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El fútbol es una isla. Un pequeño islote al que te lleva la corriente semanal y que te rescata del naufragio del domingo por la noche, de la tormenta violenta del lunes. Una isla como todas las demás: solo se llega y se sale de ella a conciencia, en barco, en avión o a nado (según el presupuesto), pero nunca por casualidad. El fútbol es un trozo de arena, bosque y piedra rodeado de todo y de nada, en el que, al menos, las cosas tienen un principio y un final, sentido y orden. Un orden asilvestrado, pero un orden al fin y al cabo. Un lugar en el que nada viene de regalo. Porque una isla es la tierra del empeño, la imaginación y la resistencia. Luchar y luchar cuando la única recompensa es el atardecer sobre un acantilado. O un estadio en el fin del mundo. Lo tomas o lo dejas.

Al fútbol, lo confeccionó una isla. Gran Bretaña era, en aquel siglo de la industria, una fábrica de fábricas, cuatro paredes de mar y un techo encapotado en los que se modelaba su mejor exportación: darle sentido a patear una pelota, traer hasta esa isla llamada fútbol su concepto de civilización. Si Gran Bretaña hubiera sido una enorme llanura de paso enclavada entre fronteras imaginarias en vez de una tierra perfectamente delimitada, si no hubiera modulado su aislamiento a placer, si no hubiera vivido en la convicción de que uno conoce su lugar en el mundo, es probable que nosotros, continentales, no hubiéramos sabido qué diantres hacer con un balón en los pies. A la vez, es igual de probable que, sin la materia prima de Europa y Sudamérica, que perfeccionó el invento, también los británicos hubieran acabado desechando el football en favor de la viveza del rugby o de la burocracia del críquet. Qué cosas: fue la tierra que al final no quiso ser europea la que creó el lenguaje con el que las naciones continentales iban a dejar de ser islas. Y así, cuando el primer balón entró en un barco con al menos once marineros, Inglaterra dejó de aislarse para volver a ser isleña. Audaz, valiente, curiosa, útil. Con los pies en la tierra y los ojos sobre el mar.

 


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