“Escribir sobre fútbol es la mejor manera de continuar jugándolo”. Esa frase de Eduardo Galeano que recoge Miguel Ángel Ortiz en su último libro, Poesía y patadas (Córner, 2019), resume mejor que ninguna otra el vínculo que este escritor medinés tiene actualmente con el balón. Ahora que lleva un tiempo retirado del fútbol aficionado debido a una lesión de rodilla, Ortiz siente más que nunca que leer y escribir sobre su deporte favorito es una manera diferente de disfrutarlo. También una apuesta por seguir profundizando en el mundo narrativo que construyó en las dos novelas que antecedieron a este ensayo: Fuera de juego (Caballo de Troya, 2013) y La inmensa minoría (Random House, 2014).

Por esa razón, en los últimos cinco años, Ortiz ha leído algo más de 300 obras futboleras en diverso grado y en los más variados estilos. Desde la crónica de Horacio Quiroga que marca en 1918 el inicio del periodismo deportivo hasta ese desatado canto al fútbol que es Dios es redondo, de Juan Villoro. Desde los poemas de Rafael Alberti, Gabriel Celaya o Miguel Hernández hasta los de Clara Janés, Blanca Varela, Mercedes Saorí o Gioconda Belli. Desde los cuentos de Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Eduardo Sacheri a las novelas de Peter Handke, Pier Paolo Pasolini, Philip Winkle o Ramiro Pinilla. Todo ello sin dejarse atrás libros de carácter más sociológico, como Futbolistas de izquierdas, de Quique Peinado, o También nos roban el fútbol, de María y Ángel Cappa.

A primera vista, Poesía y patadas funciona como una entretenida enciclopedia donde encontrar más de un centenar de referencias literarias con las que construir una buena biblioteca futbolera. Sin embargo, terminada y digerida su lectura, deja un regusto intenso y único en el paladar: la sensación de haber entendido mejor por qué ha sido tan fecunda la relación entre el fútbol y la escritura desde principios del siglo XX hasta hoy. De todo ello ha hablado el autor con Panenka.

 

¿Es verdad que Valle-Inclán dijo que él introdujo el fútbol en España?

Bueno, eso decía él… Valle-Inclán escribió un artículo titulado La Furia española, que publicó en el diario Ahora. Y empezaba así: “El fútbol lo importé yo a España”. En el artículo relata un partido —bastante esperpéntico, por cierto— donde él jugó de portero para el equipo de El Ría de Arosa y el conde de Romanones, para El Alcarria. Según Valle-Inclán, ese fue el primer match, como se decía entonces, que se disputó en España. Se jugó en Aranjuez y el árbitro fue nada más y nada menos que Francisco de Asís Cambó y Batlle. Curiosamente, los dos porteros lo hicieron muy bien y el partido, en teoría, acabó en empate a uno. El desempate se jugó en el Ateneo de Madrid. La anécdota la contó José Antonio Martín Otín, Petón, exfutbolista del Huesca, en El fútbol tiene música.

Ese hubiera sido un nacimiento muy literario, ¿no?

Y que lo digas. En cualquier caso, encontré una coincidencia llamativa mientras escribía el libro: Valle-Inclán publicó ese artículo el día antes del Italia-España del Mundial de 1934, jugado en Florencia el 1 de junio. Aquel partido fue muy polémico porque los italianos nos zurraron de lo lindo y el árbitro, René Mercet, fue algo más que casero. El partido terminó en empate y se jugó un segundo partido. Todo esto lo contó Jacinto Miquelarena, que viajó a Italia para cubrir el primer Mundial de la Selección como corresponsal de ABC y que fue el padre del periodismo deportivo español. O por decirlo de otro modo: el fútbol escrito español le debe más a Miquelarena y a otros como él que a Valle-Inclán.

Otro nombre que llama mucho la atención en tu libro es el Miguel de Unamuno, quien tuvo sus más y sus menos con el fútbol… Y sin embargo, era familia del mítico delantero Pichichi.

Unamuno criticó que la juventud estaba perdiendo la cabeza por correr detrás de un balón, pero no detestaba el fútbol ni mucho menos. Era partidario del mens sana in corpore sano. Ahora bien, lo que llevaba fatal era que la gente descuidara la cultura y dedicara tanto tiempo a toda la cháchara que se creaba alrededor del fútbol, a la que él denominaba “deporte contemplativo”. Pero, sí, no deja de ser curioso que fuera tío abuelo de Pichichi —Rafael Moreno Aranzadi—, el primer gran delantero del fútbol español. Por cierto, a Pichichi le criticó tanto la afición que se retiró relativamente joven, a los 29 años.

¿Qué pasó en 1927 y 1928 que, de repente, aparecieron tres novelas de fútbol: La novela de un guardameta, de Màrius Verdaguer; El coloso de Rande, de José Luis Bugallal; y Judas futbolista, de Francesc Rossel y Rossend?

La década de los 20 fue muy movida. Además de producirse muchos cambios sociales, ocurrieron dos fundamentales relacionados con el fútbol: uno, que el fútbol arrebató a los toros el título de afición nacional; otro, que se convirtió en un deporte profesional en 1926. A eso sumémosle que andaban por ahí poetas tan futboleros como Miguel Hernández o Rafael Alberti. Entre unas cosas y otras, el fútbol saltó primero de los periódicos a las novelitas de quiosco y de ahí a las novelas serias, como esas tres que mencionas.

¿Hay algún hilo conductor entre ellas?

Algo muy llamativo es que esas tres novelas narran cuestiones muy relevantes de la época. La de Bugallal se considera la primera novela deportiva española y da cuenta del final del romanticismo en el fútbol: aunque haya llegado el profesionalismo, el delantero Jaime Montalbán se convierte en el mejor jugador del país sin cobrar un solo céntimo por sus goles. La novela de Verdaguer es interesante porque, en vez de elegir como protagonista a un delantero, prefiere inspirarse en la figura de Ricardo Zamora, un portero. Por último, Judas futbolista probablemente es la primera novela española que denunció el sucio negocio en el que se estaba convirtiendo el fútbol tras las profesionalización.

Del libro de Josefina Carabias, La mujer en el fútbol (1950), citas algo muy llamativo: “Las mujeres en el fútbol perdemos los estribos como en ningún otro sitio”. ¿Verdad o exageración?

Atendiendo a las descripciones de las aficionadas que hizo en su libro, parece una verdad como un templo. Eso sí, las mujeres que retrata suelen aparecer caricaturizadas como unas fans adolescentes que se dejan la garganta chillando y que incluso se desmayan cuando hay ocasiones de gol. La mayoría van al estadio luciendo sus mejores galas, y no a ver el fútbol. En cualquier caso, este libro es importante porque marca un hito: habla del momento en que las mujeres fueron aceptadas como hinchas en los estadios (aunque no en igualdad de condiciones respecto de los hombres…).

¿Era futbolera Josefina Carabias?

No mucho, me temo… Eso sí, su libro es un buen trabajo periodístico y ayuda a entender un momento histórico. Además, fue una pionera: fue la primera mujer que consiguió un puesto fijo en una redacción española y que pudo vivir plenamente de su oficio. Pero, sobre todo, diría que Josefina Carabias intuyó que algo importante estaba pasando en los estadios de fútbol (hasta ese momento, un coto privado masculino). Además, hizo un trabajo de campo increíble: asistió a todos los partidos de la temporada en el Metropolitano y en Chamartín, y se empapó a fondo de todo (ambiente, comentarios, comportamientos, etcétera); luego, fue contando sus impresiones en una columna semanal. El libro es la compilación de todas esas columnas.

Citas muchos poemas escritos por mujeres, algunos de ellos escritos por autoras muy conocidas, como Clara Janés, Gioconda Belli o Blanca Varela. ¿Cuál es tu favorito?

De los que yo he leído, me quedo con Meditación mientras se juega un partido de fútbol, de Mercedes Saorí, que empieza así: “La vida es siempre un desigual partido / que jugamos a ciegas diariamente. / Ya sabemos quién va jugar enfrente / y el corazón lo damos por perdido”. Es un poema que puede leerse como una metáfora de la lucha de las mujeres por abrirse paso en el fútbol y que, a la vez, muestra el fútbol como metáfora de la vida.

 

“Nabokov decía que le encantaba sentarse con la espalda apoyada en el poste mientras el balón estaba lejos, cerrar los ojos y adormecerse con los gritos y el sonido de las patadas. Todo un deportista, vamos”

 

A pesar de que llevas muchos años leyendo literatura sobre fútbol, no has dado con ninguna novela escrita por una mujer o donde el fútbol femenino sea protagonista. ¿De qué podría hablar esa hipotética primera novela?

Por ejemplo, estaría bien leer una novela protagonizada por una mujer y que nos contase desde dentro cómo es el mundo del fútbol femenino: los tópicos que ha tenido que romper, las barreras que ha tenido que sobrepasar, los insultos que ha tenido que soportar o, por supuesto, cómo disfruta ella con un balón en los pies. Otra opción sería recuperar desde la ficción historias míticas, como la de Irene González, una portera que jugó en un equipo masculino hasta que creó el suyo propio. También podría dar mucho juego la historia del Spanish Girls’ Club, el primer equipo femenino español, o la de Edelmira Calvetó, la primera aficionada del FC Barcelona.

Vladimir Nabokov, Ryszard Kapuscinski, Albert Camus, Miguel Delibes… ¿Qué pasa que hay tanto portero entre quienes escriben?

El portero juega aislado del resto, encerrado en la soledad del área y ve los partidos desde una posición privilegiada, quieto, en la distancia, a contracorriente de los demás jugadores. Quizás sea eso lo que atrae a los escritores… O quizás sea, simplemente, que son unos vagos y quieren correr poco. De hecho, Nabokov decía que le encantaba sentarse con la espalda apoyada en el poste mientras el balón estaba lejos, cerrar los ojos y adormecerse con los gritos y el sonido de las patadas. Todo un deportista, vamos.

Hablas de que José Ángel Mañas, Félix Romero y Ray Loriga “trajeron una nueva manera de tratar el fútbol: ya no se contaba, sino que el fútbol nos contaba”. ¿A qué te refieres?

Básicamente, a lo que muestra Fiebre en las gradas, la novela de Nick Hornby. Ahí tienes los traumas de la juventud de su época narrados a través de su pasión o enfermedad por el Arsenal. Eso antes no lo veías. En España, aunque a menor escala, Ray Loriga o Félix Romeo hicieron algo parecido y utilizaron el fútbol para describir cómo eran sus personajes: la manera en que estos se movían dentro del campo reflejaba cómo eran fuera de él. El fútbol les contaba, por así decirlo. Los tres influyeron mucho en mi manera de abordar el fútbol en mis novelas y de construir un mundo narrativo propio.

¿Te influyó también toda la literatura rioplatense que mencionas: Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano, Horacio Quiroga, etcétera?

A la gran mayoría de los sudamericanos que cito, los leí después de haber publicado mis novelas, así que no me han influido. O no al menos directamente. Eso sí, diría que la literatura sudamericana está un peldaño por encima de la nuestra; se nota que allí el boom de literatura futbolera llegó a mediados de los años 60 y 70, unas tres décadas antes que aquí.

A todo esto, ¿qué es un ‘hooligan ilustrado’?

Es el título de una colección muy interesante que abrió Libros del KO. En mi libro lo que hago es apropiarme del término para referirme a ese grupo de escritores que, tomando como modelo la idea de Fiebre en las gradas, comenzaron a analizar la relación entre el hincha y su equipo, su estadio y sus colores. En parte, diría que estos hooligans ilustrados son los responsables de este boom editorial futbolero que vivimos ahora.

¿Y quiénes serían esos hooligans ilustrados españoles?

Pues muchos de esos autores de Libros del KO: Enric González hablando del Espanyol; Manuel Jabois, del Real Madrid, Martínez de Pisón, del Zaragoza; o Ander Izagirre, de la Real Sociedad. Esos fueron, entre otros, los primeros. Con el tiempo, la colección se abrió a equipos de categorías inferiores y aparecieron Sergio Cortina hablando del Oviedo o Enrique Ballester, del Castellón. Y hace poco han publicado dos libros que rompen con el estereotipo de que el fútbol escrito es masculino, y que me interesan mucho: Una forma de permanencia, de Marta San Miguel, que habla del Racing de Santander, y Como siempre, lo de siempre, de Lucía Taboada, sobre el Celta.

¿Cuánto le debe tu libro a escritores como Roberto Santoro o Julián García Candau, que fueron grandes compiladores de literatura alrededor del fútbol?

Mucho, entre otras razones, porque descubrirlos me hizo ver que no estaba tan loco y que tenía sentido lo que estaba haciendo. A Santoro, por ejemplo, lo descubrí gracias al proyecto piloto con el que empecé a trabajar para este libro: un blog donde reseñaba libros que hablasen de fútbol (muchas de las cuales publiqué en Panenka, de hecho). Después unos autores me fueron llevando a otros y terminé encontrando los trabajos de Antonio Gallego Morell, Vicente Verdú o Julián García Candau, fundamentales si uno quiere tener una ligera idea de todo lo que existe. De los más recientes, destacaría La jugada de todos los tiempos, de David García Cames, un libro que nace de su propia tesis doctoral.

Uno de los artículos del libro está dedicado a El ángel del fútbol, de Hans Jorgen Nielsen (1977). Allí este escritor danés se pregunta si el fútbol es “una metáfora de la lucha de clases”. ¿Qué responderías?

Que, de algún modo, tiene razón. De hecho, ese paralelismo vertebra su magnífica novela. El ángel del fútbol cuenta la historia del chico pobre de barrio que se convierte en un jugador profesional y asciende socialmente. Sin embargo, ese desclasamiento hacia arriba tiene una parte oscura: los dirigentes del club lo explotan y le hacen jugar hasta que sus rodillas no dan más de sí. La retirada le llega antes de tiempo y eso le supone perderlo todo. Esta historia la cuenta un amigo del futbolista que está preparando una tesis doctoral sobre el origen del fútbol obrero en la ciudad. A raíz de esta historia y de otras muchas, este amigo llega a una conclusión: el profesionalismo es despiadado y está arrebatando el juego al pueblo. En un inicio, el fútbol era un deporte burgués que se practicaba entre gentlemen; luego, y gracias a las jornadas laborales más cortas, el fútbol se hizo obrero y perteneció a las clases populares. En los años 70, cuando Nielsen publicó su novela, el empresariado estaba intentado dominar el fútbol desde un despacho. Y, como cuentan María y Ángel Cappa en También nos roban el fútbol, yo diría que lo han conseguido.

Algo interesante de tu libro es que muestra que el debate sobre que el fútbol es más negocio que deporte viene de muy lejos. Casi desde el inicio, diría yo.

Sí, y es muy curioso. Ahora se vende el odio al fútbol moderno como algo de nuestro tiempo, pero en realidad la controversia ha estado siempre ahí. En lo literario, también. Por eso me hizo tanta ilusión dar con la novela Judas futbolista. No tanto por su calidad literaria o porque me costara mucho dar con ella, sino porque criticaba ya en 1928 lo sucio que era el negocio del fútbol. Ya entonces se empezó a llenar el fútbol de chupatintas que querían sacar tajada sin importarles lo más mínimo los valores del deporte. Y ahí seguimos.