Miradas

¿Jugamos a un ‘rápido’?

No era el rey de los juegos. Pero ganándolo te convertías en el rey por un día. Antes se montaba un partidillo. Si no, un mundialito. Luego, el resto: alemana, chepaculos y demás. En ese mismo saco, el rápido. Bendito rápido. La mejor manera de ensayar tus disparos. El truco ideal para saber quién tenía más destreza cuando tocaba ponerse bajo palos. Nervios, velocidad y concentración eran necesarios para llegar vivo a la gran final, para ser el último soldado que quedase en pie de todos cuantos jugasen.

La primera discusión era siempre la misma: ¿Cuántas vidas tenemos? Lo normal era dejarlo en tres, número afín a esta clase de juegos. Si había prisa o mucha gente jugando se dejaba en dos. Si la intención era pasarse un buen rato ensayando disparos, cinco y no se hable más. No se hable más hasta que viene la segunda norma, que bailaba según con quién te cruzaras. ¿El que empieza de portero tiene una vida extra? Si le marcan a la primera, ojo no se lleve la cadena perpetua. Dejémosle una más, pobre. La última de las condiciones y normas a tomar antes del bombardeo: ¿Cuántos toques extra si da en el palo? ¿Hay rebote del portero? La ley no escrita decía que si la enviabas a la madera tenías tres toques más. En el segundo apéndice de la misma se añadía que si el portero la paraba podía haber una segunda oportunidad de disparo. Eso sí, pegándole de primeras; un único impacto para saber si te tocaba ir a la portería o volver a la cola de los francotiradores.

 

Siempre fuimos más de jugar el A contra el B. Mejor compartir la victoria con toda la clase. Pero esos rápidos, si los ganabas, te hacían sentir único. Beckham, Juninho, Ronaldinho y tú

 

Con las leyes ya decretadas, empezaba el juego. Antes, a ver quién es el primero en meterse y el último en chutar. Lo más fácil para decidirlo: ¡el último que toque el palo se mete! Con el portero ya bajo palos, el orden de ejecutadores se desarrollaba sobre la marcha. Después de chutar, si fallabas, tenías que ir rápido a ocupar la portería. Si el anterior arquero estaba atento y le lanzaba el balón al siguiente de la cola con prisa, este tenía todo de cara para marcar a placer. Así que no había pausa. De chutar a parar. Rápido. Dispara. Lamenta. Para. En bucle. A no ser que marcases. Entonces, alivio, tregua, vuelves a la cola. Le quitas una vida a uno y te lo saltas en el orden establecido. Aunque tenías que ser avispado, no era bueno marcarle al que mejor chutaba, luego te tocaría ponerte delante de él e intentar salvar sus cañonazos. Mejor situarse enfrente de los que no tenían tanto tacto, de aquellos que cogían carrerilla como Roberto Carlos pero acababan colándola por encima de la verja. Y así sobrevivir, ronda tras ronda, hasta plantarse en la ‘semi’. Con solo tres jugadores la calma solía regresar al juego. Los pulmones no daban para tanto. Valía más la pena concentrarse para el chut que no dejarse la vida en ir rápido a fastidiar al lento de tu amigo. Llegar a la final era la gloria. Todos mirando. Expectantes a tu diestra, a tu zurda. Hacían hasta de recogepelotas. El mundo, tu mundo, pendiente de ti. De él. De saber quién chutaba mejor. Superarlos a todos te dejaba mejor regusto que la comida del cole, claro. Por fin caviar en el paladar y no aquella sopa de lentejas.

Siempre fuimos más de jugar el A contra el B. Mejor compartir la victoria con toda la clase. Pero esos rápidos, si los ganabas, te hacían sentir único. Beckham, Juninho, Ronaldinho y tú. ¿Se puede pedir algo más? Sí. Quizá que prohibieran los rápidos de vaselinas. Ahí los más bajitos firmábamos nuestra condena eterna.

 


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Fotografía de Getty Images.

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Jorge Giner

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