No ha pasado ni una semana. No ha habido tiempo para asimilar lo vivido. Necesitamos más, mucho más, para entenderlo. Quizá, incluso, nunca lo logremos. Podríamos volver y seguiríamos perdidos, abrumados, instalados en una especie de síndrome de Stendhal que no permita que el raciocinio se haga un hueco, entre codazos, ante tanta belleza -que no beleza-.

Regresar a la realidad después de cinco días en Río de Janeiro sería algo así como que San Pedro, viéndote tan feliz en los cielos, decidiera que debes volver a encontrarte con Lucifer. El paraíso no es eterno, supongo. Y Río, de lo que yo haya visto, es lo más parecido al Valhalla que exista en la Tierra. Las letras de Caetano Veloso. Las garotas de Ipanema. Las infinitas redes de futvoley en la playa. La majestuosidad del Cristo Redentor. Las vistas desde lo más alto de Vidigal. Los blocos en tiempos de Carnaval. Lapa. Pedra do sal. El sambódromo. Río no te la acabas. Te atrapa, te seduce, te engancha. Cualquier rincón de la ciudad te pone la piel de gallina.

Cualquier rincón de la ciudad, además, explica por qué conocemos Brasil como el país del futebol. Nunca vi tantas camisetas balompédicas por metro cuadrado. Si se hiciera una competición, ahí el Flamengo gana por goleada. Pero observas, y te encuentras camisetas del Vasco de Gama, del Botafogo, del Fluminense. También algunas del Corinthians. Y de fuera de sus fronteras, aunque no en exceso, se colaban uniformes del Barcelona, del Real Madrid y, curiosamente, de la ‘Azzurra’. En la playa, en la calle, de fiesta, donde fuera. El fútbol se cuela por todas partes. Y un lugar que se expresa así merece un templo a la altura. Una Meca, un Vaticano, un santuario en el que los feligreses, desde tiempos inmemoriales, acudan ahí para idolatrar a dioses paganos, para recordar jornadas históricas, u olvidar otras, como el día que 200.000 de los suyos fueron crucificados por un ‘charrúa’ de nombre Alcides Gigghia, el día que Moacir Barbosa sufrió la primera de sus muertes. Si Río te enamora por todo lo mencionado antes, conquista eternamente a cualquier futbolero cuando acude a Maracaná.

Irse de Río sin pisar Maracaná no era una opción. No importaba el partido, el día, la fecha o que se solapara con el Carnaval, pospuesto a esas fechas por el covid. Había que ir. Sí o sí. Y coincidió con un Fluminense-Internacional de Porto Alegre. El procedimiento a ejecutar estaba claro a partir de entonces. Éramos unos torçedores más. A la primera que pudiéramos, compraríamos una camiseta del ‘Tri’. Nos empaparíamos de su historia. Nuestro rival, para toda la vida, pasaría a ser el ‘Fla’, que nació como un club de regatas y nosotros fuimos futboleros desde el primer día. Molamos más que ellos desde el primer día.

 

Estar en una de las catedrales del fútbol no sucede todos los días. Menos en una ciudad como Río. Ya tenemos otra excusa -una más- para comprar un billete de regreso a Brasil: celebrar tres puntos del ‘Flu’, de nuestro ‘Flu’

 

Eso sí, comprar las entradas por Internet fue caótico. No se podían pillar más de tres por barba, las tarjetas de débito fallaban y fuimos con solo seis tickets para siete. En las bilheteras, después de recorrer el barrio entero buscando un cajero para pagar con cash, conseguimos la séptima. Gracias, meus Deus. Ya podíamos entrar al estadio. Qué nervios. Como los de la primera vez en el Camp Nou, cuando el corazón de un renacuajo latía a velocidad supersónica al vislumbrar un poco de verde a lo lejos. Pelos de punta. El silencio impuesto por Sinatra, el Papa y Gigghia era historia. El presente solo escuchaba cánticos de la torçida enfilando hacia las butacas.

Al llegar a la grada, incomprensión. Un estadio semi vacío. 80.000 almas reducidas a menos de 15.000. No entendíamos nada. Todos agrupados en el Gol Sur. Subimos unas cuantas escaleras, nos situamos cerca de los que más animaban y comenzamos a impregnarnos de la cultura balompédica brasileña. Nada de ver el partido sentado. Todo el mundo de pie. A animar sin parar. La camiseta de tu equipo, que no falte. Si un jugador con posibilidad de iniciar un contraataque ralentizaba el juego, silbidos para sus oídos. Y después de conocer la cultura nacional, tocaba la pasional. La del Fluminense. Al descanso, con empate a nada en el marcador, hicimos amigos. Los de delante. Los que nos hicieron ver el partido de pie porque si no no se veía un carajo. Nos contaron más de la historia del ‘Flu’ durante el entretiempo y en el segundo acto, porque el duelo fue espesísimo. Aunque valió la pena pagar el dinero solo por ver en acción a Paulo Henrique Ganso tocándola con una zurda de seda y observar la atronadora ovación que se llevó Fred, ídolo entre ídolos, antes de saltar al césped. Nos faltó alguna entrada a destiempo de Felipe Melo, pero se lo perdonamos.

Fue entonces cuando nos dejaron claro que si ahí había tan poca gente era por culpa del Carnaval, que normalmente estaba algo más lleno. “Los que estamos hoy somos los de verdad. El ‘Flu’ es nuestra vida”, dejaron caer antes de que, ya reanudado el encuentro, Alexandre Zurawski adelantase al Internacional en el 54’. El silencio duró poco, volvieron los tambores y los cánticos de inmediato, aunque sin el convencimiento inicial, con la duda de qué le deparará al equipo en un campeonato que justo acaba de iniciar y en el que las opciones de título parecen muy lejanas. “Hay mucha igualdad, pero es difícil que ganemos. Los favoritos son Atlético Mineiro y Flamengo”, afirmaron con poca esperanza al ver que su máximo rival está en las quinielas, aunque recordando algo que quisieron que se nos quedase grabado en la mente: “Nosotros somos sus padres. Ellos, nuestros hijos”. Lo repitieron una vez tras otra, hasta la extenuación, por si no nos quedaba claro. Haciendo hincapié en la relevancia de su historia, en haber sido la entidad que dio a conocer a Thiago Silva y a Marcelo, en el hecho de ser el primer club fundado en la ciudad; pese a que en los últimos años, marcado por una mala gestión del presidente Mário Bittencort, el club no haya podido asomarse a los primeros puestos del Brasileirao. “Vende mal y muy barato”, remarcaron al recordar que una de las perlas de la entidad, Luiz Henrique, vaya a recalar en el Betis por ‘solo’ 13 millones de euros.

El partido no dio mucho más de sí. El 0-1 anotado en los primeros compases del segundo tiempo fue definitivo. Las intentonas del ‘Flu’ por equilibrar la partida tenían más de corazón que de cabeza. Y al término del encuentro los feligreses abandonaron poco a poco sus asientos, sin apariencia de que el resultado les afectara en exceso, quizá conscientes de su realidad actual, y con tímidos cánticos en las rampas de regreso a los aledaños del estadio. Para nosotros, foráneos, fue un sueño cumplido. No entras cada día a una de las catedrales con mayor historia del mundo del fútbol. Menos en una ciudad como Río de Janeiro. Ya tenemos otra excusa -una más- para comprar un billete de regreso a Brasil: celebrar tres puntos del ‘Flu’, de nuestro ‘Flu’, porque ya formamos parte de esa torçida, también somos padres de Río.

 


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Fotografía de Imago.