Ocho años después de su última comparecencia en el gran torneo continental, Rumanía volvió a sentir este verano qué significa estar en una Eurocopa. Y, la verdad sea dicha, se ganó a pulso su regreso al más alto escalón competitivo. La fase de clasificación de los hombres de Anghel Iordanescu fue un ejemplo de solidez y regularidad. El conjunto rumano fue uno de los cuatro combinados nacionales (junto a Italia, Inglaterra y Austria) que sellaron su billete para Francia sin perder ni un solo partido. Un éxito contundente que se sustentó sobre una propuesta táctica sin fisuras, diseñada con el objetivo de atragantar los automatismos ofensivos de cualquier tipo de rival, y ejecutada con precisión por un colectivo de futbolistas nada estelares pero sobradamente trabajadores. A lo largo de esos últimos meses, fue difícil quedarse con un único protagonista entre los rumanos: lo que más repitieron los analistas es que la fuerza del equipo radicaba en la unión de todas sus piezas. El guardameta Ciprian Tatarusanu (Fiorentina) y el zaguero Vlad Chiriches (Nápoles), de hecho, fueron los dos únicos integrantes de la lista de Iordanescu que gozan de un cierto prestigio internacional.

Después de una Euro en la que el bloque dejó bastante que desear, tropezándose en la fase de grupos, ahora el conjunto rumano vuelve a encarar una clasificación para un gran torneo. Pero lo cierto es que, de entrada, sorprende que esta selección siga huyendo de los nombres propios y de los personalismos, puesto que su propia historia se ha esculpido sobre apellidos que ya jamás se olvidaran. Hablamos de futbolistas ilustres, talentosos o simplemente carismáticos, que se ganaron el corazón de los aficionados por su singularidad. Imposible no extañarlos.

Venga, va. Arrojémonos nosotros también a este espiral de melancolía y recordemos algunos de ellos en imágenes.