Cuando yo jugaba a las chapas, el mundo olía a nuevo y el fútbol a sofá de escay. Puedo inventar una ficción, algo de ello habrá, pero resulta inevitable demorarse en el recuerdo. Todo relato que nace del juego nos remite sin cesar a la nostalgia, a la infancia, a un lugar que nos dice, que nos representa en nombres que apenas recordamos como un día fueron. Decir ahora mismo Lekumberri y recordar un casco de cerveza de San Miguel, evocar la estampa proletaria de Marina en una Mahou, el oportunismo agropecuario de Salillas en una Estrella Damm. El fútbol, para los que un día jugamos a las chapas, vuelve a nosotros como una intransferible amalgama de soledad, amigos, patio, ídolos y cerveza. 

No sé cómo lo revivirán otros, pero uno de mis primeros recuerdos asociados al fútbol es visitar bares para pedir las chapas sobrantes al camarero de turno. Fútbol de fritanga, de carrusel, de cinco de la tarde, Pepe Domingo Castaño, un poema de Lorca y un palillo con premio gordo entre los incisivos. Allí llegaba yo, no se imaginan lo inmenso que se ve ahora el mostrador, tímido y timorato, un joven Sheldon de extrarradio con su bolsa de plástico, si me puede echar una mano, ya sabe usted, así le quito un poco de basura de encima, no es molestia, no se preocupe, muchas gracias, señor, dentro de unos años escribiré un artículo sobre esto, una cuestión sentimental, ya me entiende, muy amable, mucho gusto, saliendo del bar de la esquina con la bolsa del supermercado repleta de chapas, tapones, tapas y todo lo que la imaginación pudiera reciclar.

Volver a las chapas que guardo en algún cajón supone dar rienda suelta a toda una antropología de los bares de finales de los ochenta y principios de los noventa. Quintos, tercios, medianas, mostos, vermutillos, refrescos, gaseosa, aguachirri y zumos de Cofrutos. Las manoseo ahora mismo con morbosa delectación mientras se me aparece la estampa de genio lento de Juanele en un Bitter Kas, demasiada justicia poética que el bigote de Abadía tenga el retintín anacrónico de una botella de Mirinda, tal vez una licencia excesiva, si bien necesaria, que Camarasa y Sempere me saluden todavía desde un tapón de horchata. En cada una de aquellas chapas que me entregó con desidia el camarero estaba dibujado, como en un aleph cañí y dominguero, el destino de todo futbolista y de toda una generación.

Diseños y patrocinadores

Lo primero era diseñar el uniforme de cada uno de los equipos. Había algunos que conseguían las fotos de los futbolistas en coleccionables, lo siento, yo nunca abandoné la labor artesanal. En un folio se daba la vuelta a la chapa para dibujar el contorno que más tarde tocaría recortar. Era una tarea minuciosa, paciente, de una ya tan lejanísima era predigital. Imposible olvidar el día en que el Barça anunció la nueva camiseta Kappa, la de las rayas blancas, y tocó dibujar unos muñequitos del tamaño de un neutrino con un boli de punta fina. Les aseguro que el resultado todavía me sigue admirando. Nunca he vuelto a tener aquella precisión en el trazo que me llevó a sentir como un Laudrup que filtra su pase entre líneas tras una croqueta y mirada al tendido. Después, era el momento del toque final, pincelada gruesa pero firme, colorear con rotulador lo que primero había sido esbozado con el lápiz.        

Algunas marcas y empresas siguen ligadas a aquel tiempo. Es tan difícil relatar el glamour que podía tener para nosotros la caspa de Marbella, la recia molicie de un colchón Pikolín, el sabor casi contracultural de la leche Feiraco o la turbia plusvalía de Incecosa, fuera lo que Don Manué y el Cristo del Gran Poder quisieran que fuera. Me recuerdo dibujando cada uno de sus logotipos en los pequeños círculos de papel festoneado, imitando con fervor de copista medieval su tipografía. El Bic azul para Bankoa y uno violeta para Teka. Nombres que todavía perviven en mi memoria, adheridos a mí, sin remedio, desligados de su sentido original pero todavía presentes. El fútbol, tan hijo de Mnemósine como las nueve musas, era y sigue siendo el sueño húmedo de cualquier publicista.

 

Volver a las chapas que guardo en algún cajón supone dar rienda suelta a toda una antropología de los bares de finales de los ochenta y principios de los noventa

 

Hubo un tiempo en que primero fue el ciclismo pero también llegó el día en que Stoichkov heredó la chapa pulida de Perico Delgado para recorrer la banda, en que no tuve más remedio que pasar el caparazón de Indurain a Fernando Hierro, en que Djamolidine Abdoujaparov ocupó el centro de la defensa del Zaragoza con el nombre de Xavi Aguado. Los ídolos son volubles, los admiradores chaqueteros como Isótopos de Albuquerque y era más fácil encontrar amigos futboleros que otros capaces de entender la necesidad de elevar una trama arquitectónica en arena con las veintiún curvas del Alpe d’Huez. Fueron días felices porque ahora nos empeñamos en recordarlos felices, fueron también días jodidos, solitarios, pero felices digo, como los de cualquier niño cuando se empeña en inventarlos un adulto. Las ficciones son libres, libertarias cuando conviene. Fueron días en que hasta López podía ser Superlópez.

Canicas, pinzas y porteros

¿Y cómo se jugaba a las chapas? Unas veces en compañía, muchas de ellas solo. En el salón de casa, sobre la alfombra del comedor para reproducir la textura del césped de Las Gaunas y El Plantío. Índice o medio sobre el pulgar y de ahí el consabido efecto palanca, hasta Doppler si se quiere, con el permiso de Feynman y Marcel Proust. Mano y tiro libre cuando la canica caía dentro de la chapa. Es así como digo que fue. Tenía práctica con ello, no se puede negar. Muchas horas de entreno y otras tantas de obsesión. Por aquellos años mandaba el 4-4-2, amarrateguis condenables quienes recurrían al 5-3-2. Dibujo en rombo con 5 y 10 en línea, visión cenital sobre el terreno de juego de las chapas como la que años más tarde nos entregaría un dron. Éramos dioses y así se lo hacíamos saber a nuestros jugadores. A pesar de todo, juro que un extraño rigor escolástico me hacía ser ecuánime. Juro ahora, con una mezcla de estupor y patética vanidad, que mi equipo nunca ganó el campeonato que yo mismo organizaba.

Recuerdo cuando mi madre cosió a ganchillo la red de las porterías. Mi abuela, desde el sofá, la miraba y remendaba. Dos pinzas de la ropa eran los palos y un lápiz Alpino el travesaño, a veces, todo hay que decirlo, se mantenían en un frágil equilibrio como las gafas de pasta de Luis Aragonés. La red quedaba perfectamente enganchada aunque, dependiendo de la fuerza del disparo, en ocasiones la canica la volteaba sin remedio. Por cierto, canicas del tamaño reglamentario, ni muy pesadas ni muy ligeras, con algo más de peso que un Jabulani pero, lo sabemos bien, menos que un Mikasa. Las chapas de los porteros había que doblarlas por debajo para que pudieran mantenerse en pie. Unos se sostenían sin problemas, rigurosa verticalidad la de Zubizarreta o Pedro Jaro. Pero, no me digan por qué, y les aseguro que intenté ponerle remedio, la chapa de Cedrún era tan inestable como su sinuoso peinado llevado por el cierzo de La Romareda. 

Por aquellos años ganaron el Sevilla, el Tenerife o la Real Sociedad. Les vuelvo a asegurar que mi equipo no llegaba ni a puestos de UEFA. Guardo memoria de todo aquello en tablas donde escribía cada uno de los resultados, con la lista de goleadores y también con el trofeo Zamora. Sanción de un partido por la acumulación de cinco manos y cinco tarjetas. Hoy en día me demoro en aquellos resultados como en una extraña e íntima cartografía. Era un fútbol en miniatura que me regaló un camarero de camisa blanca en un bar con churros fríos de la mañana. Sentado en la alfombra de casa, de fondo la melodía de Oliver y Benji, había una épica de lo cotidiano en aquel juego metódico y pertinaz. Ya no sé si recuerdo a Villarroya o al tapón de Fanta que lo cobijaba, ya no puedo saber si fue primero Olías o la Cruzcampo, ni me pregunten cómo llegué a conseguir una chapa de Sagres para Carlos Xavier. El caso es que jugué a las chapas, lo confieso y lo sigo recordando. Algunas cosas han cambiado, otras no tanto. El fútbol, a día de hoy, sigue siendo para mí espejo, símbolo, memoria, relato y cerveza.