PUBLICIDAD

AEK: madre de todos los refugiados

Uno de los capítulos de 'Grada popular. Ocho aficiones que animan a la contra', el libro de Ignacio Pato, está dedicado al AEK de Atenas. Aquí unas páginas sobre un club (y una ciudad) que no es como el resto

AEK

Este es un extracto de Grada popular, libro publicado por Panenka y que sigue disponible aquí

 

Lord Byron fue un poco precursor de las Brigadas Internacionales. Más de un siglo antes de que casi 60.000 voluntarios llegasen a España a defender la legalidad republicana, el poeta inglés se embarcó por su cuenta hacia tierras griegas. Aunque ya había estado en Atenas, esta vez no consiguió pasar de una costa jónica que, como el resto del territorio heleno, luchaba por librarse del Im- perio otomano. Unas fiebres lo mataron en la ciudad asediada de Mesolongi a los 36 años. Era 1824 y Byron no llegó a ver una Grecia plenamente independiente. Aunque quizá no compense, hoy tiene una estatua, un día nacional y hasta un barrio en la capital del país, Vyronas. Lo que le había llevado a dar su vida por aquella causa aparentemente ajena fue una fascinación filohelena que atravesó también a otros románticos de su tiempo. Justo el año de la muerte del poeta, Delacroix exponía su célebre cuadro La matanza de Quíos. Un poco más tarde, el pintor francés homenajeó explícitamente a Byron, con la mano inerte posiblemente más famosa de la pintura, en Grecia expirante entre las ruinas de Missolonghi. Junto a poetas alemanes como Goethe, Hölderlin o Schiller, le añadieron un idealismo presente a la admiración por el mundo griego antiguo, pero sobre todo, y como reacción al racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo, volvieron a poner sobre la mesa la importancia de los sentimientos y las emociones.

Lord Byron ejemplificaba bien esa unión entre intelectualismo e ímpetu. “¿Quién que tuviera algo mejor que hacer escribiría? ‘Acción, acción, acción’, dijo Demóstenes”, recordaba. Cruzó a nado el estrecho de Dardanelos, Helesponto en la Grecia clásica, tal y como lo hizo en el mito clásico Leandro para ver a su querida Hero, acabando ambos amantes bastante mal. Y se opuso con toda su alma a lo que consideraba el expolio del patrimonio griego por parte del Imperio británico. A principios de aquel siglo XIX, el conde de Elgin, gracias a un acuerdo con las autoridades otomanas todavía al mando en la zona, consiguió llevarse de allí tal cantidad de obras de arte —en particular esculturas del Partenón, pero también piezas de otros edificios de la Acrópolis como el templo de Atenea Niké— que estas son conocidas como los ‘Mármoles de Elgin’. Ni siquiera pertenecieron desde el primer momento al gobierno inglés, pues la intención inicial del aristócrata era usarlos para decorar uno de sus hogares. Su vuelta a casa ha sido una reivindicación griega recurrente. Ni siquiera lo consiguió la mediática actriz Melina Mercuri, que viajó expresamente a Londres para intentarlo mientras fue ministra de Cultura. Hoy, más de dos siglos después, las obras siguen en el Museo Británico. El propio Byron le dedicó un poema con nombre de grupo más hardcore que pop, La maldición de Minerva, a Elgin. En él llamaba ladrón a su compatriota y decía que era peor que los turcos, lo cual no era precisamente un piropo. Tampoco tiempo después, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, seguía siendo un cumplido. Con el Imperio otomano desintegrándose, tomó fuerza en Grecia el concepto de la Megali Idea, la ‘Gran Idea’. Era el intento de incluir dentro de las fronteras nacionales a territorios en los que hubiera población considerada étnicamente griega en lo que hoy es Albania, Macedonia del Norte, Bulgaria, Chipre y Turquía occidental y septentrional hasta Trebisonda, en el mar Negro. La hipotética capital estaría en Constantinopla, la actual Estambul. Era un plan del Gobierno. Alguien que aterrice hoy en día en Atenas lo hace en el aeropuerto Eleftherios Venizelos, entonces primer ministro y gran impulsor de esta versión extendida helena. Pero esta idea iba a chocar frontalmente con otro nacionalismo, el laico, comandado por Mustafá Kemal Atatürk, nacido en Salónica, dispuesto a fundar la nueva Turquía.

 

La dikéfalos aetós, el águila que vigila en dos direcciones y que sigue dando apodo al AEK, la comparte con el PAOK de Salónica, el otro gran equipo fundado por refugiados de Constantinopla

 

Los griegos, en su mayoría de fe ortodoxa, fueron expul sados de Constantinopla, Filadelfia y otros lugares. En algunos casos, con una represión feroz que sigue haciendo hablar del llamado genocidio griego. Como en la actual Izmir. Hasta Aristóteles Onassis tuvo que huir de allí. El que llegaría a ser el hombre más rico del mundo abandonó su ciudad natal durante el Gran Incendio, uno de los episodios más traumáticos de la Grecia moderna. Durante nueve días de septiembre de 1922, Esmirna ardió. Y muchos de los que no encontraron la muerte en las llamas, lo hicieron en las avalanchas o ahogados en el puerto en plena escapada. A Grecia llegó más de un millón de refugiados.

Apenas un paseo de diez minutos separa en Atenas las plazas de Monastiraki y Omonia. Las dos son puntos neurálgicos de la capital unidas en línea recta por la calle Athinas. En el trayecto, lleno de soportales y quioscos, se pasa por el mercado central y el ayuntamiento. Más allá de otros reclamos culturales, es un camino verdaderamente ateniense que conecta dos lugares bastante diferentes entre sí. Mientras Monastiraki mezcla turistas con helados y jóvenes locales que quedan a la salida de su metro para dar una vuelta, Omonia ofrece ruido de coches y unas zonas aledañas degradadas. A dos manzanas de allí está la calle Veranzerou, donde en una tienda de deportes de la época un grupo de refugiados de tierras turcas fundó en abril de 1924 el AEK. La Unión Atlética de Constantinopla. Su propósito era doble: servir de actividad deportiva para dar cohesión social al grupo recién llegado a la ciudad y mantener viva la llama de la memoria. Sus símbolos se hunden también en la Historia. Amarillo, negro y águila bicéfala ligados al Imperio bizantino. Aquella mole de un milenio que el escritor Robert Byron definió como un cuerpo romano de mente griega y alma oriental y mística. La dikéfalos aetós, el águila que vigila en dos direcciones y que sigue dando apodo al AEK, la comparte con el PAOK de Salónica, el otro gran equipo fundado por refugiados de Constantinopla. Sin embargo, en el club de la segunda ciudad del país optaron por unas alas cerradas como símbolo de la pérdida.

El AEK tardó años en habitar su propio estadio, pero este iba a estar en su propia casa, en una zona donde una gran parte de prosfyges se habían asentado, el barrio de Nea Filadelfeia, al norte de la ciudad. Fue allí donde, gracias a las influencias de su primer presidente, Konstantinos Spanoudis, diputado liberal cercano al primer ministro Venizelos, se consiguió que en unos terrenos inicialmente previstos para viviendas de refugiados se pudiera construir el estadio Nikos Goumas, hogar de la institución durante siete décadas. El equipo iba creciendo en los campos gracias a jugadores que también habían tenido que huir de Constantinopla, como su estrella Kostas Negrepontis. Solo 15 años después de su fundación, el AEK ya levantaba su primera liga griega, todavía un torneo organizado en base a grupos de clubes de Atenas, El Pireo y la región de Macedonia. Acto seguido, otra. Pero la Segunda Guerra Mundial iba a cruzarse en el camino, no solo de esta progresión deportiva, sino de toda la vida de un país que ya sufría una cancelación del progreso a la griega: un régimen al estilo de los de Salazar en Portugal y Franco en España, ultrarreligioso y anticomunista, dirigido por Ioannis Metaxas. Lo interesante es que el nacionalismo de este colisionó con el de la nunca del todo amiga Roma, y Metaxas se opuso a la injerencia en Grecia de Mussolini en su intento de dominio del sureste mediterráneo. El dictador italiano creyó que la invasión sería pan comido y los subestimados griegos consiguieron una de las primeras derrotas del Eje impidiéndole al ‘Duce’ conquistar el país. En ayuda de los fascistas, apareció enseguida su hermano mayor.

 

Mussolini creyó que la invasión sería pan comido y los subestimados griegos consiguieron una de las primeras derrotas del Eje impidiéndole al ‘Duce’ conquistar el país

 

Los nazis izaron la bandera del III Reich en la Acrópolis el 27 de abril de 1941. Bajo nubes negras no se está para desperdiciar leyendas que suban la moral. Por eso, durante décadas se contó en Grecia que Konstantinos Koukidis, el soldado que custodiaba el lugar, se negó a obedecer la orden de entregar la bandera nacional y con ella se lanzó al vacío desde aquella cima. Es uno de los mitos de la resistencia griega, una de las más activas del continente y quizá una de las que, junto a la italiana, siga teniendo mayor peso en un inconsciente colectivo nacional en la actualidad. Lo que sí ocurrió con la bandera nazi, y sirvió para dejar claro que Atenas no iba a ser una plaza dócil para Hitler, es que Apostolos Santas y Manolis Glezos, dos chicos apenas mayores de edad, subieron a la Acrópolis, la arrancaron y la tiraron a un pozo. Ni Atenas ni el resto del país iban a ser presa fácil para los nazis, en realidad. Todavía hoy, en los monasterios ortodoxos del complejo de Meteora, en la llanura de Tesalia, pueden verse cuadros con soldados alemanes cayendo montaña abajo. Algunos templos como el de San Esteban fueron atacados durante la guerra por la sospecha de acoger miembros de la resistencia. La triple ocupación —a alemanes e italianos se sumaron fuerzas búlgaras en el noreste— fue un periodo extremadamente duro para el pueblo griego. Particularmente, los nazis realizaron un saqueo sistemático de bienes, especialmente alimentos, que, agravado por la tenaza del bloqueo aliado, provocó una descomunal hambruna que se llevó por delante 300.000 vidas. La ayuda más importante para los griegos vino, significativamente, desde el otro lado del Egeo. El carguero turco Kurtulus —‘Liberación’— llevó desde Estambul hasta el puerto de El Pireo toneladas de comida recogida por la Media Luna Roja hasta que tuvo un accidente que lo hundió. Fue el Frente de Liberación Nacional, surgido del Partido Comunista, quien jugó un papel determinante en una resistencia que iba ganando terreno al ocupante y poniendo en práctica un gobierno en las zonas liberadas que incluyó las elecciones en las que la mujer griega, por primera vez en la historia, pudo votar. Pero montañas, mapas y armas no eran las únicas herramientas de aquella oposición al invasor…

 

SEGUIR LEYENDO

PanenkaFest