Catapultados desde el primer día por sus históricos resultados con la pelota, los uruguayos viven conscientes de sus miles de limitaciones para encontrar un éxito similar en otros aspectos de la vida. Son minúsculos en población, son diminutos en dimensiones y están rodeados de dos gigantes que atrapan toda inversión que por allí asoma. Quieren ser, pero no son. Y, sin embargo, siguen sacando futbolistas.


79 países son más prolíficos económicamente, 135 estados tienen más población en el planeta y 93 de ellos ofrecen mejores condiciones de desarrollo familiar. Quizás eso explicaría que fueron sede de un Mundial (1930) cuyo estadio principal no pudo celebrar el partido inaugural por inundaciones del pasto y se cambió la cancha horas antes del arranque. ¡Insólito! Quizás ello explicaría que todos la ningunearan en una tarde soleada, que pronto se tornó en la más importante de la historia futbolístico-social con Maracaná como eterno testigo (1950). Y quizás ello también explicaría que todo un continente les condena por haber evitado, de manera inasumible, que África lograra tener un semifinalista mundialista por vez primera (2010). Los números, son el enemigo natural de Uruguay cuando registran sus aptitudes como país respecto a quienes le rodean. La pelota, es su amiga imperecedera que siempre les otorgó un protagonismo relevante y la que le hace regodearse respecto a quienes le rodean.

Nadie guarda, con tan diminuta población (actualmente 3,4 millones), con tan minúscula superficie (176.000 km²) y con tan reducidos márgenes de maniobrabilidad financiera, más recursos futbolísticos en todo el mundo. No hay comprensión posible. En 1970, entrenadores y científicos rusos bajo las doctrinas de espionaje y observación minuciosa de la extinta Unión Soviética, llegaron a Uruguay después de que la selección charrúa eliminara a la poderosa URSS del Mundial de México de ese mismo año (1-0 con gol de Víctor Espárrago en el minuto 116 en el Azteca). Estaba todo muy pactado en aquella visita, pues existían acuerdos mutuos para que los soviéticos pudiesen comprobar, investigar y detallar todo lo necesario. Observaron cientos de entrenamientos, apuntaron miles de ejercicios, clonaron cada apunte y solicitaron decenas de libretas en busca de mejoras para su fútbol. Durante muchos meses, visitaron canchas, hablaron con clubes, entrevistaron a especialistas, realizaron informes técnicos, apuntaban hasta los alimentos que ingerían… Y regresaron a su país. Al llegar, los jerarcas del fútbol soviético estaban expectantes por conocer aquellos datos que lograban la fórmula mágica uruguaya. Se sentaron, cerraron la puerta de la sala y respondieron con sinceridad: “No sabemos qué es lo que hacen. No sabemos cómo lo hacen. El fútbol uruguayo es un milagro”.

La mística de quien ganó dos Mundiales cuando el fútbol estaba creado para divertimento en mitad de crisis bélicas planetarias, es una huella que arrastra con orgullo y que jamás podría arrinconarla en la historia más allá de su tamaño, economía o población. Esa aureola siempre le hizo ser especial, pero cuando aquel fútbol fue aglutinando ingredientes para convertirse en el ente planetario que todo lo abarca, su papel dentro de ese escenario, quedaba notablemente herido. Nuevos países, más inversiones que mejoran su potencial, grandes profesionales contratados como estrellas para multiplicar talentos y, mezcla de todo ello, muchos más rivales para competir por un espacio en la élite. Y mientras el resto cosechaba mejoras aliándose a lo financiero (Islandia), a su enorme población (asiáticos-africanos) o a su capacidad para organizar grandes eventos que la catapulten (Rusia lo hace ahora mismo y Qatar en 2022), Uruguay quedó paralizada. Allí, muy poco avanzó.

“La selección y el proceso son una isla dentro de nuestro fútbol. Por muchas carencias y muchas dificultades. Desde lo que es la infraestructura en el día a día, lo que son las condiciones para mejorar en el día a día, lo que son los partidos donde apenas hay recursos… Acá te obligan a tener tres pelotas máximo en los partidos. Y hay veces que hay canchas en que la pelota se va para el otro lado del muro y, claro, esperá… Se hace muy lento, muy tedioso, se hace aburrido. Pastos altos, pastos secos, que no tienen nada que ver con lo de Europa porque acá no se pueden cuidar. Ahí son todos pastos cortos, canchas mojadas, pelotas que tienen un material que ayuda a la velocidad. La infraestructura de los campos de juego son las mismas con las que entrenan”, explica con todo detalle, en tono airado porque lo contrariaban sin razones de peso y con el grito en el cielo por saber a ciencia cierta de qué habla, el gran Sebastián Abreu (mito de la selección por si algún joven millennial no lo ubica).

“Acá vas al vestuario y tenés una bolsa de bizcochos. En Europa tenés fruta, tenés yogur, tenés cereales…Todo hace al cambio del físico del jugador. Si vemos a Luis Suárez en 2006 en Nacional y vemos a este Luis Suárez, parece que lo hubieran metido en una máquina y lo hubieran transformado. Hay planteles a los que les deben cuatro meses y ganan el sueldo mínimo. ¿Cómo querés que tengan cereales carísimos, pastas integrales cuando cobran un sueldo mínimo y tienen dos hijos? Saca a Nacional que le deben tres meses, a Peñarol que le deben tres meses, a Defensor, a Danubio. El resto: arena movediza, arena movediza…, remándola. Y el que tiene respaldo es porque jugó afuera y puede vivir bien. Pero son cinco o seis jugadores en un plantel de 20. Yo jugué en la B, jugué en la A, jugué en el exterior, jugué en España, jugué en Brasil y conozco todas las realidades. Y la nuestra es así, no lo escondamos ni mintamos”, comentó el ‘Loco’ Abreu, tan contundente en su análisis sobre la crudísima realidad del fútbol uruguayo, como era cuando tocaba sacar orgullo para defender la celeste en todos los pastos del planeta.

Precisamente por ello, sabe que cualquier crítica haca la capacidad de la selección actual de Tabárez, resulta una absurdez en comparación con las potencialidades y facilidades que sí tienen las selecciones que aún compiten por este Mundial de Rusia 2018: “Acá la B es amateur y en el fútbol profesional la mitad de los equipos son amateur y la otra mitad semi-profesional. Entonces no me vengan a decir que podemos competir con Europa, con Brasil, o con cierta parte de Argentina, porque nos estamos mintiendo. Y por eso nunca vamos a poder salir a competir a nivel internacional, como todos vendemos cuando empieza la Libertadores: ‘Vamos por la sexta Peñarol; vamos por la cuarta Nacional’… Mentira. No es real. Gracias a Dios, ahora tenemos al grupo más unido que nunca en la selección. Ojalá podamos tener un fútbol profesional dentro de diez o 15 años”, amplió Abreu en un decálogo ideal de por qué un país minúsculo de nulos recursos, sigue agarrándose a la pelota como salvavidas en el océano más violento.

Su propio seleccionador, el ‘Maestro’ Tabárez, es hoy el exponente perfecto para intentar explicar cómo es posible esta osadía continua de Uruguay en los Mundiales. Abandonó el fútbol de clubes hace nada menos que 16 años, está notablemente dañado por una enfermedad degenerativa que le impide andar sin muletas y dirige desde hace 12 años a la selección charrúa con talante comunicativo, pues lo de ‘Maestro’ no es gratuito, sino que en su caso, es su verdadera profesión y la que ejerció durante décadas mientras el fútbol le abría camino. Estos días, cuando todo el país se aferra a una nueva heroicidad uruguaya a través del fútbol, él, tibio y perfecto contextualizador, muestra la moraleja que este Mundial debe dejar a su país: “El fútbol nos ha enseñado a soñar y luchar, va en nuestra identidad. Pero no nos podemos olvidar que el fútbol es como una escuela… Pero las escuelas aún son más importantes. Cuando veo niños celebrar nuestros goles, me emociono porque ellos no olvidarán estos momentos, hablarán a sus hijos y el círculo de la vida seguirá. Me hace sentir orgulloso pero todo esto no servirá de nada si los niños no saben dónde está Rusia”, explicó, sabiendo que estos días, precisamente, se debate en Uruguay si el 6% del PIB se va a destinar a educación.

Los que gritan estos goles, los que abrazan a sus amigos, los que festejan en las fuentes, los que lloran en la escuela y hasta los que miran para otro lado porque la pelota no les engancha… Son los protagonistas del milagro, los hijos de un milagro, el milagro uruguayo.