Salir del paisaje, desertar del tedio de los lugares comunes. Esto es lo que pretendía inculcarnos el entusiasta Carlos Pérez de Rozas, uno de los mejores periodistas de todo el panorama español, en las clases de la facultad, en aquellas aulas en las que, aburridos, constatamos por enésima vez que esta maltrecha profesión solo puede vivirse genuinamente en las calles más oscuras, en los estadios más modestos. Como el de la Unió Esportiva Olot, el lugar en el que nos citamos con Xavi Ginard Torres (11.10.1986) para recordar una fecha que “siempre será especial e inolvidable”, la del lejano 16 de noviembre del 2003.

Aquel día, el joven arquero mallorquín presenció desde el banquillo del Estádio do Dragão el debut con el primer equipo del Futbol Club Barcelona de tres de sus compañeros en el Juvenil A culé: Oriol Riera, Jordi Gómez y un Leo Messi que, con tan solo 16 años, dio sus primeros pasos hacia la élite en aquel amistoso contra el Porto de José Mourinho que sirvió para inaugurar el nuevo feudo de los azuis e brancos (2-0), un encuentro en el que Frank Rijkaard, condicionado por las lesiones y por los compromisos de las selecciones internacionales, se vio obligado a recurrir al filial e incluso al juvenil para completar una convocatoria en la que tan solo constaban siete jugadores del primer equipo. A diferencia de sus tres compañeros de equipo, Ginard no pudo cumplir el sueño de estrenarse con la elástica azulgrana. “Claro que hubiera estado bien… Los jugadores de campo siempre lo han tenido más fácil en este sentido. Además, Albert Jorquera no venía jugando, así que también es normal que los 90 minutos fueran para él. Aunque es cierto que hubo un momento, en el minuto 80 o así, en el que Luis García se hizo daño… El míster, que ya había hecho todos los cambios, miró al banquillo y vio que no había ningún jugador de campo, que tan solo estaba yo. Me miró y me preguntó: ‘¿Quieres entrar como jugador?’. Lo dijo de broma, supongo… No creo que me hubiera puesto de jugador, el Barça no hace estas cosas… Pero sí, claro que me hubiera gustado debutar. Igual habría afectado a mi futuro, porque no es lo mismo haber debutado que simplemente haber ido convocado… Nunca se sabe”, lamenta el cancerbero del Olot, que encajó la noticia de la convocatoria con una mezcla de sorpresa, nervios, miedo e ilusión.

“Nuestras caras no parecen de felicidad en las fotos, pero son buenos recuerdos porque ilustran un momento precioso. Y las tendremos para siempre.”

Con todo, el imborrable recuerdo de aquel día permanece en la mente de Ginard. “Los cuatro parecíamos flanes… En realidad, era lo mismo que hacíamos habitualmente cuando teníamos un desplazamiento, pero todo era más grande. Todo era gigante, todo era nuevo para nosotros. Éramos como niños pequeños dentro de un mundo que parecía enorme, pero que era muy bonito”, rememora el guardameta de Artà, orgulloso de haber compartido vestuario con jugadores como Gerard Piqué o Cesc Fábregas y con quien acabaría convirtiéndose en uno de los mejores futbolistas de la historia. “Habrá muy pocos como Messi, no sé si nosotros podremos volver a ver algo parecido… Haber podido compartir vestuario con él no es una cosa que pueda decir todo el mundo”, celebra Ginard.

 

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La que acaban de leer es una de las últimas referencias a Leo Messi que encontrarán en el presente artículo; un texto que no busca glosar la figura del irrepetible artista argentino, sino que pretende recorrer la carrera futbolística de Xavi Ginard, la de un arquero, protagonista de grandes desilusiones, de pequeñas victorias, que descubrió el balompié en su Artà natal, en el campo de tierra en el que empezó a lastimarse las rodillas cuando apenas tenía siete años.

“Desde que tengo uso de razón, recuerdo haber hecho siempre de portero. Mi padre, que llegó hasta Tercera División, lo era, así que supongo que me viene de aquí”, apunta un Ginard que, sonriente, también reconoce que espera que su hijo no continúe la tradición familiar porque no quiere que sufra tanto, aunque “va por el camino”. “La eterna dicotomía entre ser el bueno o el malo, entre ser el héroe o el villano, con la que convivimos los porteros puede parecer muy atractiva desde fuera, pero dentro del campo, dentro de tu cabeza, tienes que saber mantener siempre la calma. Todos somos humanos, todos podemos fallar”, asevera el cancerbero mallorquín antes de recordar, con el rostro desencajado, con una insondable tristeza, que todavía guarda unos guantes que le regaló el añorado Robert Enke, el triste protagonista del caso que mejor ilustra la soledad con la que tienen que convivir los porteros a diario.

 

“La eterna dicotomía entre ser el héroe o ser el villano con la que convivimos los porteros puede parecer muy atractiva, pero dentro del campo tienes que saber mantener la calma”

 

El arquero del Olot recaló en el Barça en el primer año de juvenil (2002), después de varias buenas temporadas con el Manacor. El Real Madrid, el Villarreal, el Espanyol o el Mallorca también se interesaron en hacerse con sus servicios, pero Ginard, que en aquella época llegó a ser convocado por la selección española sub-16, acabó decantándose por el Barcelona por “el nombre que tiene La Masia”. La etapa del guardameta balear en el Barça, que coincidió con una época complicada en la que “todavía no era todo tan bonito”, acabó en 2005.

“En el último año como juvenil padecí una lesión crónica en las rodillas. Cuando estás ahí tienes que ser consciente de que el Barça puede tener a quien quiera, de que quiere tener a los mejores, de que tener un jugador lesionado no le sale a cuenta. Me dieron la opción de salir cedido, pero en aquel momento estaba muy enfadado, tanto conmigo como con el resto del mundo, así que me fui a casa. Quizás me equivoqué, pero el fútbol, como la vida, son decisiones, es entender que jamás sabrás cual era la mejor opción porque nunca podrás tirar atrás. En el Barça todo es inmenso, todo es muy bonito… Entonces empecé a vivir la vida real”, recalca un Ginard que, sabedor de que “si quieres dedicarte al fútbol, tienes que buscarte la vida donde sea”, comenzó un largo periplo en los infiernos del balompié español, coleccionando experiencias en un fútbol “muy difícil”.

 

“El fútbol, como la vida, son decisiones, es entender que jamás sabrás cual era la mejor opción porque nunca podrás tirar atrás”

 

El cancerbero mallorquín cambió los flashes por los campos de césped artificial, pasó de lucir la reluciente elástica del Futbol Club Barcelona a cobrar 200 euros para defender la del modesto Felanitx de la Tercera División, el equipo que le acogió cuando tan solo faltaba una semana para arrancar la competición, después de que el Mallorca B le dijera que no contaba con él a pesar de haber completado la pretemporada con el filial bermellón. “Tenía que compaginarlo con otro trabajo. Conducía el camión de una carpintería. Trabajar de las siete de la mañana a las tres de la tarde, salir e ir a comer, al gimnasio y a entrenar… Pero agradezco haber tenido que hacer todas estas cosas. Porque te hacen ser más humilde, porque te hacen ver la realidad”, enfatiza.

Después de pasar por el Manacor y el Binissalem, Ginard aceptó la oferta del Sabadell de la Segunda División B (2009). “Fue una temporada complicada porque tan solo jugué tres partidos, así que decidí regresar a Tercera de la mano del Campos”, admite el guardameta del Olot antes de dibujar un insospechado giro en su particular historia, el que protagonizó al flirtear con el fútbol playa, una disciplina “tan diferente como divertida”. “El portero de la selección balear estaba lesionado, así que me pidieron si quería ir a probarlo en un torneo de selecciones autonómicas que se disputó en Mallorca a mediados de temporada. Perdimos contra Andalucía en la final, pero el seleccionador nacional vino a verme. Me preguntó por las sensaciones que había tenido, me dijo: ‘Si quieres un día te llamo y vienes a hacer un entrenamiento con la selección'”, rememora Ginard, que en aquella época llegó a vestir la camiseta de la selección española varios torneos internacionales.

“En paralelo, el entrenador del Campos me consiguió una prueba con el Atlético Baleares de la Segunda División B para hacer la pretemporada. En el último torneo ya tenía la oferta, así que se lo comenté al seleccionador. ‘El fútbol playa todavía no está explotado. En invierno no hay… Tienes ser tú quien decida’, me dijo él. Ellos estaban contentos conmigo porque veían que tenía futuro en el fútbol playa, pero claro… No estaba remunerado y no podía vivir de ello, así que decidí continuar con el fútbol convencional”, continúa el cancerbero del Olot, que por fin halló la estabilidad en el Atlético Balears, donde coincidió con futbolistas de la talla de Florin Andone, Antoñito, Dani Martín, Roque Mesa, José Izquierdo, Martín Mantovani, David Sánchez o Jesús Perera. “El que cobraba menos ganaba diez o doce mil euros al mes… Y después estaba yo. Fui allí como segundo portero, pero por un cúmulo de circunstancias acabé jugando yo. Así es el fútbol, nunca sabes qué puede pasar”, relata un Ginard que, después de tres buenas temporadas en la categoría de bronce del balompié español, decidió poner rumbo a Grecia (2014).

 

“Así es el fútbol, nunca sabes qué puede pasar”

 

“Cuando te sale una oferta de una liga como la primera división griega tienes que aprovecharla. ‘¡Joder! No puedes desaprovechar una oportunidad así’, pensé”, continúa el arquero balear, que en el fútbol heleno volvió a saborear la cara más amarga del balompié. “Fue muy complicado, fue muy duro desde el principio. Cuando llegamos ahí los tres españoles que habíamos fichado por el Veria (David Vázquez y Jokin Esparza eran los otros dos) el representante nos había engañado un poco… El club tenía que darnos dinero, pero el representante nos había dicho que no, así que cuando nos pagaron nos exigió que se lo diéramos a él. Futbolísticamente no fue un mal año, pero económicamente es un país muy complicado. Fue un año difícil, con muchos impagos…”, reconoce un Ginard que se vio obligado a recurrir a la justicia para reclamar que el Veria le pagara lo que le debía. Y añade: “En el mundo del fútbol, Grecia es un país de locos. Es que mi caso fue surrealista, porque en la pretemporada siguiente incluso me apartaron del equipo. Además, yo tenía la experiencia de un compañero español, que estaba en Larissa, al que el presidente había llegado al extremo de amenazarle con una pistola para que retirara la denuncia y se fuera de ahí. Estaba muy cagado, porque, además, no estás en tu casa…. Al final acabé cobrando el 50% de lo que estipulaba el contrato. Hubiera podido cobrar el 100%, pero ya no podía más. Ya no tenía fuerzas”, admite el ‘1’ del Olot.

La situación aún se volvió más incomprensible cuando recibió una oferta del Aris de Salónica, un club que por aquel entonces era propiedad del mismo hombre que presidía el Veria. “Yo flipaba. Veníamos de discutirnos, de decirnos de todo… El Aris estaba en segunda división, pero es uno de los históricos del fútbol heleno, así que acepté. Allí nos quedaron a deber los últimos tres meses, pero en este caso sí que ya no podíamos hacer nada… Además, ya tenía ganas de volver, de hacer las maletas y regresar a España”, asegura Ginard, profundamente desencantado con el balompié heleno.

Sin duda, los momentos más duros en la carrera de Ginard son los que vivió al llegar a España. “Necesitaba desconectar del fútbol, de todo… Lo había pasado muy mal en Grecia. Y claro, cuando sales de España, si te va bien, es muy fácil regresar y encontrar cosas… Pero si no destacas, volver a entrar en el mercado español es complicado. Me salió alguna cosa en Tercera, pero ya no tenía 18 años para hacer lo que había hecho antes, para cobrar 100 euros y perder dinero tan solo con los viajes… Estuve entrenando con el Cerverense de Preferente e incluso me hicieron ficha, hasta que, afortunadamente, surgió la propuesta del Olot. Si no hubiera llegado, creo que el fútbol se hubiera acabado para mí”, reconoce el cancerbero de Artà, que recibió la oferta del Olot “como un regalo”.

“Por suerte pude continuar jugando al fútbol, aunque es cierto que llegué pasado de forma. Porque, claro, en el Cerverense entrenábamos tres veces a la semana, pero yo tan solo podía ir a dos porque trabajaba de monitor en una piscina. Es que de alguna cosa tienes que vivir… Hablé con mi representante: ‘Mira, que me den lo mínimo para poder subsistir y nos vamos hacía allí'”, rememora el arquero mallorquín, que con el tiempo ha ido enterrando las decepciones que vivió en el fútbol heleno. Feliz, convertido en uno de los grandes puntales del Olot, agradecido por la continuidad, por la estabilidad y por el trato familiar que ha encontrado en la Garrotxa (“Aunque me pagaran 50 veces más, después de lo que sufrí en Grecia todo esto no lo cambio por nada”); Ginard disfruta ahora del momento más brillante de una carrera en la que ha tenido que sufrir lo indescriptible hasta hallar, por fin, la felicidad en Segunda B, “una categoría complicada, tanto profesionalmente como futbolísticamente”.

 

“Sin el fútbol, no sé qué sería ahora mismo”

 

“Es un portero que nos da puntos, un jugador que se ha ganado el cariño de la afición con su enorme calidad humana y futbolística. Es nuestro ángel de la guarda bajo palos”, afirma, convencido, el jefe de prensa del conjunto catalán al terminar una conversación en la que queda meridianamente clara la pasión con la que Ginard entiende el balompié. “Poder dedicarse a esto no tiene precio… Es que el fútbol es mi vida. Gracias al fútbol conocí a mi mujer, gracias al fútbol he tenido a mi hijo… No sé, lo es todo. Gracias al fútbol he llegado hasta donde he llegado”, enfatiza el canterano del Barcelona antes de recalcar que el balompié “es una escuela para la vida”. “Tanto los momentos buenos como los malos te hacen ver las cosas de una manera diferente, te hacen ser más fuerte. Por todo esto me encantaría que mi hijo practicara algún deporte como el fútbol. Vivir vestuarios, descubrir el valor del compañerismo, persistir pase lo que pase… Es que yo, sin el fútbol, no sé qué sería ahora mismo”, proclama el cancerbero balear, un futbolista tan sencillo como humilde, de aquellos que saludan por su nombre a quienes se acercan al bar del estadio durante la mañana de un martes cualquiera; de aquellos que se disculpan antes de explayarse al relatar vivencias propias porque creen que quizás no son relevantes en un mundo que tan solo se interesa en ellos para descubrir cómo era Leo Messi cuando debutó con el Barça.

“Es curioso. Pero así es el fútbol…”, suspira el arquero mallorquín, dolorosamente consciente de que este viernes le tocará responder la enésima entrevista sobre el ‘10’ en la que seguramente volverán a olvidarse de presentarle como alguien que continúa dedicándose al balompié con la misma irrefrenable pasión con la que lo hace Leo Messi; con la misma callada dignidad con la que, hace unos años, el propio Xavi Ginard Torres compatibilizaba los guantes con la furgoneta de aquella modesta carpintería que jamás le vio abandonar el sueño de convertirse en futbolista.