En los aledaños de Anfield Road hay una estatua en la que en su base una placa dice: He made the people happy (“Hizo feliz a la gente”). Quizá sea la mejor sentencia para el hombre que sale representado sobre ella. Porque cuando él llegó a aquel templo no había más que tristeza. Desilusión en cada rincón del recinto. En las gradas. En el banquillo. En el césped. En cualquier lugar en el que hubiera alguien que sentía los colores del equipo que cada dos domingos jugaba en ese lugar. Sencillamente porque el club estaba fatal. En segunda. Lejos de cualquier atisbo de grandeza. Las cinco ligas acumuladas hasta la fecha solo amontonaban polvo en las vitrinas. Hacía tiempo, mucho tiempo, que nadie abría las puertas de aquellos estantes, contadores de la historia de una entidad a base de sumar objetos de metal, material objetivo para saber cuán triunfador es un club. Y en ese momento, a finales de la década de los 50, en el Liverpool, la idea de ampliar su lista de éxitos parecía estar a años luz.

Todo cambió en diciembre de 1959, cuando el presidente del Liverpool, Tom Williams, apostó por darle las riendas del equipo a Bill Shankly. “¿Quieres entrenar al mejor club del país?”, cuestionó el máximo mandatario de los ‘Reds’. El técnico escocés, soltándole una puyita, respondió: “¿Matt Busby [entrenador del Manchester United] está haciendo las maletas?”. Pese a todo, aun estando a cargo entonces del Huddersfield, también en la Second Division, Shankly aceptó el reto. Sus diez años de carrera como entrenador no registraban grandes hazañas. Antes de dirigir a los ‘Terriers’, había pasado por el Carlisle United, el Grimsby Town y el Workington, equipos de divisiones inferiores. Como futbolista, tampoco mucha cosa. Apenas sumó un puñado de internacionalidades con Escocia. Y en cuanto a clubes se refiere, sus años sobre el verde también arrancaron en Carlisle, antes de pasarse más de tres lustros en el Preston North End, donde pudo levantar una FA Cup en 1938.

Esas eran las credenciales del tipo que tenía que devolver al Liverpool a lo más alto de la pirámide del fútbol inglés. El club llevaba cinco años, desde 1954, en el infierno, incapaz de volver a situarse entre los grandes. Y la espera se estaba haciendo larga. Más, teniendo en cuenta que antes de aquel descenso había estado medio siglo conviviendo entre los grandes del país. Pero la vuelta a la normalidad no se culminó de inmediato. En el primer año de Shankly, el Liverpool acabó tercero. En el segundo, más de lo mismo. En el tercero, ya con una plantilla rediseñada a su gusto, y contando con el tiempo como aliado -extraño en la época que hoy vivimos-, se confirmó el regreso del Liverpool a la First Division, y el club nunca más volvería a conocer el trauma de verse un escalón por debajo de la élite.

 

Cuando Shankly abandonó el club, las vitrinas dejaron atrás las telarañas gracias a tres ligas, dos FA Cup, tres Charity Shield y una UEFA. El primer paso para convertirse en el equipo más temido de Europa

 

Tras un primer año de aclimatación en primera división, en el segundo ya empezó el recital de los scousers. Cayó la primera liga en el 64. Y en los siguientes diez años, hasta 1974, cuando Shankly abandonó el club, las vitrinas dejaron atrás las telarañas gracias a otras dos ligas (1965-66 y 1972-73), dos FA Cup (1964-65 y 1973-74), tres Charity Shield -la antigua Community Shield– consecutivas (1964, 1965, 1966) y una Copa de la UEFA (1972-73), que sería el primer paso para convertirse en el equipo más temido del continente. En definitiva, más allá de los títulos de los que pueda presumir el Liverpool en aquella época, porque después caerían muchos más, lo que logró Bill Shankly fue situar a los ‘Reds’ entre los grandes. Engrosar la ‘lista de la compra’ lo dejó en manos de sus sucesores, Bob Paisley y Joe Fagan, que desde el primer hasta el último día de Shankly en el club estuvieron mamando de su sabiduría, dentro de su staff, y cuando les tocó caminar por su propia cuenta tuvieron claro cómo hacerlo, sumando, entre los dos, siete ligas, cuatro Copas de Europa, cuatro Copas de la Liga, seis Charity Shield, una Copa de la UEFA y una Supercopa de Europa; con Paisley a los mandos entre el 74 y el 83 y con Fagan recogiendo el testigo hasta 1985. Casi nada.

Y por si fuera poco todo lo que hizo a nivel balompédico Shankly por el Liverpool, también sentó unas bases para brindarle a la entidad una identidad diferente, especial, única. Primero, dándole al You’ll never walk alone un carácter de himno oficioso del club después de que comenzara a cantarse a mediados de los 60 en las gradas de Anfield. “Resume nuestro espíritu en el campo. Ningún jugador en mi equipo lucha solo. Siempre hay alguien allí para ayudarlo”, dijo sobre la canción Shankly, evidenciando, también, la personalidad labrada en el seno de una familia minera de Glenbuck, donde el espíritu de equipo y de lucha conjunta vienen intrínsecos. Quizá por ello también se le ocurrió en sus años en el banquillo del Liverpool poner el icónico cartel de ‘This is Anfield’ en el túnel de vestuarios, justo antes de que los futbolistas saltasen al campo, para que tanto a  los suyos como a los rivales les quedase bien claro dónde se estaban metiendo y lo que comportaba. Porque pisar el césped de Anfield, puede que también por culpa de Shankly, no es pisar cualquier césped.

Tal es su relevancia en la historia del club, que su manera de ser tan pasional, tan intensa, llevó la rivalidad entre los dos equipos de Liverpool a un nivel superior, buscando fastidiar a los seguidores de un Everton que en esos tiempos también lo petaba -dos ligas en la 62-63 y en la 69-70 y una FA Cup en la 65-66-. Nunca se cortó un pelo con los ‘Toffees’. “Esta ciudad tiene dos grandes equipos: el Liverpool y el equipo reserva del Liverpool” quizá sea su frase más mítica en lo que refiere a su enemistad con los de Goodison Park. Aunque tampoco se queda atrás aquello de: “Si el Everton jugase en el jardín de mi casa, correría las cortinas”. U otra como: “Cuando no tengo nada que hacer, miro debajo de la clasificación para ver cómo va el Everton”. Unas frases contundentes que marcaron un punto de inflexión en los derbis de Merseyside, pero que no son el único legado que dejó con su verborrea. Si hay una máxima suya lapidaria, la que define lo que fue Shankly más allá de su amor por el Liverpool, de todo lo logrado para su equipo, de su enemistad con los vecinos de la ciudad, es la de la pasión que le causaba el deporte que monopolizó su existencia. Para él, “el fútbol no es cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso”.

 


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Fotografía de Imago.