una final que, en el resto de Europa, solo llamó la atención por su absoluta falta de glamur. Un periodista holandés le había dicho a Shilton después de la eliminatoria ante el Colonia que el suyo era el único nombre que sonaba familiar. “Bien, a partir de ahora ya nos conocerás a todos”, le respondió Shilton. En aquel entonces, no existía el acceso fácil y amplio al fútbol continental del que gozamos hoy -el casi obligatorio conocimiento enciclopédico de los equipos extranjeros-. Así que, aunque los elogios fluían constantemente por los periódicos y en boca de los aficionados ingleses, en el extranjero el Forest aún iba acompañado de un constante elemento de sorpresa.

La presión vino, quizá, del hecho de ser favoritos y de que el Liverpool acabase de recuperar el título de liga. Pero el Forest tenía una mentalidad a prueba de balas; su entrenador se encargó de que así fuera. Con ese movimiento de Robertson, superaron la resistencia del rival, y Nottingham se convirtió así en la ciudad más pequeña en ganar una Copa de Europa -una corona que aún nadie ha sido capaz de quitarle-.

Fue el triunfo definitorio de Clough: una prueba de que, después de todo, todavía quedaba sustancia detrás de la verborrea y la arrogancia. Sin embargo, nunca negó el buen juicio de Taylor, su amigo íntimo, el hombre que hizo de él el entrenador que era. “No estoy preparado para triunfar sin él”, admitió Clough respecto a un Taylor que evitaba ser el centro de atención, siempre en un segundo plano, dejando que el mánager fuera la cara visible. Clough resumía la relación explicando que era gracias a Taylor que era capaz de saber si sus decisiones eran las correctas o, por el contrario, estaban equivocadas. Resulta doloroso comprobar cómo, un par de años después, apareció entre ellos una grieta que no podría repararse. Una autobiografía publicada por Taylor que contenía una serie de observaciones sobre Clough, hizo que este se enojara. Cuando murió Taylor, en 1990, a Clough solo le quedaba lamentarse, consciente de que solo había sido el orgullo lo que los había mantenido separados, de que un solo gesto hubiese arreglado la situación.

La situación deja un triste matiz de historia inacabada, de acritud innecesaria, en los éxitos de la pareja. Aun así, antes de su desencuentro, lo conseguirían una vez más. Si la tarea más complicada en el fútbol europeo es ser capaz de retener el cetro continental -a menos que seas el Real Madrid-, el Forest se burló de esa máxima en la temporada 1979-80. Era, como señala la página web del club, “pura fantasía” para sus aficionados, aun teniendo un camino más fácil a la final. Östers, Arges Pitesti, Dynamo de Berlín (este último despachado con una victoria a domicilio por 1-3 después de una sorprendente derrota en casa por 0-1), ofrecieron un camino relativamente llano hasta la semifinal, donde superaron al Ajax con un ajustado 2-1 en el global.

Esta vez el Forest no había estado inmerso en la lucha por el título de liga, pues acabó quinto en la First Division. Los libros de historia dirán que dio igual. Robertson volvió a ser decisivo ante el Hamburgo en la final del Bernabéu, esta vez marcando el único gol del encuentro. El inicio de la jugada recuerda a aquella asistencia en Malmö, una carrera por la izquierda tras la que Robertson aguarda antes de, esta vez, buscar fortuna por el interior, tirando una pared. Su disparo, desde unos 20 metros, pasó por debajo del portero Rudolf Kargus, y el Forest resistió durante los siguientes 69 minutos. “El Hamburgo llevó el peso del encuentro. El Nottingham solo se defendió. No lo digo como una crítica, sino como un hecho”, dijo el entrenador derrotado, Branko Zebec. Pero el Forest supo cómo defender atrás siendo capaz de lanzarse con varios efectivos al ataque, un estilo que habían ido refinando en sus aventuras europeas y que ya habían aplicado ante rivales de mayor nivel.

Clough admitió sentirse “un poco ahogado al final”. Quizá sabía que su equipo había llegado a su límite; siendo realistas, había síntomas que así lo indicaban. La defensa de su segundo título acabó a las primeras de cambio con una derrota ante el CSKA Sofía que marcaba el fin de una era. No se podía exprimir nada más de esos jugadores; no fue un desenlace del que avergonzarse. “Fuimos como uno de esos cometas que pasan volando por el cielo nocturno. Brillamos, aunque fue demasiado breve. Pero, tío, brillamos durante un tiempo”, dijo el inspirador capitán del Forest en aquellos años, John McGovern, en el libro I Believe in Miracles. El conjunto se rompió en gran medida; un Taylor herido optó por una retirada temprana en 1982, y el sorprendente doble golpe europeo del Forest quedó para la historia.

Hoy en día, Robertson y algunos de los jugadores afincados en la zona todavía se reúnen semanalmente para tomar una pinta en un pub de Nottinghamshire. No son exprofesionales con mansiones o grandes fortunas: son lo que eran, gente normal que hizo algo que, sin duda, nunca más se repetirá, dada la gran desventaja que sufren hoy los clubes de provincia. “Soy un poco idealista. Creo en los cuentos de hadas, es mi manera de ver las cosas”, declaró Clough una vez. Durante un tiempo, hizo que el Forest y los aficionados de todos los equipos de su misma dimensión creyeran que absolutamente todo era posible.

 


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Fotografías de Cordon Press e Imago.