Un helicóptero de ALK Capital sobrevuela Cornellà-El Prat. En estos momentos, una empresa de mudanzas está retirando un solitario “cheongsam“, a la vez que deja cuidadosamente colocada una gorra de Moneyball en el closet de lujo de una mansión de Pedralbes que fue propiedad de Mr. Chen entre 2016 y 2021. El cambio de armario que la masa social del RCD Espanyol llevaba esperando mientras le azotaba el frío invernal de dos descensos o el sol abrasador de la primera división española de Tebas.
La misma impostura presidencial que podría haber llegado con el regreso de Martin Braithwaite, como si del Guerre de Natalie Zemon Davies se tratara. Pero no, será el bueno de Alan Pace el que deba reconstruir una fábrica más abandonada que Calzados Parrish en 1995. Un nuevo Plan Marshall que se empezó a vislumbrar cuando el jet privado de este magnate con pasado en Wall Street aterrizó en la terminal de la aviación ejecutiva del empequeñecido Aeropuerto Josep Tarradellas. Buenas nuevas, en definitiva, tras la particular postguerra futbolística blanquiazul en la que el racionamiento financiero y el trueque en el mercado de fichajes han logrado mantener una sociedad deportiva al borde del abismo. El club se encuentra, por fin, dentro de la norma 1:1, situación económica que ha posibilitado la venta a los estadounidenses.
Con la nueva propiedad se abre en la entidad un período histórico de americanización. Todo bajo los buenos auspicios de la exitosa administración de Fran Garagarza. El de Mutriku se ha instituido como el gestor perfecto para consolidar un sistema productivo que desde hace un tiempo va hacia una suerte de fordismo futbolístico. Tanto en cuanto a cantera, donde la producción se ha orientado hacia la estandarización de modelos y perfiles, como en el mercado mismo, ahora ya en una fase de expansión en la cual se ha reactivado la compra de activos para generar patrimonio sobre el verde. Priorizando, ante todo, la identificación de la marca a través de jugadores vinculados a la casa.
El sueño americano que descansa bajo la visera azul marino del multimillonario solo será dulce y placentero si logra compartir espacio de ensoñación con las aspiraciones de los muchos otros colectivos que rodean al Espanyol
Rotando de una estación a otra en la cadena de montaje, la nueva industria de este Henry Ford del balompié, la cual seguirá bajo el mando del que fuere durante una década director deportivo del Eibar, contará con trabajadores provistos del mono de trabajo fordiano como el incombustible Kike García o con Ramon Terrats, el niño que se coló en la factoría en medio de la gélida noche que siguió a la marcha de Joan García. Lejos de la producción, ante una particular Guerra Fría dentro y fuera de los terrenos de juego, el equipo dispondrá, además, de gente de oficio como el serbio Marko Dmitrovic, agente doble al servicio de la CIA en la Yugoslavia No Alineada de los años 50.
Sin embargo, la inminente refundación de la propiedad deberá conectar con el espectador, creando una ficción equiparable a la sociedad del bienestar de las economías capitalistas de la vieja Europa de mediados del siglo XX. El sueño americano que descansa bajo la visera azul marino del multimillonario solo será dulce y placentero si logra compartir espacio de ensoñación con las aspiraciones de la Associació de petits i mitjans accionistes de l’Espanyol (APMAE) o con los anhelos de las Penyes Blanc–i–Blaves, entre muchos otros colectivos.
El vocerío ensordecedor de la extrema mercantilización del fútbol mundial convivirá, una vez más, con el clamor silencioso de voces autorizadas de dentro y fuera del club. Ese tímido fragor que mantiene viva la esencia del espectáculo, así como la identidad asociada a determinados colores, como ha demostrado recientemente el Real Oviedo y su gente, al margen del Grupo Pachuca. Nada será comparable, sin embargo, a la afonía provocada por el “¡Chen go Home!“ (actuaremos como si no fuera socio del holding Velocity Sport Limited) y del esperpéntico, surrealista, irónico, mordaz y genial lema berlanguiano que seguirá al mismo: “¡Bienvenido, Mr. Marshall!”.
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Fotografía de Getty Images.


