El hombre

Ferenc Puskás fue uno de los mejores jugadores del siglo pasado y el goleador internacional más prolífico de todos los tiempos. Hay quien piensa, quizá sobre todo en Hungría, que fue el mejor jugador del mundo. Pero, sea cual sea el lugar que ocupe Puskás en la jerarquía del fútbol, no cabe duda de que estaría en el mismo nivel que Pelé, Di Stéfano, Best, Cruyff, Maradona y el resto de los dioses de este deporte.

Por eso no deja de sorprender que, aparte de una autobiografía redactada en parte por un escritor en la sombra, Captain of Hungary (Cassell, Londres, 1955), no exista un relato completo de la vida de Puskás. Algo que resulta todavía más extraño cuando se conocen sus extraordinarias vivencias, en unos tiempos muy difíciles. Nadie en el panteón del fútbol tiene una historia como la suya.

Como jugador llevó dos vidas diferentes, consecutivas e impresionantes; cualquiera de ellas habría bastado para concederle un puesto en la élite futbolística. La primera, como capitán del Kispest-Honvéd y de la selección de Hungría, que finalizó tras su negativa a regresar a Budapest después de la revolución de octubre de 1956, aplastada por los tanques soviéticos a los pocos días de producirse. De la primavera de 1950 a febrero de 1956, la selección húngara liderada por Puskás solo perdió un partido: la final del Mundial de 1954. Había ganado 0-3 a Italia en Roma, 3-6 a Inglaterra en Wembley (7-1 en Budapest), 4-2 a Uruguay y Brasil, y 8-3 a Alemania. Las innovaciones tácticas que demostraron los húngaros en este tiempo se tradujeron en la adopción del sistema 4-2-4 (que entrenadores húngaros como Béla Guttmann llevaron a Brasil) y la fluidez posicional que se inculcó a los jugadores derivó en el moderno prototipo del «fútbol total».

En octubre de 1956, Puskás tenía casi treinta años y parecía que lo mejor aún estaba por llegar. Su negativa a regresar a su país después de la revolución le deparó un año de suspensión por parte de la Federación Húngara de Fútbol, que la FIFA convirtió en la prohibición de jugar en cualquier país del mundo durante dieciocho meses. Mucho después de que el Barcelona fichara a sus compañeros desertores Czibor y Kocsis, Puskás languidecía en Italia. No podía jugar ni entrenar en ningún campo profesional. Se deprimió, ganó peso, su carrera estaba acabada. ¿Qué pasó después? Puskás cumplió la sanción, lo fichó el Real Madrid en su mejor momento y jugó durante casi una década en España, donde ganó cinco campeonatos de liga.

Podría parecer la vida de cualquier gran futbolista, pero, a lo largo de veintitrés años de carrera, Puskás solo jugó en tres equipos: Kispest-Honvéd, Hungría y Real Madrid (sin contar las cuatro veces que jugó con la selección española). Durante el tiempo que estuvo en ellos, estos equipos tuvieron la mejor alineación del mundo. A pesar de que pasó prácticamente toda su vida en los niveles más altos del fútbol, nunca lo compraron ni lo vendieron. En la primera mitad de la década de los cincuenta, en la selección húngara, lideró el desarrollo de la riqueza táctica, técnica e imaginativa que supuso la virtual reinvención del fútbol.

 

Su negativa a regresar a su país después de la revolución le deparó un año de suspensión por parte de la Federación Húngara de Fútbol, que la FIFA convirtió en la prohibición de jugar en cualquier país del mundo durante dieciocho meses

 

Puskás fue extraordinariamente prolífico. Marcó más de doscientos cincuenta goles de liga en cada uno de los dos clubes en los que jugó y su récord en Europa (83 goles en 84 partidos con la selección húngara, y 35 en 37 partidos de competiciones europeas con el Real Madrid) hace que (utilizando ejemplos británicos) Bobby Charlton e Ian Rush parezcan unos segundones. Incluso Pelé solo fue capaz de marcar 76 goles para Brasil en una carrera en la que jugó cuatro Mundiales (de los que su equipo ganó tres). Sin embargo, Puskás —que jugó en la selección húngara, pero solo en un Mundial (y apenas tres partidos debido a una lesión) y abandonó su selección prematuramente a los veintisiete años— sigue poseyendo el récord de mayor goleador de todos los tiempos. Lo más probable es que no se supere nunca.

Para rematar esa trayectoria, Puskás jugó en dos de los partidos de fútbol más importantes (y de una gran belleza) de los tiempos modernos: Inglaterra contra Hungría en Wembley en 1953, y Real Madrid contra Eintracht de Fráncfort en Hampden Park en 1960. Sin duda, suficiente como para colmar, cuando menos, dos vidas.

Los tiempos

Durante la primera de sus vidas futbolísticas, Puskás se vio envuelto en algunos de los momentos más dramáticos y turbulentos de la historia de Hungría. En 1943, a los dieciséis años, comenzó su carrera profesional en el club de fútbol Kispest, en la Budapest apenas afectada por la guerra, a pesar de la alianza del Gobierno húngaro con la Alemania nazi. En seis años fue testigo del sangriento fin de la guerra (cuando durante dos meses los rusos combatieron con los alemanes calle por calle en la capital), la liberación de su país y el breve florecimiento de la democracia, seguido de un reinado de siete años de uno de los regímenes más rigurosamente estalinistas de Europa del Este. Hasta la Revolución húngara de 1956, e incluso después, se utilizó toda la parafernalia de armas de la tiranía: encarcelamientos en masa, deportaciones, campos de trabajos forzados, juicios farsa, torturas, ejecuciones sumarias…

A pesar de todo, en esa sociedad atrozmente restrictiva brotó una milagrosa libertad. En un campo de hierba, los jugadores y los entrenadores de la selección de fútbol húngara redefinieron el deporte que los británicos habían reglamentado hacía casi medio siglo. Con un núcleo central de media docena de jugadores dotados de un extraordinario talento y una ingeniosa táctica —Grosics, Hidegkuti, Bozsik, Czibor y Puskás— se formó un equipo prácticamente invencible que viajó por todo el mundo durante seis años para disputar competiciones internacionales. Tom Finney todavía lo califica como «el mejor equipo de fútbol» que ha conocido y, para muchos, sigue siendo la mejor selección nacional que haya practicado este deporte. En la actualidad en Hungría aún se les conoce como el Equipo Dorado.

Puskás era el chico de oro de aquel equipo, aunque a veces no lo pareciera. Era bajo y rechoncho (le gustaba demasiado comer), prácticamente solo utilizaba una pierna y en contadas ocasiones se dignaba cabecear. Pero su intensidad cuando movía el balón, su incomparable pierna izquierda, su potente disparo y su enorme inteligencia táctica conseguían que su juego resplandeciera como las estrellas.

La política

Cuando Puskás y el resto de los jugadores (como su reservado amigo de la infancia en Kispest, el centrocampista József Bozsik) se convirtieron en un equipo invencible, el régimen político húngaro intuyó que podría ser un gran instrumento de propaganda para el socialismo. De 1950 a 1954 se organizaron desfiles de la imbatida selección nacional con ocasión de las grandes celebraciones estatales o en las reuniones del partido, como prueba del éxito del sistema húngaro. Puskás (el niño pobre de Kispest) era la prueba evidente del genio latente en el proletariado, un genio que se expresaba gracias al socialismo. Era un diamante ejemplar (en bruto, también) que brillaba entre las masas a las que apenas se tenía en consideración.

Durante unos años, en el cénit de esa modélica sociedad estalinista, Puskás (posiblemente solo él, aparte de los círculos políticos más elevados) fue casi intocable. De hecho, dada la cantidad de juicios farsa que amenazaban incluso a los principales cargos políticos húngaros, el capitán de la selección nacional disfrutó de más seguridad personal que muchas de las personas más poderosas que dirigían el país. Sin embargo, aunque Puskás fuera el chico de oro del régimen comunista, por irónico que parezca también era el preferido de los aspirantes a empresarios y los avispados capitalistas, que lo consideraban un tipo listo que pasaba de contrabando más medias y relojes que nadie cuando el victorioso equipo regresaba de sus viajes por el extranjero, gracias a la aquiescencia de los agentes de aduanas de las fronteras húngaras.

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Puskás se dio cuenta enseguida, y aprovechó esa posición única. Parece que desde su niñez poseyó unas notables astucia e inteligencia, así como una vena díscola y espontánea, consentida (quizá demasiado) en el terreno de juego por una serie de entrenadores y preparadores, incluido su padre, a los que seguramente asombraba su talento y seguridad en sí mismo. Incluso cuando tenía dieciséis años solía ser el que más gritaba en el parque para dar instrucciones o criticar a jugadores mucho mayores que él. Algunos protestaban ante aquel escandaloso descaro, pero sabía desenvolverse en el terreno de juego y se convirtió en un excelente jugador. Así pues, ¿quién iba a discutir con él?

A Puskás lo agasajaron hombres poderosos del régimen, pero también fue el preferido de los desposeídos y los desamparados. En Hungría se le conocía cariñosamente (y se le sigue conociendo) con su apodo de infancia «Öcsi», que significa «hermano pequeño». Pero fue su inculta, irreverente e indoblegable actitud hacia los poderosos lo que le alojó en el corazón de los pobres y los necesitados. De entrada, Puskás lo podía «arreglar» prácticamente todo, por los contactos que tenía, y ayudó a mucha gente que se lo pidió.

A menudo, circulaban comentarios por Budapest sobre la falta de respeto de Puskás a la autoridad, algo que le granjeó cierta fama. Daba tirones de orejas a los poderosos, muchos de los cuales le admiraban a pesar de su rebeldía. Uno de los jugadores que estuvo con él en la selección nacional recuerda que Puskás le tomó el pelo a uno de los políticos más temidos de aquellos tiempos, Mihály Farkas, ministro de Defensa y extraoficialmente jefe de la odiada policía secreta, la AVH. Un día Farkas fue a ver al equipo a las prestigiosas instalaciones militares de la isla Margarita con un uniforme completamente blanco. Puskás se echó a reír al verlo y le dijo al hombre cuyo hijo era uno de los principales torturadores del régimen: «Creía que por fin había llegado el chico de los helados». Todos los presentes se quedaron callados esperando la reacción de Farkas. ¿Podía Puskás salir bien parado de aquello?

 

A Puskás lo agasajaron hombres poderosos del régimen, pero también fue el preferido de los desposeídos y los desamparados

 

Pero ¿qué iba a hacer Farkas? La selección nacional de Puskás no solo arrasaba en el terreno de juego, sino que lo hacía con estilo y, para los concienciados políticamente, lo hacía con una pureza ideológica inestimable para el régimen. En algunos círculos (y no solo en Hungría o en el bloque soviético), las innovaciones tácticas que aportaron los húngaros se consideraban una metáfora política. Era el fútbol «socialista» jugado por un equipo de talla mundial y liderado por un genio de la clase trabajadora. Incluso Puskás (una persona absolutamente apolítica y sin ideología) utilizaba frases como «compartir el trabajo de forma igualitaria», para describir los elementos de la reorganización táctica del equipo que formaban parte de su «revolución» futbolística. Por supuesto, había muy pocos jugadores que lo entendieran como un juego político (aunque eran conscientes de la credibilidad política que su éxito confería al régimen). Pero un hombre sí que reconoció la dimensión ideológica de aquellas innovaciones tácticas: Gusztav Sebes, el entrenador de la selección nacional húngara durante su época más gloriosa, que además contribuyó enormemente a aquellas innovaciones.

El entrenador

Sebes era un «buen comunista», con un excelente historial que incluía la organización de los obreros de la Renault de París en la década de los treinta. Cuando, después de la guerra se convirtió en el entrenador de la selección nacional de Hungría, vio enseguida las ventajas que un sistema de administración centralizado con mando y control podía aportar al fútbol (por supuesto, era el modelo que se utilizaba en el fútbol soviético). Por ejemplo, Sebes podía elegir a prácticamente toda la selección en un solo club y a la mayoría de sus reservas en otro, y utilizar el mismo sistema táctico semana tras semana. Al gozar de la confianza de la mayoría de los políticos poderosos, podía preparar partidos internacionales organizando encuentros especiales contra otros clubes, tal como hizo antes del famoso partido contra Inglaterra en Wembley en 1953.

Sebes experimentaba a menudo con los jugadores internacionales (y con sus tácticas) en relajados partidos entre semana fuera de la capital. Incluso podía reclutar a todos los jugadores jóvenes que quisiera en su club matriz, el Kispest, que pronto se denominaría Honvéd, «defensores de la patria», y representaría al ejército húngaro. En teoría, todos los jugadores del club pertenecían al Ejército, por lo que oficialmente eran amateurs, aunque vivían y entrenaban como profesionales. Sin embargo, a pesar de todo su poder, Sebes era lo suficientemente listo para no imponer un rígido sistema táctico a esos excelentes jugadores y prefirió favorecer un ambiente que permitiera la mayor libertad posible del talento individual. A pesar de todo, el conjunto era indudablemente un equipo. La revolución húngara y sus secuelas disgregaron el Equipo Dorado que había formado Sebes; a partir de 1956, tres de sus jugadores clave, Kocsis, Czibor y Puskás, no volvieron a jugar en su selección nacional (aunque Puskás fue internacional en cuatro ocasiones con España en el Mundial de 1962). Cuando llegó a Madrid en 1958, con doce kilos de más y mediada la treintena, Puskás representaba una arriesgada apuesta para el presidente del Real Madrid, Santiago Bernabéu. Pero aún era más impredecible la posible reacción de la estrella y el mayor goleador del club, el argentino Alfredo di Stéfano, para muchos el mejor delantero centro del mundo entonces (y candidato al mejor de todos los tiempos), capaz de conseguir que se despidiera a toda estrella con la que no se llevara bien, tal como descubrió el extraordinario jugador brasileño Didí, muy a su pesar. Durante ese periodo crucial de su vida, los doce primeros meses en el Real Madrid en la temporada 1958-59, Puskás recurrió a toda su determinación y disciplina (a menudo infravaloradas por las personas que no lo conocían bien), algo que en el futuro sería fundamental para ayudarle a triunfar en circunstancias difíciles y hostiles.

El desafío

Cuando los aficionados del Real Madrid (y probablemente algunos compañeros de equipo) vieron la barriga y la aparente falta de ritmo de Puskás, se burlaron de él. El entrenador, Carniglia, tampoco lo quería en sus filas. Pero Puskás perdió el peso que le sobraba en pocos meses y enseguida empezó a marcar tantos goles como el propio Di Stéfano. Cuando la primera temporada en España llegaba a su clímax, los dos estaban a la par como máximos goleadores en la primera división. Pero Puskás fue lo bastante listo para saber que necesitaba la amistad y el apoyo del temperamental argentino. Hacia el final del último partido de la temporada, cedió un balón a Di Stéfano para que marcara, en vez de hacerlo él.

La estrecha relación que Puskás continuó forjando con Di Stéfano permitió que el Real Madrid consiguiera una serie de campeonatos y alcanzara una mayor gloria en la Copa de Europa. Puskás se jubiló en 1967 y comenzó su carrera como entrenador que lo llevaría de Paraguay a Australia, con muchas etapas de por medio, aunque ninguna de ellas en Hungría. Estuvo exiliado durante casi un cuarto de siglo; un exilio principalmente autoimpuesto hacia el final, que quizá reflejaba los dolorosos recuerdos de cómo lo trataron en Budapest cuando Hungría no consiguió ganar el Mundial de 1954 y de la sanción que le impuso la Federación Húngara de Fútbol en 1956. No volvió a su país (ni siquiera lo hizo para acudir al entierro de su buen amigo Bozsik) hasta pasados veinticinco años de su partida. E incluso entonces, en 1981, hizo falta que un grupo de personas muy especial, que incluía a Sebes, Erzebet (la mujer de Puskás), algunos políticos y un famoso director de cine húngaro, lo convencieran de que regresara a Hungría para formar parte de una reunión del Equipo Dorado y participar en una película sobre ellos. A su regreso se le recibió como a un héroe nacional perdido hacía mucho tiempo, aunque aún tardó otros once años en volver a establecerse en Budapest.