Si bien es cierto que el fútbol son once contra once y gana el equipo que mete más goles, hay esporádicos lances del juego que deleitan a propios y ajenos de tal forma que, como se dice habitualmente, pagan el precio de la entrada. Aunque no determinen numéricamente el resultado del partido, estas acciones, que a menudo por ocurrir lejos del área no quedan recogidas en los videoresúmenes, pueden provocar una situación ventajosa en la zona del campo donde se dan, para que luego el balón se desplace con clarividencia hacia las proximidades de la portería y acabe desembocando en gol. O, simplemente, por la incredulidad que provocan en jugadores y público, originan un revuelo emocional que desequilibra la balanza anímica, propiciando una superioridad psicológica tan aplastante que por su propia inercia acaba traduciéndose en el marcador.

Hay futbolistas tan íntimos del balón que son capaces de, mientras lo conducen con la cabeza erguida, cual adivinos que vislumbran el futuro acariciando la bola con los pies, anticipar los movimientos del rival y sacar partido de esos augurios con jugadas espectaculares en beneficio de su equipo. Igual que hay muchos goles de penalti o de rebote que no significan nada más allá del mero gol, hay otro tipo de tantos, como el copero del bético William Carvalho el pasado miércoles en Vallecas, que se recordarán más por la acción previa que por el momento en el que el balón cruza la línea y besa la red. Cada jornada de liga hay tantos partidos que no significan nada más que unos tristes puntos en la clasificación, como momentos que ni directa ni indirectamente repercuten sobre el resultado final, pero, sea por su belleza o por su inverosimilitud, quedan grabados en la retina de quienes los atestiguaron.

En el fútbol, como en el amor, hay de todo. Hay jugadores que, por más que insistan las direcciones deportivas en ficharlos y sus entrenadores en ponerlos a jugar, deambulan por varios equipos sin pena ni gloria hasta que encuentran el club de su vida; y otros que, como tocados por una varita, desde muy pronto congenian con la grada y parecen estar plenamente identificados con la entidad por la que han fichado, aunque sea en calidad de cedido. Si hay personas que tienen que dar varios tumbos antes de encontrar la adecuada, otras, como Bryan Gil, recién cumplidos sus 21 años, acumulan un recorrido de relaciones intensas porque, allá donde van, conquistan corazones por doquier y despiertan reminiscencias de amores pasados.

Zurdo, delgado, ligero y melenudo, apodado ‘Little Cruyff’ o el ‘Messi de Barbate’, canterano del Sevilla desde los diez años, pese a lograr hitos históricos como ser el primer jugador nacido en el siglo XXI en marcar y asistir en liga, nunca llegó a permanecer una campaña entera como profesional en su club de formación. Lo cedieron primero a Leganés y luego a Eibar, lugares en los que, pese a terminar descendiendo de categoría, dejó huella tanto por su innegociable compromiso como por su estilo de juego irreverente y exquisito. Sus actuaciones en el club vasco le abrieron las puertas de la selección y, comparado a David Silva, tuvo que ser el propio Mendilibar, su entrenador en aquel entonces, quien matizara dicha comparación: “Silva llegó como extremo izquierda pero en el segundo partido ya le pusimos por dentro. Bryan es un extremo de verdad, tiene uno contra uno.”

 

Zurdo, delgado, ligero y melenudo, canterano del Sevilla desde los diez años, pese a lograr hitos históricos como ser el primer jugador nacido en el siglo XXI en marcar y asistir en liga, nunca llegó a permanecer una campaña entera como profesional en su club de formación

 

Intercambiado este último verano por un Lamela que ni siquiera ha sido inscrito para la fase final de Europa League, Bryan Gil experimentó en el primer tramo de temporada en el Tottenham, si no el desamor, quizá el amargor de verse relegado a un segundo plano. “Me han pedido que suba un poco de peso, que mejore mi condición física y que aprenda inglés”, declaró al llegar a Londres. Difícil de encajar en el 3-5-2 de Antonio Conte, tras tres meses sin completar un partido, en el último día de mercado invernal el Valencia logra su cesión. Dos días después debuta en Mestalla, contra el Cádiz en Copa del Rey, y a la media hora de partido, con el ‘21’ a la espalda, realiza un caño que pone al estadio en pie. Como si de la magdalena de Proust se tratara, en un proceso de memoria involuntaria colectiva, sea por el gesto técnico, por la melena castaña, por lo ancha que le quedaba la camiseta o por el dorsal que portaba, el recuerdo de Pablo Aimar se esparce entre su nueva afición.

El futbolista argentino, de cuyo debut se cumplen 21 años hoy, día de San Valentín, fue fichado a River Plate por aproximadamente 21 millones de euros a los 21 años de edad. Así como hay partidos tan insulsos que, aunque haya goles, en absoluto repercuten en la memoria de sus espectadores, y por lo tanto sería como si no hubieran ocurrido más allá de los puntos que se reparten en la clasificación; hay otros que se recuerdan más por un hecho anecdótico, como un estreno o un regate, que por el resultado final. La primera aparición sobre el césped de Aimar con el mítico Valencia de principios de siglo fue ante el Manchester United de Alex Ferguson, en un encuentro de Champions que terminó con empate a cero, no obstante jamás será olvidado por la parroquia ‘che’. Porque en noches como esas, también como cuando conocieron a Bryan, y aunque ni uno ni otro marcaran en su debut, los murciélagos vuelan describiendo trayectorias impredecibles. Surge el amor a primera vista.

 


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Fotografía de Imago.