“¿Sabes qué soy? Un perro que corre tras los coches. No sabría qué hacer si alcanzara uno. Actúo sin más. La mafia tiene planes. Los polis tienen planes. Gordon tiene planes. Ellos maquinan. Maquinan para controlar sus pequeños mundos. Yo no maquino. Intento enseñarles a los que lo hacen lo patético que es que intenten controlar las cosas”

El Joker (Heath Ledger), en El caballero oscuro

 

Nos pasamos la vida planificándola cuando los mejores planes son los que no entraban en nuestras cabezas. Después de ver como aquello que teníamos estudiado al dedillo se va al garete, siempre nos damos cuenta de lo mismo: la belleza del arte de improvisar. Aquel día que decidiste comprar unos billetes de avión para ir a la otra punta del mundo cuando tenías pensado morir del aburrimiento en casa. Aquella épica noche que empezó cerrando la puerta de casa con un “no volveré tarde”. O aquel examen que aprobaste sin saber siquiera qué cara tenía el profesor. Para qué aferrarse al plan A cuando ves que no es la solución. Mejor dejarlo todo en manos del B, tirarse al agua con los ojos cerrados, y fiarse de que eso con lo que no contabas hiciera de tu noche más complicada la historia más bonita que podría darse.

En esas andaría Roberto Martínez el pasado lunes 2 de julio cuando seis minutos después de regresar al área técnica del Rostov Arena la selección de Japón ya le había asestado dos golpes a la mandíbula. Primero, Genki Haraguchi con un chut cruzado. Después, Takashi Inui con un disparo diabólico desde la frontal. El plan A, aquel que el técnico catalán había ideado durante los días previos al encuentro, se había esfumado. Tocaba darle rienda suelta a la imaginación, que la cabeza empezase a funcionar por sensaciones, pálpitos y estímulos. Y, en esas, hay uno que se desenvuelve a las maravillas: Marouane Fellaini, el plan B.

Pues él nunca ha sido nuestro plan A, ni el de Roberto Martínez. Nunca te irías a la guerra con él pensando “este es el que me va a salvar el culo”. Pero, al final, siempre es él quien te lo salva. ¿Por qué? Porque los planes B son aquellos que nacen fruto de la improvisación, de ver cómo los segundos cada vez corren más deprisa y de la espontaneidad de un ser humano que, al fin y al cabo, siempre tendrá aquel espíritu de ser animal que, ante el miedo y la incertidumbre, se mueve más por instintos que por razocinio. Por eso mismo, supongo, el gigantón belga es de esa clase de personas que viven en un segundo plano, conocedoras de sus limitaciones, y que saben sacar el máximo rédito a aquellos pequeños detalles que les hacen destacar por encima del resto.

 

Fellaini, el plan B de cualquier belga, resultó vital para los deseos de un país que quiere dejar de sentirse el eterno aspirante a todo para convertirse en una opción real

 

Y por eso mismo, cuando Japón se descubría ante el mundo como la enésima sorpresa de este Mundial, ‘Bob’ no se lo pensó dos veces. Su libreto, apuesta de un fútbol atractivo y al ataque -normal, con los jugadores que tiene-, nunca permitiría que un futbolista que destaca más por su juego con la cabeza que con los pies pisara un campo. Entonces, Marouane Fellaini debería estar descartadísimo. Pero salió como plan B, por sus más de 190 centímetros de largo y ahí creó el factor diferencial. Entre Kevin De Bruyne, Eden Hazard o Axel Witsel, peloteros todos ellos, se erigía la melena del futbolista del Manchester United para desatascar un partido más complicado de escalar que el monte Fuji.

Roberto Martínez apostó por el pragmatismo de contar con una amenaza áerea en sus filas y relevó a Fellaini por Dries Mertens. Como en tantas ocasiones ha actuado Jose Mourinho en el United, ubicó al ‘8’ belga cerca de la portería nipona, junto a Romelu Lukaku, para aprovechar el poderío de ambos por alto y la jugada le salió a la perfección. A los cuatro minutos de entrar en el césped él y Chadli -en sustitución de Carrasco-, Bélgica ya se había puesto 1-2 en el marcador con un tanto de Jan Vertonghen.

En el 74’, solo cinco minutos después de acercarse en el electrónico, Eden Hazard puso un centro medido al corazón del área para que Marouane Fellaini se alzara entre la defensa japonesa y dejase en un espejismo lo ocurrido al inicio del segundo tiempo. Sin ser el ‘prefe’ de nadie, fue quien hizo creer a todo un país, a más de diez millones de personas, que aquel arrebato de pegada de cara a puerta desplegado por los japoneses en los primeros compases del segundo acto podía revertirse de la misma manera. En un visto y no visto, la cabeza de Fellaini, el plan B de cualquier belga, resultó vital para los deseos de una nación que quiere dejar de sentirse el eterno aspirante a todo para convertirse en una opción real.

Después, cuando todo parecía indicar que deberíamos estar 30 minutos más enganchados al televisor, entre Kevin De Bruyne, Thomas Meunier, Romelu Lukaku y Nacer Chadli se inventaron un contraataque genial para poner el punto final a una remontada para la historia; nunca ningún país había sido capaz de igualar un 0-2 en contra en una Copa del Mundo desde el Mundial de España’82. Y parte de la culpa la tiene el bueno de Marouane; un tipo que difícilmente entraría en nuestros planes si apostáramos por el fútbol con el que Bélgica pretende conquistar el mundo, pero que es tremendamente valioso cuando lo planeado no sale como se esperaba.