Miradas

Un día normal en la Premier

Southampton tenía algo extraño para ser Inglaterra: los domingos hacía sol. No siempre, claro. Pero lo suficiente como para que pareciera un pacto entre la ciudad y el cielo. Allí el Sunday tenía sentido.

La ciudad vivía gracias a la universidad, pero el verdadero orgullo era el Southampton Football Club. The Saints. El equipo. La religión local. Y yo, con 19 años, formaba parte de aquello. O algo parecido a formar parte.

Porque una cosa es pertenecer a la Premier League y otra muy distinta sentirse dentro de ella.

No existían redes sociales. No había stories enseñando el gimnasio, ni vídeos de rutinas, ni futbolistas grabándose mientras desayunaban aguacate con sal rosa. El fútbol todavía tenía zonas oscuras. Horas muertas. Silencios.

Mi día empezaba temprano. Casi siempre sin desayunar. Como mucho una pieza de fruta. Me levantaba, me duchaba y encendía el ordenador. No necesariamente en ese orden. Ponía la Cadena SER por Internet. Dos veces por semana incluso me desviaba hasta el centro para comprar periódicos españoles del día anterior. El Marca y El País del día anterior. Me daba igual que estuvieran desactualizados. Necesitaba leer algo escrito desde casa.

Cuando vives fuera, cualquier tontería se convierte en patria.

 

Me sentaba entre Matt Le Tissier y Jo Tessem. Delante tenía a Agustín Delgado, Kleber Chala y Francis Benali. Matt siempre me saludaba igual

 

Salía pronto hacia el entrenamiento. No podía permitirme llegar tarde. Mi inglés era demasiado pobre como para improvisar excusas convincentes. Con 19 años, en un vestuario de Premier League, uno aprende rápido que llegar pronto también es una forma de protegerse.

Conducía un Chrysler Neon que impresioba cuando lo compré, pero en Southampton era casi una bicicleta. El coche más humilde del parking con diferencia. Alrededor había Ferraris, Bentleys y Porsches. James Beattie solía adelantarme con el suyo por la carretera de dos carriles, uno para casa sentido. Yo le veía pasar y pensaba que aquello también era fútbol: unos acelerando y otros intentando no ponerme en el carril derecho.

Llegaba sobre las nueve, aunque el entreno empezara a las diez. Nadie me lo había pedido, pero entendí rápido que en Inglaterra la puntualidad no se negocia.

Primero iba al dining room. Té y tostadas. Siempre lo mismo. Yo había crecido desayunando Colacao, pero allí descubrí que los ingleses beben té como quien respira. Hasta los niños. Sky Sports en la tele sonaba permanentemente de fondo. Como Telecinco en un bar español.

Después llegaba al vestuario. Ahí empezaba el verdadero entrenamiento cultural.

Nada de conversaciones profundas sobre Shakespeare ni sobre la lluvia inglesa. Todo eran bromas. Bromas pesadas, bromas absurdas y bromas constantes. A veces me hacían preparar una jarra de té para todos y luego puntuaban cómo lo había hecho. Ni siquiera me había puesto las botas y ya estaba siendo evaluado.

Era su manera de recordarme que seguía siendo el chaval joven. El extranjero. El nuevo.

Me sentaba entre Matt Le Tissier y Jo Tessem. Delante tenía a Agustín Delgado, Kleber Chala y Francis Benali. Matt siempre me saludaba igual.

Good morning lad, how you doing?

Y yo respondía lo mejor que podía:

Good morning Matt, I’m fine thanks.

Jacinto Elá

Una conversación sencilla puede convertirse en una victoria cuando todavía piensas en el verbo antes de decir la frase.

Jo Tessem y Anders Svensson intentaban hablar español conmigo. Creo que entre extranjeros nos reconocíamos rápido. Había cierta solidaridad silenciosa. Dan Petrescu, en cambio, directamente hablaba español todo el tiempo. Un fenómeno.

Después del entreno llegaba la comida. Algunos jugadores apenas picaban algo y desaparecían. Yo casi siempre me quedaba. Me gustaba el comedor. Había ruido, conversaciones, bandejas golpeando mesas y una sensación extraña de normalidad.

El cocinero me trataba con cariño. No me veía como futbolista. Me veía como a un chico joven viviendo lejos de casa. Y probablemente tenía razón.

Comía jacket potato casi cada día. Patata asada con mantequilla, queso y cualquier relleno posible. En aquella época nadie hablaba de inflamación, gluten ni porcentajes de grasa corporal. El fútbol todavía convivía tranquilamente con la mantequilla.

Por la tarde, si no tenía que ir al banco o hacer alguna gestión, me iba con el Tin Delgado y Kleber Chala al West Quay. Al Costa Coffee. Había sofás cómodos y nadie te molestaba aunque pasaras allí media tarde. A veces se unían amigos ingleses y el tiempo simplemente desaparecía.

 

Nada de conversaciones profundas sobre Shakespeare ni sobre la lluvia inglesa. Todo eran bromas. Bromas pesadas, bromas absurdas y bromas constantes. A veces me hacían preparar una jarra de té y luego la puntuaban

 

Me gustaba entrar en HMV a comprar películas y DVDs. También era socio de un videoclub. Consumía películas españolas como quien intenta llenar un piso demasiado silencioso.

Durante las primeras semanas vino una profesora de inglés a casa. Pero no funcionó. Aprendía más pidiendo cafés, equivocándome en supermercados o intentando entender bromas en el vestuario que sentado delante de unos apuntes.

La supervivencia fue mi verdadera academia.

Sobre las cinco y media ya era de noche. Inglaterra tiene esa capacidad de apagar el día demasiado pronto. Volvía a casa, me conectaba al Messenger y buscaba a alguien conocido. Cualquiera. A veces pasaba mucho tiempo en la cocina leyendo recetas antes de preparar la cena.

Cuando hacía demasiado frío me quedaba leyendo o jugando al GTA 3. El primer libro que terminé en inglés fue A Child Called It, de Dave Pelzer. Me costó muchísimo acabarlo, pero cuando cerré la última página sentí orgullo. No orgullo futbolístico. Orgullo real.

A las nueve de la noche el día prácticamente había terminado. Ya había cenado, me había duchado y apenas quedaba nada por hacer.

Si no hubiera existido la PlayStation, no sé cómo habría soportado tantas horas vacías.

Eso era un día normal en la Premier League.

Las noches… las noches eran otra historia.

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Jacinto Elá

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Jacinto Elá
Etiquetas: Liga inglesaportada

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