LAZIO 0 - 3 INTER (06.05.1998)
7Nota Final
IMPORTANCIA9
EMOCIÓN5
TÁCTICA6
ESPECTÁCULO8
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8.4

Para aquellas personas que todavía no estaban acostumbradas, debió ser raro o algo diferente ver la primera final de la Copa de la UEFA a partido único. Hoy en día, sería impensable un ida y vuelta por ningún trofeo. Que dos equipos de un mismo país lleguen al último encuentro de una competición europea, es un súmmum que infla el pecho a los ciudadanos de esa nación. Y no era la primera vez que les pasaba a los italianos, incluso lo consiguieron repetir consecutivamente.

En la temporada 1997-98, tras dejar en la cuneta respectivamente al Atlético de Madrid, con solo un gol en 180 minutos, y al Spartak de Moscú, ganándole con el mismo 2-1 en dos ocasiones, la Lazio y el Inter de Milán tuvieron una cita ineludible el 6 de mayo en una primavera de las que se echan de menos por la lucha del segundo torneo a nivel de clubes en Europa. La quedada, en el estadio Parque de los Príncipes de París, hogar hoy de los petrodólares del PSG.

Luigi Simoni, que llevaba la batuta de los ‘nerazzurri, sacó al césped las siguientes once fichas. Pagliuca; Fresi; Colonnese, West, Zanetti; Winter (Morierio), Zé Elias, Simeone, Djorkaeff (Cauet); Ronaldo y Zamorano (Sartor). Entretanto, Sven-Göran Eriksson hizo lo propio con Marchegiani en la portería; Grandoni (Gottardi), Nesta, Negro, Favalli en la defensa; Fuser, Venturin (Almeyda), Jugovic, Nedvěd en la sala de maquinas; para el gol o, al menos, intentarlo, Mancini y Casiraghi. Como árbitro, López Nieto.

 

“Dos equipos muy físicos y con mucha calidad en las áreas. Esto era muy típico de esos años. Se jugaba más directo y había que andar fuerte en esos aspectos”

 

“Dos equipos muy físicos y con mucha calidad en las áreas. Esto era muy típico de esos años. Se jugaba más directo y había que andar fuerte en esos aspectos. Creo que la Lazio, más allá de Ronaldo, tenía más jugadores finos, de calidad. Acababan de fichar a Mancini, que se le recuerda poco ahora pero era un superclase. Atrás iban muy bien con Nesta, Negro, Pancaro… y Nedvěd estaba en lo mejor de su carrera”, comenta el periodista Sergio Cortina.

Es verdad que el equipo de Milán tenía alguna cosa, pero, sobre todo, era una. “Del Inter recuerdo que nos sorprendió mucho que consiguieran a Ronaldo. Había jugado tanto en el Barça que todos le veíamos allí para siempre. No es el típico jugador que Madrid o Barcelona vendan. Era impresionante”, rememora Cortina, que añade: “Simeone era un buen jugador pero de otro nivel y al chino Recoba todavía empezábamos a conocerlo. Winter ahí corriendo en medio…”.

Gran entusiasmo de las aficiones en las gradas. La fiebre por sus colores se hacía palpable en las caras pintadas con ellos. Las dos formaciones italianas vieron como sus planes cambiaban a los pocos minutos del pitido inicial. En el cinco, Simeone sobrepasaba el bosque de hombres con un pase en largo desde unos metros antes de llegar a la línea de la divisoria. El envío le llegaba a un oportunista Zamorano, que dejaba en ropa interior a la zaga defensiva romana. El chileno vacunaba la portería rival a pesar de la salida de Marchegiani por achicar agua con un toque preciso con el exterior. El Inter por delante y las cosas cambiaban. Su trono parecía que le esperaba.

Pronto empezó Ronaldo su obra de teatro particular con regates, intentos de caños, cambios de ritmo estupefácticos. Escenas de aquel partido siempre salen en los vídeos con grandes jugadas del brasileño. Después de que el incombustible Zanetti, que ya pululaba en el fútbol por esos días, le hiciera un sombrero a un zaguero ‘biancocelesti, el delantero estrellaba el esférico en la misma cruceta desde fuera del área, originando así una ocasión clamorosa de duplicar la ventaja interista. Sin mucho más, terminó la primera mitad de la contienda.

En la reanudación, la Lazio tanteaba, sin mucho éxito, empatar el partido. Fue el Inter, mediante Zamorano, quien tuvo la oportunidad de hacer más brecha en el marcador, pero el balón se topaba contra el palo. En el minuto 60, una falta lateral sacada de manera pasada por Ronaldo, el ‘9’ chileno cabeceaba, Simeone intentaba controlar pero declinaba esa posibilidad al ver que Zanetti arribaba como un cohete para lanzar un tremendo obús que topaba con la red romana tras golpear contra el larguero. Un gol que guardarías si lo marcases con la videoconsola.

Como era de esperar, con ese marcador a favor, la diversión y el orgullo invadieron a los seguidores interistas que hubo en París. El equipo de la capital de Italia parecía un pollo sin cabeza. Corría atolondrado y dando patadas a destiempo para recuperar el cuero o para canalizar la ira por no haber tenido la actuación que esperaban. Aunque aún no tuviese del todo su rubia cabellera inconfundible, el checo Pavel Nedvěd, el único que mostraba intereses para que la situación cambiase. Pero no pasó y fue a peor.

 

“El gol de Ronaldo fue una pasada. Clásica jugada del Ronaldo sano”

 

Convencido de que la bella ejecución de Ronaldo en el tercer gol hizo que ya nadie recordase los otros tantos y “eso que el de Zanetti fue bonito y Zanetti nunca marcaba”, Cortina afirma: “El gol de Ronaldo fue una pasada. Clásica jugada del Ronaldo sano. Si podía meterse hasta adentro y tumbar también al portero, lo hacía. Amagaba muy bien con el cuerpo y la bicicleta la dominaba”.

Si antes del tercero ya estaba la cosa decidida, pues con este último… Con esa mítica casaca con el escudo interista plasmado debajo de la publicidad de Pirelli, Ronaldo se lanzó a hacer croquetas con el balón, elásticas, sombreros y pisaditas. En fin, se divertía a costa de los contrincantes, ya que estos se sabían derrotados. El desenlace se enturbió con una expulsión por cada formación.

La Lazio ganó ese año la Coppa Italia y la temporada siguiente se hizo con la Recopa ante el Mallorca en el Villa Park. No sin antes protagonizar un verano de fichajes rimbombantes. Y los ‘nerazzurri siguieron a lo suyo. Los de Milán no volverían a tocar metal hasta pasado un tiempo.

Los 90, esa década en la que lo más importante ocurrió en el último año de la anterior, en el 89 con la caída del Muro de Berlín, la Copa de la UEFA con el amarillo y el verde como colores de su corporativismo, cuando el ‘Calcio‘ estaba de moda y los niños jugaban a los tazos con una cantimplora fosforita.

 


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