La expedición comienza temprano. Las condiciones climáticas se presentan favorables, nada de viento y el horizonte despejado. Me pongo una camiseta de Maradona que en su cuello asegura ser, con absoluta honestidad, una copia no certificada. Emprendo el viaje con la determinación de quien desconoce el propósito de su aventura. El primer paso es siempre el más complicado. Se requiere mucha osadía para franquear el abismo que separa el colchón del suelo. Abajo, me esperan unas botas Puma clásicas, negras, parecidas a las de Johan en el Mundial del 74. Salto al suelo y, por primera vez en esta travesía, pierdo la protección de mi cama.

Estoy de pie mientras observo, con rigor de antropólogo, los fetiches que engalanan esta habitación. Una camiseta del Deportivo Garcilaso de Cuzco, un póster con el golpeo de Koeman en Wembley, el bote con las chapas que me acompañaron en la infancia. Quiero emprender la marcha pero algo me agarra del pie. ¿Será un trozo de pizza de la noche anterior, será Piqué que no suelta la camiseta de Iñaki Williams, será Pepe que no deja de ensañarse con Casquero? Quiero continuar, proseguir con la ruta, pero mi paso por la alfombra es pesado, lento, torpe. Siento que estoy caminando por el césped de Atocha en los 80, por el de Los Cármenes en los 70, por cualquier campo inglés antes de que existiera la pulidísima Premier. Levantarse estos días es cargar en los pies con todo el barro de Las Gaunas.

Lo primero es lo primero. Encaminarse al baño no es una tarea fácil. Los peligros se presentan en cualquier parte. Un golpe imprevisto con el saliente de la cama puede doler tanto como una patada de Pablo Alfaro. Cada mañana el canto del escritorio me saluda con la mirada homicida de Vinnie Jones. Mis zapatillas regadas por el suelo amenazan con partirme el tobillo tal que Míchel Salgado a Juninho. Sin embargo, tengo que seguir adelante. Toca esquivar nuevas amenazas como esta lámpara, cada día más baja, que se lanza sobre mí igual que los coreanos contra Italia en el Mundial del 66. Por fin, con impensada bravura, logro franquear la puerta del baño.

Hago primero lo que tengo que hacer y luego me lavo las manos. Lo hago bien, con denuedo. Así como recomiendan que hay que hacerlo. Sigo el ejemplo de Guruceta, de Brito Arceo, de Al-Ghandour, de Ovrebo, de Aytekin, de Viktor Kassai y de tantos otros que saben cómo, llegado el caso, hay que lavarse las manos. Si lo hiciera como Havelange o Blatter probablemente terminaría robando mi propia piel. En el espejo me observan estadios vacíos, gradas desoladas, legañas que se acumulan y van cayendo como si fueran el arco del viejo San Mamés.

 

Tengo un De Jong en mi pecho a cada instante. Hay pensamientos obsesivos que se aferran más que Gentile a Maradona. Algunos días quiero darme de cabezazos contra la pared. Pero camino, sigo caminando

 

Es difícil acostumbrase a esta soledad de la aventura. Dando lo mejor de mí, subo la persiana para que entre algo de luz. Sin embargo el aire es denso, cargante, me siento tan apretado como un central en la España de Clemente: Camarasa, Hierro, Alkorta, Nadal, Abelardo y seguro que alguno otro por ahí. ¿Qué se hizo de la distancia de seguridad? Desde la estantería me llaman algunos libros. Ahí está el de Xavier de Maistre, pero también la guía Marca del 96 con la rubicunda efigie de Félix del Extremadura. Los peligros en la estantería son múltiples, tengo que evitarlos. Puedo caer en un álbum de cromos del Mundial 86, la mascota se llamaba Pique, y no regresar jamás de entre sus páginas. Me amenazan, estériles, los VHS con los mejores goles de Romário que no hay forma de reproducir.

No tengo un mapa a mano, tocará orientarse a tientas. Divisada desde el escritorio, la cama se antoja ya casi de otro mundo. Un balón Mikasa tras la papelera me hace evocar aquellos balonazos que entraban por el estómago y salían por la rabadilla. Quiero jugar con él, intento un toque, dos, pero pienso que, llevando esta camiseta, puedo probar con una bola de papel. Agarro una de la papelera con la resolución de Obdulio Varela en Maracaná tras el gol de los brasileños. Siento también el silencio a mi alrededor. Un toque, dos toques, tres toques, y hasta ahí me llegó. Estoy agotado, frágil. No lo quiero volver a probar, no quiero ser David Luiz en el Mineirão. La vida del explorador es ciertamente desagradecida.

Cada nuevo paso me deja exhausto. Tengo un De Jong en mi pecho a cada instante. Hay pensamientos obsesivos que se aferran más que Gentile a Maradona. Algunos días quiero darme de cabezazos contra la pared. Pero camino, sigo caminando. Y busco nuevos estadios, nuevas ligas, partidos que en la memoria permanecen con un sentimiento de orgía perpetua y que, al revisitarlos, me exasperan. Y viceversa. Tumbado en mi cama, he visto goles que jamás pensé que vería. He visto a Gattuso mejorar la folha seca de Didí, a Gascoigne volar más alto que Cristiano, he visto a Galiamin, Arteche y Zigmantovich sin bigote. Todo lo he visto en esta habitación en la que, por un tiempo, seguiré de viaje.

La ruta será larga y difícil, lo sé. Extraño el fútbol como extraño tantas otras cosas. Me siento en el escritorio y vuelvo a ver la pantalla donde estos días se concentra nuestro nuevo mundo plano. Y pienso que el fútbol será otra vez rutina, ese ritual que nos concede la calma como también lo hace el cuento repetido al niño que está a punto de dormir. Sigo aquí, miro a través de la ventana. Fuera de esta habitación, el dolor permanece. La derrota es esto. Aquí las comparaciones no me valen, no me sirven. El dolor está ahí fuera y seguiremos luchando contra él. Venceremos, estoy seguro, y será pronto. Contra toda lógica, contra toda razón, dejadme la imaginación, dejadme la esperanza.

 


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