Un muro alto a escasos metros de distancia. Zapatillas viejas. Un balón. Y pelotear hasta que la suela del calzado se despegaba. Ahí, la mirada mosqueada de madres y padres al ver el descuido de la joven promesa futbolista. Así comienzan muchas historias de grandes futbolistas. De la misma manera, la de una joven niña nacida en Tilburgo, Holanda, cerca de la frontera belga. Porque, ¿quién no se ha pasado un buen rato chutando a una portería de ladrillos y hormigón imaginaria? Jackie Groenen, protagonista de esta historia, seguro que también.

No obstante, al llegar el fin de semana, se quitaba el calzado y la vestimenta de corto y se colocaba el kimono de judo. Se subía al tatami de diferentes gimnasios y comenzaban las peleas. Y resistió golpes, resistió derrotas y a base de entrega se subió a lo más alto del podio. Desde el 2007 al 2009, Groenen no concedió ni una alegría a sus rivales y durante todos esos años se proclamó campeona de Holanda sub-15 en la categoría de -32 kilos. Sus ropajes blancos combinaban a la perfección con los diferentes colores de los cinturones que se iba atando.

La luchadora no se hartó de las tarimas y fue retando una a una a las adversarias que se colocaban ante ella. La clásica reverencia; respeto sin piedad. Tras un pinchazo en los -44 kilos, en 2010, Groenen se proclamó de nuevo campeona de Holanda sub-17 en la categoría de -40. Ese mismo año, compitiendo ya a nivel europeo, se colocó el bronce alrededor del cuello dentro de la misma categoría. No contenta con tanto galardón, también logró el oro en 2011 cuando se volvió a proclamar campeona de Holanda sub-20 en la categoría de -44.

Nadie dudaba de la prometedora carrera como judoka de la joven Groenen, pero un accidente en mitad de una competición le hizo replantearse su carrera a los 17 años. Y de nuevo hay que retroceder a su infancia. La misma infancia en la que corría detrás del esférico y peleaba por él, en su sueño de convertirse en futbolista profesional.

Muy unida a su hermana Merel Groenen, ambas decidieron emprender una carrera unida al esférico y a las tarimas de los gimnasios. Ya de muy pequeñas, ambas jóvenes comenzaron a competir en el Goirlese Sportvereniging Blauw-Wit para pasar, al poco tiempo, por el VV Riel and Wilhelmina Boys y el SV Rood-Wit Veldhoven. Tras destacar y convertirse en referentes de los diferentes equipos por los que pasaban, ambas hermanas emprendieron la aventura alemana y se enrolaron en las filas del Essen, equipo con el que debutaron en la copa alemana. Pero fue la pequeña de las dos la que más éxito tuvo con el balón en los pies. En 2011, Jackie ficharía por el Duisburg. Debutó con gol y ganó peso en la plantilla. Sin embargo, un accidente fuera de los terrenos de juego molestó a la directiva del club alemán.

El día previo a un partido, Groenen se puso de nuevo el kimono y salió al tatami dispuesta a ganar. Sin embargo, la joven sufrió una de las tardes más negras de su carrera. Una rotura de cadera le obligó a parar y a pasar varios meses de baja. “Tú eliges. Fútbol o judo”, le dijeron desde el club. Ese fue el punto de inflexión. La gran decisión de su vida. A pesar de su destreza en las artes marciales, la holandesa decidió seguir con las botas puestas.

Tras una difícil recuperación, Jackie volvió a Duisburg hasta que el equipo se disolvió en 2014. Y ahí, comenzó su segunda andadura lejos de casa para intentar triunfar en tierras inglesas. El Chelsea apostó por ella y la neerlandesa respondió con dos goles en 20 partidos. Pero la aventura duró tan solo un año. Volvió a la tierra que la vio crecer como futbolista y se convirtió en una pieza importante del Frankfurt, club con el que disputó cerca de 80 partidos y anotó 13 goles.

 

Quizás salió la sonrisa de aquella niña que, ataviada con el kimono y varios oros en su colección, amaba el esférico y los campos verdes

 

También lo hizo con la selección. Groenen formaba parte del histórico combinado que levantó la Eurocopa en 2017. Además, la FIFA la incluyó en el equipo del torneo. Nacía, con ellas, una reedición de la magnífica ‘Naranja Mecánica’. Hasta aquel mismo año, los Países Bajos habían pasado con más pena que gloria por los torneos y apenas les daba para clasificarse (salvando una semifinal en 2009). Pero todo cambió con la llegada de Sarina Wiegman al combinado holandés.

La nueva entrenadora implantó un estilo de juego basado en la posesión y la verticalidad y convirtió a Holanda en la campeona de Europa. Aquel mismo año, Wiegman ganaría también el premio The Best a la mejor entrenadora del mundo. Con la nueva técnica en los banquillos, el combinado holandés se clasificó para el Mundial de Francia y de nuevo ha dado la campanada.

Ambiciosa y trabajadora, Groenen selló su futuro antes de subirse al avión con su selección. Mánchester y los ‘diablos rojos’ acabarían convenciendo a la centrocampista pero antes de embarcarse con las inglesas, Jackie puso rumbo al país galo para disputar la Copa del Mundo. Y así, partido tras partido, se plantaron en las semifinales ante las siempre temibles suecas.

Tras una primera mitad de mucho respeto, las nórdicas impusieron su potencia en la segunda parte. Balones contra los palos, ocasiones claras de unas vikingas dispuestas a pisotear tulipanes. Desde el televisor, las ‘leonas’ parecían haberse descolgado del papel de favoritas. El combate, igualado, parecía perderse con el paso de los minutos. Supieron sufrir las holandesas y forzaron el último asalto. Quizás salió la sonrisa de aquella niña que, ataviada con el kimono y varios oros en su colección, amaba el esférico y los campos verdes.

Vestida con los colores naranjas y sin un cinturón a la altura de la maltrecha cadera. El minuto 100 ya se intuía en el marcador. Piernas cansadas sobre el verde; miradas nerviosas en las gradas. Mawashi Geri de Groenen, en el judo, conocido como aquel tipo de patada circular en la que golpeas duramente con el empeine. El esférico salió violento hacia la meta defendida por Lindahl.

Pegado al palo; imposible para la portera; aroma de gol. Era la clasificación histórica de Holanda para la final de un Mundial. La primera en un torneo de estas dimensiones. Besó el esférico la red en un homenaje perfecto a aquella selección holandesa que hizo historia en los años 70. La misma que encandiló al mundo entero y, llegada de la más absoluta nada, lo cambió todo. Y corrió la ’14’, en memoria del ‘Flaco’, para demostrar que los tulipanes no son flores de un día. Coincidencia poética al servicio del balón.