Está entrevista está extraída del interior del #Panenka05, un número que puedes conseguir aquí.


Explica este escritor (Barcelona, 1948) que en 2008, cuando estaba gravemente enfermo en un hospital, se vio a sí mismo en un pub de Dublín, llorando, abrazado a su esposa, desesperanzado tras haber vuelto a beber. El sueño le impulsó a escribir Dublinesca, un libro donde, como ocurre a menudo con el barcelonés, se funden obra y autor, ficción y retazos autobiográficos. Nada extraño pues sus encuentros con futbolistas, pintores y escritores darían para más de una novela. Más aún con esa forma tan particular de contar las cosas, entre la comicidad del chascarrillo y la hondura de la cita literaria, que trazan la figura de un soñador empedernido, seguramente muy a su pesar. “Con el fútbol, como me ocurre con otras pasiones, hay épocas de desencanto, pero siempre ha vuelto a mi vida”.


 

Mis primeros recuerdos ligados al fútbol son de cuando vivía con mis padres en una casa de la calle Rosselló. Había un patio muy grande y daba por hecho que yo era los dos equipos, 11 contra 11. Me organizaba el partido de fútbol mentalmente, atacaba con un equipo primero y luego con el otro. Así que desarrollé un buen toque de balón pero no sabía driblar a nadie. Ahora, cuando oigo una conversación de dos personas inteligentes, en la que una contradice a la otra, estoy de acuerdo con las dos. No tengo ideas fijas salvo en cosas muy concretas. Esto no significa que en fútbol sea totalmente del Barça y nada en absoluto del Real Madrid. Una vez dije que tenía sentido del humor en todo menos en el fútbol.

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Fui del Espanyol a los cinco o seis años durante algunas semanas, porque el cuñado de mi madre era ‘perico’ y entonces yo era muy maleable. Pero hubo una reunión familiar de urgencia con los hermanos de mi madre, y en una semana fui devuelto al lugar que me correspondía. Me hicieron socio del Barcelona, coincidiendo con la inauguración del Camp Nou.

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Me identificaba con Cruyff. Recuerdo una vez que tenía un marcaje severísimo de Camacho. Estaba pegado en el marcaje hombre a hombre y hubo un momento que Cruyff salió del campo, como si fuera a buscar la pelota que había salido, pero se marchó mucho más lejos. Se fue hacía el córner y seguía y seguía hacía el público… y Camacho también salió fuera del campo y seguía pegado. Era el colmo, se reían de Camacho. Un cachondeo.

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A mí el fútbol me sirve mucho de descanso, como compensación a la seriedad y me va bien para relajarme. Escribir de fútbol es una experiencia fantástica porque me permite desmentir que sea una persona obsesionada por la literatura, cosa que yo mismo me he buscado. Me ha permitido dar una imagen de una persona que desciende a la tierra.

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Me gusta mucho que no se sepa lo que piensa Messi. Me recuerda mucho a Miró, que conocí a través de su nieto. Era un hombre que todo el día estaba pintando. Gente que hacía aquello que era lo suyo. Sobre Miró, recuerdo que la directiva de Laporta tenía un cuadro inédito suyo en un despacho y me invitó al Camp Nou con sus nietos. Cuando me tocó darle la mano a Laporta me dijo: “¿Y tú quién eres?”. No me conocía en absoluto. Yo le contesté: “Otro nieto del Miró”.

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Me interesan los planteamientos tácticos porque se parecen mucho a la escritura de una novela. Como alguien resuelve los problemas para continuar con aquello que escribe. Hay días en los que una novela va mal y has de resolver técnicamente algo. Lo comparo con un entrenador que ve que algo va mal y lo tiene que resolver sobre la marcha. Por ejemplo, me han dicho que Del Bosque, que es un hombre magnífico, es un entrenador que tiene fama de no tener ningún planteamiento táctico. Me han dicho jugadores que es un hombre que a la media parte decía: “Muy bien señores, seguid así”.

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Un verano conocí a una hija de Kubala, y a las hijas de Di Stefano en un guateque cuando tenía 15 años. La hija de Kubala se arrimaba y todos queríamos bailar con ella, porque las demás no lo hacían, pero ella sí porque venía de Hungría. Luego me han dicho: “¿Pero qué hija de Kubala? Si Kubala tiene hijos…” Pero salvo que me engañaran era una hija que tuvo con otro matrimonio.

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Una vez, iba con un amigo, y vi por Las Ramblas a un ex jugador del Barça y del Espanyol, Isidre Flotats. Y pensé: “¡Ostras Flotats, Flotats!” Hará unos diez o 15 años y, llevados por la emoción, le dijimos: “Flotats, eres Flotats, ¿no?” y claro él nos respondió: “Sí, sí, soy Flotats”. Y me dijo a mí: “Por edad no tendrías ni que conocerme, me asombra que me conozcas”. Entonces, aún con mayor entusiasmo, le pregunté: “¿Y a dónde vas? ¿Qué haces?” Me miró y me dijo: “Me voy de putas, ¿pasa algo?”. A Juan Marsé le gusta mucho esta anécdota porque ahora los jugadores van con BMW, tienen fans y este era un tío natural, sencillo, que se iba de putas y quería que lo dejaran tranquilo.

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En la Feria del Libro de Valencia, Zubizarreta me reconoció y me dijo que estaba leyendo Los Exploradores del Abismo. Me comentó que todos los porteros tienen algo de eso, una cosa que nunca había pensado. Entendí que si eres portero avanzan hacia ti Romário, Ronaldo, Messi y Villa y te conviertes en un explorador del abismo.

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Me dijeron que a Guardiola le interesaban mis libros y coincidimos en un bar. Él quería hablar de literatura y yo saber todo el rato cosas del vestuario. Otro día volvió y llegó con Figo, que tuvo un éxito tremendo con las mujeres. Y luego también compartimos una cena en el Puerto Olímpico. En la cena me preguntó: “¿Y cómo es la vida en Paris?”. Era justo cuando estaba a punto de irse del Barça y se planteaba vivir en otros sitios.

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Cuando el famoso 2-6, estaba en un restaurante de Nueva York con Paul Auster. Allí eran las tres de la tarde y me informaron de la noticia por móvil. Tuve el impulso normal de compartir mi alegría con un amigo y entonces choqué con la ignorancia absoluta de Paul con el fútbol. Además no conocía la rivalidad, así que terminó hablando de béisbol.

 


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