Hoy se cierra el mercado de invierno. Por fin. El problema es que mañana comenzaremos a hablar sobre el veraniego. Y nos olvidaremos del fútbol. De aquello que, dicen, pasa entre ventana y ventana, de un solsticio a otro. Los goles, las asistencias y las jugadas de orfebrería quedarán en segundo plano. Las defensas férreas, los stoppers y los cometibias, os gusten más o menos, también. Se iniciarán los debates sobre si tal equipo debe abonar la cláusula de este jugador, los pagos a plazos de un fichaje tan estelar como kamikaze, el enésimo rumor de si al fin veremos a ese muchacho con aquella camiseta que alguien dice saber sus deseos por vestirla. Y así hasta junio. Y así hasta que, de repente, ignorantes, nos demos cuenta de que Éver Banega ya no pisará ni un día más el césped del Ramón Sánchez-Pizjuán.

El tiempo nos pasará la mano por la cara. Una vez más. Golazo por la escuadra, pringados.

***

Esto de despedirse con tanta antelación no se si me acaba, la verdad. Es como si te dejaras querer en exceso, esperando un aluvión de halagos -justos, seguro- y de adulaciones. Pero, mirándolo desde otro lado, también tiene algo de romántico, de poético. Como si te apeteciera compartir con todos tus últimos ratitos en un lugar donde ya no te verán más, aunque ansíen que no suceda. Sensaciones encontradas, vaya. Después uno se da cuenta que Éver Banega escogió hacer pública su despedida en el 130 aniversario del club de su vida, junto a Newell’s, y las contrariedades se esfuman al segundo. De repente, lo que se auguraba trágico, apocalíptico, el color que suele tomar un adiós, se tornó en un día de orgullo para un sevillismo en pura festividad.

Orgullo, sí. Porque el rosarino, con sus pies, con su fútbol de tantísimos quilates, ha dejado cinco años de felicidad a raudales en Nervión. Cinco años de gloria europea, de exhibiciones por aquí y por allá, de título continental tras título continental, como si fuera el pan de cada día en una casa donde apenas conocían la harina y la levadura desde hacía un par de telediarios. Cinco años que le enseñaron a crecer, a dejar de lado a aquel muchacho que solo salía de un lío si se avistaba otro por llegar; a no rendirse, porque, dice Éver, en Sevilla eso está prohibido, y nos lo creemos; a encontrar la felicidad plena, porque si hay un sitio en el mundo en el que Banega ha sonreído, ese es Sevilla.

Quizá sea raro dar por hecho que un día amanece sonriente justo cuando Éver Banega anuncia que deja el club. Pero probablemente por ese motivo se dé. Habrá una nueva excusa para sacar el recopilatorio de quiebros, amagos, regates, pases, asistencias, taconazos, y de todo, que ha dejado en el Sánchez Pizjuán. Otra razón por la que juntarse alrededor de una mesa y contar lo que más ha impactado de su fútbol. Y pasarán horas y horas, jugadas y jugadas, hasta exprimir la última gota de la memoria.

El adiós de Éver Banega será otra manera de decirle hola, imagino. De ponerle a la altura de los futbolistas más importantes de la reciente historia del club mientras vacía su taquilla del vestuario. De decirle, claro y rotundo, que ya está en otra dimensión para el sevillismo; quizá intangible, puede que invisible, pero, al fin y al cabo, con el estatus de leyenda. “Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida”, que diría el uruguayo Mario Benedetti.

***

Dicho esto, viendo que febrero ya está empujando de nuestras vidas a enero, seamos conscientes de que solo quedan cuatro meses, cuatro malditos meses, para disfrutar de uno de los mayores talentos que hayan pasado por la Liga en los últimos años. No seamos idiotas y despidamos como se merece a Éver Banega. La marcha atrás para darle la bienvenida a nuestro baúl de los recuerdos balompédicos ha comenzado.

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Jorge Giner

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  • Vete ya banega no esperes ni que termine la liga, no eres ya ni la mitad de lo que eras.

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