Tras cruzar “a la acera de enfrente”, ‘Lalo’ Arantegui (Zaragoza, 1977), exdirector deportivo del Huesca y de su Real Zaragoza (hasta diciembre de 2020), ejerce como director de nuevos proyectos en Promoesport, una de las empresas de representación más importantes a nivel estatal y mundial. “No sé qué me deparará el futuro dentro de medio año, uno o dos. Pero estoy muy ilusionado, feliz”, sonríe, saboreando la penúltima escala en una vida futbolística de constantes idas y venidas que comenzó a escribirse en el barrio zaragozano de Casetas. Y en la Unión Deportiva Casetas. Con 16 años ya jugaba de titular con el primer equipo, en Tercera. “Pasé de cadetes al primer equipo sin parar por juveniles, a jugar con hombres siendo un niño”, dice. El día de su 17º aniversario, el 12 de junio de 1994, el Casetas conquistó el primer ascenso de su historia a Segunda B.

“Aquel año en Segunda B fue la hostia: en lo deportivo, por jugarlo casi todo teniendo 17 años, y en lo social. En las gradas estaban mis amigos, los amigos de mis padres. El pueblo que me había visto crecer, porque hace unos años Casetas era como un pueblo, un barrio con mucha vida, mucha identidad. Ahora está todo más apagado. Esa temporada en Segunda B fue la hostia. Si lo viera ahora en vídeo quizás descubriría que había cuatro gatos, pero para mí aquello era como La Bombonera”, sigue, revisitando ese fútbol “sufrido” del grupo 2 de Segunda B: “Recuerdo Gernika, Lemona, un palmo de barro. Era otro fútbol. Y también recuerdo el respeto que se tenía al jugador veterano, que creo que se ha perdido. Eran veteranos de verdad: no te regalaban nada, pero te demostraban que estaban ahí porque amaban el fútbol. La gente venía de meter ocho o diez horas en su trabajo, y venía por amor al fútbol. Porque no había un componente económico. Sí lo había, vaya, pero no era de decir ‘yo juego a fútbol para ganar dinero’. Te llevabas la ropa a lavar a casa. Acababas el entrenamiento lleno de mierda. Lleno de mierda. De tierra. A mi hijo de 14 años, que hoy está en los cadetes del Real Zaragoza, siempre le recuerdo una anécdota de cuando estaba jugando en Tercera con el Casetas: un día que estaba sancionado por cinco amarillas y, pese a que quizás otro habría dicho que no, bajé a jugar con el equipo juvenil: a un campo de tierra de mierda, fuera de casa. Y lo hice con toda la ilusión del mundo”.

Sus padres, por ese entonces, tenían un restaurante en Pedrola, a unos 35 kilómetros, y como no podían ir a recogerle al terminar el entrenamiento del primer equipo un directivo le llevaba a casa al acabar. Durante esos años, recibió varias llamadas del Zaragoza para jugar en el juvenil, pero Arantegui siempre lo rechazó, porque “ya estaba en Segunda B o en Tercera”, pese a su afición al Zaragoza. “Estuve presente en el Calderón en la final de la Copa del Rey que ganamos al Celta en los penaltis y que luego nos dio el derecho a jugar, y a ganar, la Recopa”, presume, volviendo a la noche del 21 de abril de 1994 y a aquel penalti ejecutado por Francisco Higuera, engañando a Santi Cañizares.

En 1996, tras una última temporada en Tercera con el Casetas, Arantegui fichó por el filial del Zaragoza, en la categoría de bronce, aunque, lamenta, “entonces no se apostaba por la cantera. Era otra época. No era el Zaragoza de ahora: había futbolistas de máximo nivel y no era un club con política de cantera”. Tras una 96-97 de adaptación, fue una pieza clave en la 97-98, con diez tantos que contribuyeron a acabar en la sexta plaza, a solo cuatro puntos del play-off de ascenso aa Segunda A, pero apenas recuerda haber entrenado una vez con el primer equipo. Y a los 21 años dejó atrás su ciudad para emprender un largo viaje. Arantegui ya había avisado en mayo de ese 1998, en la rueda de prensa posterior a un triunfo ante el Valladolid B (1-3, con gol de Arantegui): “Yo quiero ser futbolista, aquí o en otro sitio. Si tengo que hacer las maletas las haré”. Y las hizo.

Con el Levante subió a la categoría de plata, pero, sin puesto en el equipo tras un año martirizado por las lesiones, se quedó en Segunda B. Y siguió encadenando puertos de tercera categoría. En la 99-00 fue cedido al Águilas, primero, y al Gandía, después, y en verano se encontró sin equipo.“Fue un contraste de decirme ‘hostia, si yo pensaba que me iba a comer el mundo y que era muy bueno y, de repente, me he quedado sin equipo’. Fue un golpe de realidad de decirme ‘espabila, que el tren no para’. Y me marché a Jerez de los Caballeros, a probar, en setiembre y con la liga iniciada”, y así a los nombres del Casetas, el Zaragoza B, el Levante, el Águilas y el Gandía se les unieron el Jerez, el Sevilla B, el Binéfar, el Conquense, la Cultural Leonesa y el Huesca, al que llegó en 2007. Según apuntaba El Periódico de Aragón, “el equipo se ha hecho con los servicios de un centrocampista polivalente y con mucha experiencia en la categoría”. “El maño es un jugador rápido, con buen regate, gran pasador y un especialista a balón parado”, decía Diario de León un año antes, coincidiendo con su fichaje por la Cultural Leonesa.

“Fui un futbolista de medio pelo”, ríe ‘Lalo’, “bueno para Segunda B, pero justito para Segunda A: tras haber estado en varios sitios, uno descubre que para que un futbolista llegue a Primera División o Segunda hacen falta muchos componentes: fortaleza mental, fortaleza física y ser muy constante, además del talento y la calidad. Probablemente en talento y calidad iba bien, pero quizás me faltó un poquito más en el resto. Y tuve dosis de mala suerte en momentos en los que no se puede tener mala suerte, con lesiones que me frenaron en momentos en que mi carrera parecía que podía ir hacia arriba. Pero lo que sí supe siempre es afrontar las cosas como venían, sin frenar a mirar atrás. ‘Si esto es así, pa’lante. Levántate, mira pa’lante y tira'”, afirma.

Aunque solo fueron seis encuentros, Arantegui sí acabó llegando a Segunda División: con la casaca del Huesca, tras ser parte importante en el primer ascenso de la historia del club al fútbol profesional (07-08). “El año del ascenso es el que más disfruté. Disfruté muchísimo. Teníamos un equipo espectacular y un grupo impresionante”, recuerda. De las 59 dianas que celebró entre Segunda A, Segunda B, la promoción de ascenso a Segunda A y la Copa, la más especial es la que gritó con el Huesca en la ida de la final del play-off de ascenso, ante el Écija. “Solo nos acordamos del partido de vuelta en Écija, pero ahí llegamos con un 2-0, y era difícil que a un equipo tan serio como el nuestro nos metieran mano. En la ida, a los diez minutos, me hicieron un penalti y expulsión que encarriló la eliminatoria, porque nos pusimos 1-0 en diez minutos y contra diez jugadores. También me acuerdo mucho de un Conquense-Atlético de Madrid de Copa del Rey. Aún estaba el ‘Cholo’ Simeone de jugador. Creo que hice el mejor partido de mi vida, aunque acabamos perdiendo 2-3”, asiente Arantegui, que, tras pasar por Huesca, cerró su carrera futbolística con tres últimas escalas: el Ávila y el Estepona, también de Segunda B, y el Ejea, en el que colgó las botas a los 33 años, hace algo más de una década.

En Ejea de los Caballeros un día anocheció siendo jugador y el siguiente amaneció siendo director deportiva. El equipo ganó la liga con uno de los presupuestos más bajos y, pese a no ascender, Manolo Jiménez le llamó para ofrecerle un puesto como scouter del Zaragoza. “Fue mi entrenador en el Sevilla B y fue quien me dio la oportunidad de iniciarme en el mundo de la dirección deportiva empezando por ser ojeador, en el último año del Real Zaragoza en Primera [12-13]. Así empecé: no conocía nada del futbol profesional y tenía muy poco peso en la toma de decisiones porque era lo último de lo último en la escala jerárquica del club, pero fue un año muy enriquecedor, y de ahí ya pasé a los dos años en Villarreal, un club top, súper organizado, con unas ideas muy claras de por donde debía crecer: por la cantera y la gente joven”, rememora Arantegui. En 2015 volvió a Huesca para aceptar la dirección deportiva del conjunto de El Alcoraz.

Huesca fue, por segunda vez, un sitio clave en tu camino.

Llegué a un club recién ascendido a Segunda prácticamente dos semanas antes del inicio de la pretemporada y nos pusimos manos a la obra. Tuvimos muchos problemas porque tuvimos que cesar a Tevenet a mitad de temporada y contratar a Anquela, pero acabamos haciendo la que por entonces era la mejor puntuación de la historia del Huesca en la categoría [55, como en la 10-11]. El verano siguiente hicimos un equipo muy chulo, con jugadores importantes como Samu Sáiz, Melero, Sergio Herrera, Akapo, Ferreiro o Jair. Yo me marché el 28 de febrero [de 2017] al Zaragoza, tras pagar la cláusula de rescisión: dejé un Huesca que va a jugar play-off para ir a un Zaragoza que está con las dudas de si se mantiene en Segunda División o no. Y esa base del equipo es la que sube el año siguiente a Primera División con muy buenos retoques por parte de Emilio Vega.

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¿Cómo ves hoy a ambos clubes, a Zaragoza y Huesca? 

Veo dos clubes que hoy no están donde quieren estar. Al Huesca le deseo lo mejor, porque solo le puedo dejar lo mejor: a mí me lo dio todo. Y sobre el Zaragoza: es evidente que por historia no puede estar en Segunda División. Pero arrastra una deuda que se lo va comiendo poco a poco y que le deja con muy poco margen de maniobra cuando comete algún error. Yo lo he vivido en mis propias carnes. La diferencia con el Huesca, por decir un ejemplo, es que en los últimos años el Huesca ha generado muchos recursos económicos para poder enmendar los errores: porque era un club sin deuda y creció de la nada. Todo lo que generaba era saldo positivo. El Zaragoza no. Cuando yo era director deportivo la idea era muy clara: debemos no sé cuantos millones de euros y evidentemente la generación de este dinero solo puede ser mediante un ascenso o mediante venta de jugadores. Yo me adapté a la realidad que había. Sin debatir ni protestar. Era lo que había. Y es más: fomenté siempre la venta de futbolistas por dos motivos. Porque era la necesidad del club y, dos, porque cuando un jugador quiere jugar en otro sitio y tú se lo impides el problema que tiene el Zaragoza es que no tiene recursos económicos para compensar esa negativa a salir. Entonces es imposible, y siempre hemos tenido malas experiencias de jugadores que después no han vuelto a recuperar el nivel deportivo. Nos guste o no, y por muy zaragocistas que seamos, y yo lo soy mucho, el Zaragoza en Segunda puede competir con cualquier equipo desde el nivel sentimental, porque es un club muy grande, y a nivel social es tremendo, pero si hay algún jugador con propuestas de Primera es muy complicado, e incluso nocivo, impedirlo. Porque, al final, por mucho que nos duela, sabemos que no es lo mismo jugar en el Bernabéu, en el Camp Nou o en el Wanda que jugar en campos de Segunda División que no tienen la misma repercusión. Y no hablo de dinero, hablo de fútbol. Entonces tienes que adaptarte mucho a la situación de ahora. Yo lo intenté, insistiendo mucho en algo que yo creo mucho: en tirar de la gente joven. Y ya no por necesidad económica, sino porque creo que en Zaragoza, siendo una ciudad de 700.000 habitantes, tenemos que tener buenos chicos siempre. Ya los había cuando yo jugaba, hace 25 años, pero lo que pasaba es que no les daban oportunidades. Hay que tener la valentía de decir ‘a mí me valen seis o siete nombres de la cantera cada año. Yo puedo tener un segundo lateral de la casa, un segundo o tercer portero de la casa, un cuarto pivote de la casa, un cuarto central de la casa, un extremo de la casa y un cuarto delantero de la casa. Y hay que tener paciencia. Yo a los chicos cuando subían del filial les decía: ‘el lunes es vuestro día. El lunes es el día que tenéis que demostrar al entrenador que os ha dejado fuera de la convocatoria que estáis preparados para estar aquí. No quiero caritas ni quiero miraditas al entrenador. Toca ser fútbol profesional y toca crecer’. Y así, desde ahí, crecieron Pep Biel, Soro, Pombo o Lasure, por ejemplo.

Duele ver al equipo anclado en Segunda, quizá incluso más que no haber podido jugar ni un solo minuto con el Zaragoza en tu etapa de jugador.

En el tema personal siempre he tirado pa’lante, sin dedicar mucho tiempo a lamentarme. No llegué a debutar, pero seguí pa’lante e hice mi camino. Me duele más lo otro, evidentemente, porque nací en Zaragoza y vivo en Zaragoza. Y la actualidad del Zaragoza me va a caer siempre encima y la voy a tener encima para toda la vida. Me duele más ver que el club sigue viviendo en una realidad que no me gusta nada para un club tan grande como el Zaragoza. El club está en una situación que la propiedad actual heredó de la anterior y de la que era muy difícil salir con vida y se hizo. Y no lo queremos ver, que estamos viviendo gracias a la propiedad actual. Y lo hemos tenido en nuestras manos, volver, porque el año que íbamos directos hacia el ascenso tuvo que venir una pandemia [19-20]. El último partido antes de la pandemia ganamos en Málaga con un equipazo: Puado, Luis Suárez, Kagawa, Soro, Guti, El Yamiq, la mejor versión de Eguaras, la mejor versión de Cristian Álvarez, la mejor versión de Vigaray, etcétera. Teníamos un equipo que no era normal. Y tuvo que venir una pandemia para cambiarnos el rumbo, cuando estábamos segundos a cinco puntos del tercero y a uno del Cádiz. Fue terrible. El Zaragoza en los últimos años ha tenido aquellas dosis de mala suerte que te alejan de donde quieres estar, como cuando casi subimos en Las Palmas [14-15, final del play-off] o el año contra el Numancia [17-18, semifinal del play-off]: fuimos superiores en Soria y en Zaragoza y de 100 veces que hubiéramos jugado aquellos dos partidos hubiéramos ganado 99, con Borja Iglesias y tal. Luego esperaba el Valladolid en la final, y no sé qué hubiera pasado, pero estábamos listos para ascender. Cuando has tenido que tener esas dosis de suerte no las has tenido.

Respecto al rol de futbolista, ¿en qué se diferencia el papel de director deportivo?

En la etapa como jugador el nivel de exigencia es el que te marcas tú en el día a día, y el foco está puesto en ti, pero también en diez o 24 jugadores más. En la dirección deportiva, si tienes peso en la toma de decisiones, como era mi caso en Huesca o en Zaragoza, la responsabilidad depende de ti. Porque en un club profesional hay muchos departamentos, pero el que más consecuencia tiene en el resultado económico y en el porvenir del club es el departamento deportivo. Si el equipo gana partidos todos los departamentos son mejores. Pero si el equipo transmite decadencia el club transmite decadencia, por lo que el trabajo de mucha gente recae en la dirección deportiva, en ti. Y cuando tienes que amoldarte a una realidad súper dura, que es la desgracia que he tenido de coincidir con, seguramente, la peor época de la historia del club, te toca vivirlas de muchos colores. La presión es muy alta, por la exposición pública, y con todos los respetos al resto de clubes, creo que no hay ningún club en Segunda División con más presión que el Zaragoza, porque esa necesidad histórica hace crecer el nivel de presión. Y marcarte unos objetivos ya desde comienzos de curso que probablemente son irreales, porque a nivel presupuestario no estás compitiendo con los demás. Si la temporada empieza más o menos bien y sin contratiempos puede ser un buen año porque después entra un factor que no tienen los demás, una afición que te lleva en volandas, pero si el curso empieza irregular, y a mí me tocó vivir dos de esas, dos de las cuatro, no levantas el vuelo, porque el agujero cada día es más grande. Y porque es muy difícil dar la vuelta a una situación así casi sin recursos. Si vas al mercado de invierno diciendo ‘oye, no te preocupes, que hay dos millones de euros para reforzar la plantilla y vamos a enderezar lo que se ha hecho mal en verano’ es una cosa, pero no era el caso. No era nuestro caso, aunque el nivel de exigencia era el mismo que si lo fuera. Y para más inri yo tenía el hándicap de ser nacido en Zaragoza, de ser zaragocista y socio zaragocista, de que se me iba la vida en cada partido: perdía el Zaragoza el domingo y yo no era persona hasta el miércoles. Era insoportable dentro de casa para mi familia. Era un motor negativo porque no sabía diferenciar ni separar: si perdía el Zaragoza yo no tenía ganas de salir, ni de comer ni de nada de nada. Y esto es así por lo que te transmite la gente, porque en Zaragoza el 80 o el 90% de la población es del Zaragoza, en las buenas y en las malas.

 


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