El relato de un mundo que desaparece es uno de los ejes temáticos de la obra de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), que en 2018 publicó en Alfaguara Las rosas del sur, culminando un proyecto literario que duró 17 años y en el que recorrió las 74 catedrales que hay en España. De un fútbol que también se extingue y de la adoración de dioses paganos habla en el #Panenka79 el escritor, dando fe de un romanticismo que está presente tanto en sus libros como en su forma de mirar el deporte rey.


 

Todos los niños de la España de los años 50 y 60 jugábamos al fútbol en los recreos, y en las zonas rurales no existía otro juego más que ese, ya que en aquellos tiempos solo jugaban a otros deportes las clases privilegiadas. Viví en un pueblo minero de la montaña de León donde había un equipo llamado Hulleras de Sabero, que llegó a jugar en Tercera División y a codearse con los grandes equipos de la región como la Cultural Leonesa, la Ponferradina, el Salamanca, el Béjar… Fue el primer equipo al que vi jugar y recuerdo que en ese campo en el que apenas había gradas se vivía un ambiente muy apasionado, ya que por aquel entonces empezaba prácticamente la televisión y este era el único fútbol que podía ver la gente.

 

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No soy seguidor de ningún equipo, pero tengo una querencia un poco romántica de que el débil gane siempre al fuerte. En realidad me desagrada la cultura del éxito y de la prepotencia.

 

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Salvo el muy modesto, hoy el fútbol ha perdido cualquier fibra romántica. Antes había una cierta identificación con lo que simbolizaban ciertos equipos de fútbol: el Real Madrid era el equipo de las clases más acomodadas en términos generales, mientras que el Atlético lo era de los barrios más obreros; el Barcelona lo era de los catalanistas, el Espanyol el de los inmigrantes… Y todo esto se ha diluido ya. El fútbol se rige por intereses comerciales y empresariales y por eso me sorprende que la gente se identifique sentimentalmente con equipos que son multinacionales. Es como si alguien se identificase sentimentalmente con un banco.

 

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Antes las catedrales eran templos de adoración de la divinidad, y ahora esta función la cumplen de alguna manera los grandes es- tadios deportivos, donde se rinde culto a dioses en pantalón corto corriendo detrás de un balón. Y es que el fútbol es una especie de religión profana en la que muchos futbolistas reciben el trato de auténticos dioses. Existe también un yihadismo de gran parte de los aficionados que conciben su afición por tal equipo como si fuera una pertenencia, y donde la única religión verdadera es la suya y todas las demás estuvieran equivocadas. Esta necesidad de exaltación colectiva de la divinidad también la veo en los grandes edificios de los centros comerciales, donde en este caso se hacen sacrificios a otra religión: el consumo.

 

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Cuando crees que eres el mejor jugador de fútbol o un gran escritor no necesitas que te lo recuerden continuamente con premios. Para este tipo de personalidades, todos los premios son pocos para saciar la sed de reconocimiento. Los futbolistas de élite son chicos muy jóvenes que tienen una personalidad patológica: Ronaldo es un grandísimo jugador, pero esta necesidad de que le digan todo el tiempo quién es el más guapo como en el cuento de Blancanieves indica una gran inseguridad y una especie de soberbia irrefrenable.

 

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Hace casi 25 años que la editorial Alfaguara publicó el libro Cuentos de fútbol, que coordinó Jorge Valdano, y donde se me propuso escribir un relato que titulé El penalti de Djukic. Como un remedo futbolístico de Solo ante el peligro, recuerdo que me impresionó muchísimo la imagen del jugador fallando ante el Valencia el penalti que le costó una Liga al Deportivo. El escritor gallego Manuel Rivas, que conocía al futbolista, me animó a que me pusiera en contacto con él, ya que era un tipo muy accesible e interesante. Y aunque pensé que a Djukic no le gustaría que escribiera sobre la que fue su mayor desgracia profesional, posteriormente volvimos a coincidir en Madrid dos o tres veces más. Me invitó una vez al campo del Rayo, que representa muy bien el espíritu del barrio.

 

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Acostumbro a leer a algunos periodistas deportivos como Santiago Segurola o Ramón Besa, que son gente con criterio y que además tienen una buena mano literaria. Pero con las pasiones que mueve este deporte, sorprende que al fútbol se le haya dedicado tan poca literatura. Además del libro coordinado por Valdano, recuerdo haber leído los libros de historia del fútbol de Julián García Candau, a Eduardo Galeano o la novela Fuera de juego del exfutbolista Manuel Vicente González, que es amigo mío. De hecho, en el capítulo que dedico a la catedral de Badajoz en Las rosas del sur, titulado Canónigos y futbolistas, González me acompaña en mi recorrido y todo el relato tiene un cierto aroma futbolístico.