Ahora que ya no hay más clase que la ciudadana, que los extremos se tocan, que todos los políticos son iguales, que no existe derecha ni izquierda y que la culpa de la crisis la tienen los coches oficiales, el debate futbolístico resulta mucho más nutritivo que la insípida y gastada tertulia política. Estamos en la edad de oro de la discusión futbolística: se habla más de lo que se juega, se opina más de lo que se estudia y se cree más de lo que se ve. Resulta curioso comprobar cómo en una época en la que incluso la política ha decidido prescindir de ella, la ideología sigue resistiendo en un ámbito supuestamente trivial como el fútbol. Pero ahí está, señalándonos nuestra trinchera antes de que se desaten sesudas deliberaciones tácticas en el bar. Miles de conversaciones que siempre sitúan un mismo nombre en el centro del huracán: Pep Guardiola. El de Santpedor es el estandarte de uno de los bandos de esta guerra. En el otro, sus enemigos siempre han encontrado símbolos capaces de hacerle sombra. Antes, Mourinho. Hoy, el ‘cholismo’.

Guardiola contra Simeone es la milésima reedición del combate del siglo. El cerrojo contra el toque. El pragmatismo contra la imaginación. El trabajo contra el talento. La picaresca contra la candidez. La industria contra el arte. La ideología en el fútbol es necesaria -sin una buena idea, no se derrota a un buen rival-, así como la dialéctica es clave para que el juego evolucione -tras el vacío de poder del Oporto de Mou, surge un Barça que sublima el mismo Pep y que encuentra como respuesta el ‘partido a partido’ atlético. Pero cuando echamos mano de clichés y visiones ortodoxas, la ideología deja de ser útil. Para comprender a Guardiola, tenemos que aislarnos del ruido, incluso del que provoca el resultado, y aceptar que su impacto cultural, guste o no, ha sido decisivo: solo así se explica que a su paso genere una oposición tan beligerante o un amor tan incondicional. Así como los mediocres son los únicos que aspiran a la unanimidad, los genios acostumbran a acumular tantos aduladores como críticos, todos armados con argumentos tan manidos que se acaban por desgastar. ¿El resultado? Un absurdo: el guardiolismo y el antiguardiolismo ya poco tienen que ver con Guardiola. Por eso, para conocer a Pep, abandonamos las trincheras y salimos en busca del equilibrio mientras esquivamos el fuego cruzado.

COMPRAR EN NUESTRA TIENDA

¿Por qué odiar a Guardiola? Su fútbol de toque es pretencioso, su superioridad moral es irritante y sus fracasos hacen justicia con el personaje y lo tiran de su pedestal. ¿Por qué amar a Guardiola? Su fútbol de toque es precioso, su superioridad irrita porque es moral y sus fracasos solo son derrotas injustas que no lo mueven de su pedestal. ¿Por qué sus enemigos le exigen mucho más que sus amigos? ¿Por qué con su estilo las derrotas parecen más rotundas que con tácticas conservadoras? ¿Por qué se sospecha tanto de su talento si le ha servido para acumular tanto éxito? ¿Por qué critican su modestia los que aplauden la humildad de otros entrenadores de éxito? Abrimos el debate sabiendo que esto no es política y que aquí no se repiten las elecciones cada seis meses. Es mucho peor: aquí se vota cada miércoles y cada domingo, y la intención de voto puede depender de un simple tiro al palo, de un penalti fallado o de un gol de Iniesta en el minuto 92.