Pasan los años y se acaban las modas, los curros, los amores. Lo que no se acaba nunca son los Mundiales. El Mundial siempre vuelve. Con una puntualidad espantosa, además, cada cuatro temporadas, ajeno a nuestras rutinas y a nuestros estados emocionales. En una ocasión, después de la muerte de un prodigioso jugador y una pésima persona, apareció una pancarta anónima en una grada: “No importa lo que hiciste con tu vida, importa lo que hiciste con la mía”. La Copa del Mundo produce un efecto parecido. Lo relevante no es que Croacia la rompiera en el 98, que España perdiera contra Corea en el 2002, que Klose fuera el máximo goleador en el 2006 o que Uruguay alcanzara las semifinales en el 2010; lo trascendente es quiénes éramos nosotros mientras todo eso sucedía, de qué manera el torneo nos permite reencontrarnos con esos individuos que un día fuimos y ordenar nuestro pasado, como si los Mundiales fueran esas páginas de los libros que doblamos por la punta para recordar por dónde íbamos. Ser aficionado al fútbol, para algunos, ya es un contorsionismo casi imposible, con la pureza del juego desvaneciéndose en manos de empresarios avariciosos y presidentes belicistas. Pero si nos seguimos aferrando a él es por lo mucho que nos cuenta acerca de nosotros mismos. El Mundial es un cajón lleno de recuerdos que abrimos para viajar en el tiempo. Dejar que nos lo arrebaten sería como prescindir de una parte de lo que somos. Con la memoria no se juega. Tiene que ser compatible una mirada consciente y crítica sobre todo lo que ocurre alrededor del césped con el placer de enamorarse perdidamente de un mediocentro japonés después de que haga el partido de su vida contra Países Bajos. Si no, estaremos perdidos. El fútbol te pega tan fuerte y desde tan pronto que luego ya no hay modo de quitárselo de encima. Por eso no hay mucha diferencia entre el pediatra que te medía en el tallímetro, la profesora de inglés extraescolar, el hombre que te vendía cromos en el kiosco de la esquina y tipos como El-Hadji Diouf, Aleksandr Golovin o Sofyan Amrabat. En el fondo, son todos lo mismo. Gente que, mientras crecías, te acompañó en el camino. Ese camino que es tuyo y solo tuyo. Y que tantos otros seguirán cruzando en el futuro.
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