Hace un par de abriles, cuando Andrés Iniesta anunció que sus días en Barcelona caducarían al término del curso, el mundo del fútbol no hizo, ni pudo hacer, otra cosa que caer rendido a los pies de uno de esos escasos futbolistas, privilegiados por sus dotes, que encumbraban este deporte al nivel de las mejores artes. Uno detrás de otro, como si estuvieran haciendo cola frente al mostrador de una pastelería, amigos, compañeros, rivales, quien fuera, sentenciaron que en el adiós del ‘8’ el mayor damnificado iba a ser el fútbol en su sentido más poético. Así, otro ‘8’ no perdió la oportunidad para evocar al niño que todos fuimos sobre el tapete cuando veíamos que el cuero se acercaba a nuestros pies. “Lo ves recibir el balón y piensas que algo maravilloso puede suceder de un momento a otro. ¿Al fin y al cabo, no es por esto que nos enamoramos del fútbol? Eres todo aquello que un niño sueña cuando recibe su primer balón. Gracias por esta maravillosa historia, Andrés”, tecleó desde sus redes sociales un Claudio Marchisio que, pese a hablar de la infancia sin interpelar a ningún niño, no dirigió aquel mensaje a nadie más que a él mismo, a ese pequeño que nació en Turín un 19 de enero de 1986 y que desde el día que recibió su primer balón solo soñaba con recogerlo vestido con un uniforme cebrado y en un único hogar, Delle Alpi.

Decía Stephen King en It que “a veces, el hogar está donde está el corazón”. Esa frase, deambulante por los pensamientos de uno de los retoños protagonistas de la novela, Eddie, bien podría haber salido de la cabeza de un Marchisio que siempre tuvo claro donde estaba su corazón. Por mucho que creciera en una ciudad próxima a Turín, dándole patadas al balón en Chieri, sus pensamientos siempre viajaban hacia la ciudad de la Molle Antonelliana. Llegó a las categorías inferiores de la Juventus con apenas siete años y desde ese día su casa, su corazón, nunca marcharon de Turín. No lo hicieron cuando el ‘Moggigate’ salpicó al calcio y envió un año a la ‘Vecchia Signora’ a los infiernos de la Serie B; mientras parte del grueso duro de la plantilla saltó del tren buscando un nuevo lugar donde llenar sus currículums de éxitos, él solo salió de su vagón para empujar de nuevo a la Juventus hacia la élite. Pese a ello, pese a desvivirse por ver a su club en el lugar con el que se correspondía su historia, un año después, en la 06-07, le dijeron que por un tiempo tendría que buscarse la vida lejos de casa, en una cesión al Empoli para curtirse en el primer nivel, y ni así su mente fue capaz de despedirse de la capital de la región de Piemonte.

 

“Le prometí al niño que soñaba con convertirse en futbolista que jugaría hasta que me maravillara al entrar al campo. Pero mi corazón me dijo que estaba rompiendo mi promesa”

 

Tras aquel alto en el camino, vinieron diez años más de puro sentimiento ‘juventino’ plagados de triunfos. Es cierto, nunca fue el primero de la lista, ni el más bueno, ni el más goleador, ni el más imprescindible. ¿Y qué? ¿Acaso era necesario ser todo eso para sentirse el tifoso más privilegiado de la Juventus? Muchos, muchísimos, sueñan con conquistar con el club de sus amores una Serie B, regresar a casa y sumar hasta siete Serie A, cuatro Coppa Italia y tres Supercoppa Italia; pocos, poquísimos, casi nadie de hecho, puede decir que lo haya logrado. Uno de ellos, Claudio Marchisio. Pero el tiempo, esa dimensión física a la que nunca nadie podrá ganarle un pulso, fue agotándose para el ‘8’ ‘bianconero’. En sus dos últimos cursos en su hogar, ahora el Juventus Stadium, comenzó a desaparecer paulatinamente de los esquemas de Massimiliano Allegri. Y al término de la 17-18, Claudio Marchisio comunicaba que sus días en Turín se habían consumido. Hizo las maletas, voló a San Petersburgo y conquistó una última liga con el Zenit para cerrar su palmarés.

Con 33 años, lastrado por las lesiones, el 55 veces internacional italiano ha decidido poner el punto final a su carrera futbolística. Como en su despedida a Andrés Iniesta, recordó de nuevo al niño que creció en Chieri con el único sueño de vestir la camiseta de la Juventus, pero en esta ocasión para decirle que aquella ilusión ya estaba cumplida. “Le prometí al niño que soñaba con convertirse en futbolista que jugaría hasta que me maravillara al entrar al campo. Pero mi corazón me dijo que estaba rompiendo mi promesa”, anunció este 3 de octubre de 2019. Cerraba un ciclo de su vida, el más intenso, el más bonito, el más sacrificado, el que siempre había imaginado, y para su acto de despedida regresó al lugar de donde nunca había marchado: a su hogar, a Turín. Donde siempre estuvo su corazón, como escribió Stephen King antes de continuar la frase con que “Bobby Frist decía que el hogar es ese sitio donde, cuando tenemos que volver, están obligados a recibirnos”. Y, obviamente, las puertas de la Juventus estaban abiertas de par en par para el bueno de Claudio Marchisio.