Ha pasado más de una década desde que Mike Ashley, magnate de los calcetines Slazenger, manifestara su deseo de poner en venta al Newcastle United, club que había adquirido en 2007 por un total de 134 millones de libras (153 millones de euros). La mala relación de Ashley con los ‘magpies‘ nunca ha sido un acto interpretado entre bambalinas; él ha sido consciente de su falta de aprobación en la grada ‘toon‘, y la afición nunca ha disminuido la voz y protesta hacia su figura.

Con el grado de desaprobación general del dueño de Sports Direct en Newcastle, resulta complicado entender sus idílicos inicios en St. James’ Park. Desde la contratación de Kevin Keegan como entrenador en enero de 2008, hasta compartir pintas en los pubs locales con los seguidores más férreos, Ashley parecía haber salvado al club de un desastre financiero y con una cercanía que se alejaba de lo que el manual Cómo dirigir un club de fútbol para dummies hubiese sugerido… si existiese.

La mala gestión del contrato de Keegan es uno de los momentos menos laureados en su trayectoria como propietario del Newcastle. Sus rencillas con Dennis Wise, director deportivo del club, hicieron que el exfutbolista se despidiera de su ‘Toon Army‘ nueve meses después de aceptar el cargo. Su salida inició un largo conflicto entre palco y grada y normalizó el empleo de las palabras vender y Newcastle en un mismo enunciado.

En un extenso comunicado tras la derrota en casa contra el Hull el 14 de septiembre de 2008, un encuentro marcado por las numerosas protestas, Mike Ashley declaró que ponía al club en venta. “Espero que el próximo dueño sea alguien que pueda cubrir al club con la cantidad de dinero que la afición quiere”, dijo el empresario, que añadió que ya no estaba “preparado para subvencionar al Newcastle” y que no era “estúpido” y había “escuchado a los aficionados”.

A esta situación hay que añadir otras rencillas como las promesas de inversión en el equipo que nunca llegaron a producirse, la mala relación con Rafa Benítez, las dos visitas a Championship, en 2009 y 2016, un tercio del total de descensos en toda su historia (6) y el polémico cambio de St. James’ Park a Sports Direct Arena, situación que enfureció a una afición cada vez más consciente del funcionamiento del club como una gran pancarta publicitaria de los negocios adherentes de su dueño.

Tras varios intentos fallidos, parece que la era Mike Ashley en Newcastle está llegando a su ocaso. La posible venta del club vendría de la mano de un consorcio conformado por tres integrantes. El primero, el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí, uno de los fondos soberanos de inversión más ricos del mundo. El segundo, los inversores británicos Reuben Brothers, considerados por el Sunday Times Rich List 2019 como la segunda familia más poderosa de Reino Unido. El tercero, PCP Capital, cuya dueña, Amanda Staveley, lanzó una oferta para comprar el Newcastle en 2017 y presume de una estrecha relación con Oriente Medio, participando asimismo en la venta del Manchester City a Sheikh Mansour. 

 

De producirse la venta, el Newcastle sería el tercer club en Europa en convertirse en propiedad estatal, tras la presencia de Abu Dhabi en el Manchester City y la de Qatar en el Paris Saint-Germain

 

El Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí, cuyo dueño es Mohammad bin Salman, príncipe de la corona saudí y heredero al trono, controlaría el 80% del club, mientras que el 20% restante se dividiría a partes iguales entre los otros dos miembros del consorcio. Se estima que la cifra total de la compra rondaría los 300 millones de libras, unos 339 millones de euros. De producirse la venta, el Newcastle sería el tercer club en Europa en convertirse en propiedad estatal, tras la presencia de Abu Dhabi en el Manchester City y la de Qatar en el Paris Saint-Germain.

Aunque la noticia ha sido un motivo de celebración para una afición desalentada con Mike Ashley y con su mandato en el club de Tyneside, las ONG comprometidas con la defensa de los derechos humanos han mostrado su descontento con la intromisión de Arabia Saudí en la compra.

Además del historial criminal saudí, la idea de que Mohammad bin Salman emplee el Fondo Público de Inversión que dirige para hacerse con el club inglés ha levantado ampollas y generado vastas comparaciones con la compra del Manchester City. En el caso del City, Sheikh Mansour creó el Abu Dhabi United Group (ADUG), un consorcio de capital privado que aúna un conglomerado de clubes bautizados como City Football Group (en el que también se encuentran el Melbourne City FC, Mumbai City FC o New York City FC). Hubo dudas con respecto a los lazos que unían al Gobierno de Abu Dhabi con el ADUG, pero Mansour lo negó.

Miguel Delaney, editor jefe de fútbol en The Independent, está siendo una de las voces más austeras a la hora de trasladar las complicaciones de la venta del Newcastle a este consorcio, la cual considera como un caso más de sportswashing en el currículum de Arabia Saudí: el deporte como herramienta para el lavado de imagen y la publicidad favorable. Cabe recordar que la Supercopa de España celebrada en Yeda y el excéntrico combate en Riad entre Anthony Joshua y Andy Ruiz también estuvieron tintados de la misma polémica.

“La idea de que un estado controle un club de fútbol es absurda. La idea de que uno tan criticado como Arabia Saudí controle uno como herramienta política es incluso peor”, comenta Delaney. “Los clubes son instituciones sociales. Esto no debería estar pasando”, añade. La crítica no solo viene de parte de medios británicos, sino de organizaciones como Amnistía Internacional o de figuras como Hatice Cengiz, la prometida del asesinado Jamal Khashoggi. Ambas han escrito a Richard Masters, Director Ejecutivo de la Premier League, para frenar una decisión que consideran un “chivo expiatorio” más de los crímenes sauditas. Según Delaney, “esto refleja una mayor problemática, el fútbol aceptando el hipercapitalismo, donde cualquier comprador vale”.

Según Masters “no hay ninguna regla” que evite este tipo de adquisiciones, sino “una serie de exámenes objetivos en términos financieros y sobre crímenes cometidos o actividades que puedan considerarse criminales”. Para Delaney, la institución no está haciendo suficiente para frenar la controvertida compra del Newcastle, y sugiere que “la Premier League podría votar para añadir una cláusula ética a las regulaciones”.

 

“La idea de que un estado controle un club de fútbol es absurda. La idea de que uno tan criticado como Arabia Saudí controle uno como herramienta política es incluso peor”

 

Mientras tanto, la afición del Newcastle se debate entre la alegría y la preocupación por la llegada de un comprador que podría seguir empleando a su club como una marioneta publicitaria. “Lo que puedo observar es que la gran mayoría [de aficionados] discrepa sobre la situación, pero siguen queriendo que se lleve a cabo la venta”, expone Delaney. “Una pequeña minoría está indignada”, añade.

La coyuntura actual y la caducada relación de la afición con Ashley han contribuido a un menor escrutinio en la operación. “El club y la afición serían utilizados políticamente por Arabia Saudí. No creo que los aficionados estén mentalmente preparados para otra batalla”, relata Delaney.

Quien sí está preparado para el asalto es beIN Sports, otra voz discordante en la adquisición con tintes saudíes del Newcastle. La cadena catarí acusó al gobierno de Arabia Saudí de “facilitar el robo durante tres años de los derechos comerciales de la Premier League en una plataforma pirata conocida como beoutQ, un servicio ilegal que emite un amplio abanico de eventos deportivos y que se habría apropiado de la señal de emisión de beIN.

La emisora saudí Arabsat niega el supuesto robo de las frecuencias y acusa a la cadena catarí de “difamación y de campañas engañosas”. Autoridades de la esfera balompédica intentaron cerrar beoutQ el año pasado sin demasiado éxito.

beIN Sports, que ha agotado la mitad de su contrato de tres años con la Premier League (con un valor de 400 millones de libras, unos 456 millones de euros) añadió que “debido al devastador efecto económico que el coronavirus ha provocado en la industria deportiva, [la compra] ocurre en un momento en el que los clubes de fútbol tienen que proteger sus ingresos televisivos al máximo”.

De momento, la denuncia de la cadena catarí ha sido la única que ha suscitado dudas en la Premier League, que ha estancado unas negociaciones que se preveían concluidas a finales de abril. Que una amenaza económica sea la única astilla en el acuerdo deja entrever hasta qué punto el dinero es el único equipo que no tiene rival.

“Creo que sería caer muy bajo”, concluye Delaney.

 


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Fotografía de Getty Images.