Un partido de fútbol no tiene un guión preestablecido. Desde que el balón comienza a rodar hasta que el silbato del árbitro resuena tres veces mortecino, todo puede suceder. La página espera en blanco. Los goles aún no están escritos, y quizás nunca lleguen a escribirse. Los 90 minutos pueden terminar convertidos en tragedia por un error ridículo que inundará de memes las redes sociales. También puede suceder que 89 soporíferos minutos desemboquen en un frenético último suspiro de infarto. El vil puede convertirse en héroe con un sutil taconazo, o todo lo contrario: el héroe transformarse en villano por un estúpido fallo. No obstante, de todos estos relatos futbolísticos, el que más engancha al aficionado posiblemente sea el épico. El pez pequeño que se zampa al grande. David tumbando a Goliat. El humilde que obliga a hincar la rodilla al poderoso en su propio estadio. Eso sí: desde que el dinero maneja del fútbol, cada vez son menos frecuentes estas machadas balompédicas.

En los años 30, sin embargo, el fútbol todavía mantenía su romanticismo y los milagros se sucedían en casi todos los campos. De cualquier barrizal, podía surgir un as del balón. Un equipo de provincias podía golear a los de la capital. Quizás el joven Joseph Lloyd Carr, en aquel entonces, pensaba en estas insólitas historias cuando se calzaba los pantalones cortos y las botas para pasarse la tarde del domingo corriendo detrás del balón. Jugaba en el modesto White Rose, el equipo local de South Milford. Tenía 18 años. Se había mudado a aquel pueblo del sur de Yorkshire para trabajar como maestro de primaria. Había terminado allí después de que rechazasen su solicitud en el pomposo Goldsmiths’ College de Londres. Cuando los examinadores le preguntaron la razón de querer dedicar su vida a la enseñanza, Carr respondió: «Porque deja mucho tiempo libre para otras actividades». La respuesta no gustó a los académicos. Pero Carr decía la verdad: había decidido dedicar su vida a la literatura.

Como un partido de fútbol, la vida tampoco se rige por guiones preestablecidos. Contó Byron Rogers en The Last Englisman, la biografía del escritor, que, más de cuatro décadas después de aquella negativa, cuando Carr ya era un novelista de éxito, el Goldsmisths’ College le invitó para impartir una charla. Y Carr respondió: «Tuvieron la oportunidad de tenerme como director, y la desaprovecharon». Él no hizo lo mismo con el tiempo libre que le dejaba su trabajo como maestro de provincias. Escribió mucho, y también disfrutó de los domingos jugando al fútbol. Muchos años después, en 1975, fusionó estas dos pasiones en Cómo llegamos a la final de Wembley, una hilarante novela basada en la espectacular temporada que había vivido jugando en el White Rose.

 

Escribió mucho, y también disfrutó de los domingos jugando al fútbol. Muchos años después, en 1975, fusionó estas dos pasiones en Cómo llegamos a la final de Wembley

 

Aquella temporada -contó Carr-, habían llegado a la final del torneo regional; pero el decisivo partido había terminado de una manera un tanto accidentada: una invasión de campo provocó la suspensión, y la victoria fue para el White Rose. En la novela, el personaje del señor Gidner recuerda mucho a aquel joven Carr: es un escritor de versos para tarjetas de felicitación que se ha trasladado a Steeple Sinderby, un pueblo del interior, donde se ve implicado en la increíble aventura del equipo de fútbol local, los Sinderby Wanderers. Los domingos, hace de utillero. Se encarga de que los uniformes estén limpios, coloca las redes de las porterías, echa el serrín para marcar las líneas o recoge naranjas para que los jugadores recobren fuerzas en el descanso. Los lunes, a primera hora, escribe las actas, repasa la recaudación y redacta la crónica del partido para el periódico local.

El napoleónico presidente del club, el señor Fangfoss, le ha ofrecido un dineral por escribir las memorias del club después de la gran hazaña de ganar la FA Cup, en Wembley, frente al mismísimo Glasgow Rangers. Por el camino, tumbaron al Leeds, el Aston Villa o el todopoderoso Manchester United con un equipo de mineros, granjeros, lecheros y hasta el párroco local subiendo la banda con fe inquebrantable. Un exfutbolista olvidado por la historia, Alex Sligsby, los capitaneó. «Pensar en el fútbol y soñar con el fútbol», les decía, «un partido puede depender de un clavo gastado, una zancada no dada o un instante de pérdida de concentración». En su odisea hacia la final, los Sinderby Wanderers demostraron que hubo un tiempo en que las diferencias entre profesionales y amateurs no eran insalvables. «Cuando digo amateur no me malinterpreten», escribe el cronista del Yorkshire Evening Post, «con ello quiero decir muy profesional, pero muy mal pagado».

Cuando Carr publicó la novela, el fútbol ya se había convertido en un despiadado negocio donde no cabía el romanticismo. Quizás, por esa razón, trató de encerrarlo en esta historia. Cómo llegamos la final de Wembley volvió a ser reeditada poco antes de su muerte. Carr pidió a la editorial que incluyesen la foto de un desconocido equipo amateur. Él aparecía en la línea de abajo, con la rodilla clavada en la hierba y una sonrisa iluminándole el rostro. Los compañeros, en aquel entonces, le llamaban Jim cuando le pedían que les pasase el balón. Todavía era un escritor sin obra, pero no tardaría en convertirse en uno de los mejores narradores de su tiempo.