Fotografías de Fran Manzanera

 


Sus piernas trotaron por los campos de Primera y Segunda durante 20 temporadas consecutivas, tiempo en el que Quique Setién (Santander, 1958) aprendió a amar una profesión que ahora lleva al terreno de la gestión desde los banquillos. A partir de hoy, en concreto, desde el del Barcelona. Le acompaña en esta exigente aventura la pausa de quien sabe reflexionar antes de mover ficha.


A los 14 años, trabajaba de ocho de la mañana a ocho de la noche como botones en las oficinas del Colegio de Farmacéuticos de Santander. Hoy, quizá ya no se parezca a ese adolescente. Quique Setién se hizo mayor y para no envejecer se rodeó de gente joven, «de una mujer más joven y hasta de una niña de seis años», con la que hoy pasa la tarde, sentado en un banco, viéndola como se sube y se baja de los columpios, en el parque del viejo estadio de El Insular de Las Palmas. Luego, se irá a casa a trabajar, a preparar los últimos detalles del partido del sábado. Vida de entrenador, cerebro de entrenador. Noches en vela, decisiones a fuego lento en las que asegura que nunca se ha portado «como un cabrón con nadie». Quizá porque Quique Setién nunca dejará de ser un reflejo de aquel chaval que iba a la carrera por las calles de Santander y que en la soledad que le dejaba la batalla escribía las crónicas de sus propios partidos en una vieja máquina de escribir Olivetti que le prestaba un compañero: envejeció pero no olvidó.

 

Con tanta crónica de sus partidos escritas a máquina jugaría con ventaja.

No sé. No sé exactamente de qué me sirvió de cara al futuro. Quizá para descubrir que el fútbol no sólo era un juego. También una pasión, un compromiso que te valía para culturizarte o para familiarizarte con las letras. Yo nunca estudié mucho y, de repente, escribir, vivir entre letras, buscar el significado de las palabras en el diccionario, encontrar sinónimos… Desde entonces, es verdad que el diccionario casi siempre me acompaña.

¿Y cuál fue la mejor metáfora que encontró en el diccionario?

Quizá no sabría decir, pero en aquella época extrañaba que yo, como futbolista, jugase al ajedrez. Y a mí, en vez de extrañarme, me envalentonaba porque me permitía encontrar similitudes entre la mente y el físico, entre el fútbol y el ajedrez, donde en realidad, pasa lo mismo: las piezas se protegen y se conectan para atacar y defender y en ambos casos es fundamental dominar el centro del tablero.

¿Entonces jugar al ajedrez le hizo mejor entrenador?

Tampoco lo sé. No tengo una respuesta científica para eso. Pero quizá me dio pausa, me ayudó a pensar, a anticiparme a las cosas, a descartar decisiones impulsivas, a no contemplarlas siquiera…

¿A día de hoy, ya redujo distancias con la sabiduría?

No, qué va. Ni tan siquiera me aproximo a ella. Me sobran años, pero no me sobran dudas. No es fácil ni tan siquiera hablar. No siempre sabes decir lo que quieres decir. Pero creo que el tiempo sí me enseñó a reflexionar, a descubrir cada día que me faltan muchas cosas y que necesitaría otra vida para aprenderlas.

 

«En mi época extrañaba que jugase al ajedrez. Pero a mí me permitía encontrar similitudes entre dos disciplinas donde es básico dominar el centro del tablero»

 

¿Y, si le faltan tantas cosas, se puede ser un buen entrenador?

Sí, claro, supongo que sí, aunque eso de ser un buen o un mal entrenador ¿qué es eso, en realidad? Yo me mido por cómo hablan los futbolistas de mí y entonces veo que hay un porcentaje alto que reconocen que les he ayudado a mejorar, porque les convencí con la palabra. Ni tan siquiera pretendí cambiarlos, porque eso requiere un tiempo que casi nunca tenemos. Por eso a veces lo último que hablamos es de fútbol y, aun así, descubrimos que ése es un tiempo bien invertido.

Bien, eso da pie a sacar esta conversación de la cancha. ¿Qué ha comido hoy, por ejemplo?

Unas judías que ha hecho mi mujer y que, sin ser su especialidad, estaban estupendas a pesar de que las he comido a toda prisa, porque tenía que ir a recoger a la niña al colegio.

¿La comida es cultura?

Yo creo que no. Pero alrededor de una buena mesa sí he disfrutado y, si se habla de fútbol, entonces me desboco. Si no es de fútbol prefiero callar y aprender… pero si es de fútbol siento que tengo cosas que aportar, porque ese tiempo me pertenece. Sin ir más lejos, ayer comí con un argentino que me dejó marcado; aquello fue un tesoro.

¿Por qué nunca entrenó en Buenos Aires?

Supongo que como en muchos otros lugares, ¿por qué?, es una pregunta sin respuesta. Pero, mire, siempre recordaré la única vez que estuve en Buenos Aires y fui a ver un Boca-River. Al día siguiente, me levanté temprano para comprar Clarin y leer la crónica del partido y, al leerla, sentí lo mismo que había vivido en el estadio, donde no paré de hablar con espectadores. No sólo fui a ver. También a aprender, y descubrí que esos espectadores seguramente podrían ser entrenadores, porque tienen el concepto, la idea, clarísima. Quizá lo único que no sabrían es lo que se pueden encontrar dentro de un vestuario…

¿A veces es necesario huir, alejarse del fútbol?

No, nunca huiría del fútbol. Verlo, jugarlo, dirigir a un grupo de futbolistas, eso es irrepetible, salga bien o salga mal. Por eso busco siempre el lado divertido de las cosas. Me aíslo de los resultados. No consiento que influyan en mi vida si realmente he conseguido enseñar a los futbolistas mi manera de pensar y de vivir este deporte.

¿Y eso no es rutina?

No se engañe. La rutina no existe en el fútbol. Cada día ves algo que te parece que no has visto nunca, que te resulta extraordinario… y hablo ya sólo de entrenamientos. ¿Qué clase de rutina es esa? De eso uno nunca puede cansarse.

Una vida para soñar.

Yo sólo sueño con fútbol cuando tengo muchas dudas con los once futbolistas que tengo que alinear o con los que voy a dejar fuera de la convocatoria, porque eso casi nunca uno lo ve claro, pero… Hay que hacerlo, no te queda otra, tienes que seleccionar entre lo que tienes, la vida de entrenador es eso.

 

«Internet ha perjudicado la esencia del fútbol. Ahora, de lo primero que se habla es de táctica y yo me pregunto: »¿no estaremos cortando la iniciativa al jugador?»

 

Quique aún conserva esas hojas llenas de vida y emociones en las que descubrió que el fútbol es algo más que un juego. Luego, se hizo mayor. Tuvo el atrevimiento de discutir con entrenadores a los que les irritaba que la pelota pisase el suelo, porque la querían ver siempre por los aires. Jugó y triunfó sin ningún problema de conciencia. Tiene una casa en Liencres con vistas al mar salvaje. Pero ni siquiera así se aleja del niño de barrio que fue, que golpeaba con los índices las teclas de aquella máquina en la que era él quien marcaba los tiempos. Entonces tenía todo el tiempo del mundo para pensar, para explicarse o para diferenciarse. Así que hoy es inútil distanciarse del pasado y de esa biografía suya que escribió en 1995, un año antes de retirarse.

 

 

¿Qué hace usted en una noche en vela?

Me quedo tranquilo en la cama con los ojos cerrados. Celebro esa oscuridad. Por la noche es cuando mejor pienso. Me acuerdo entonces de aquellas cosas que no veía claras a las cuatro de la tarde y que, sin embargo, ahora veo con total claridad. Por eso necesito estar a oscuras, es mi salvación por encima del ruido del mar, la arena de la playa…

El silencio es muy interesante.

Sí, puede que sí, claro.

Quizá sea la herencia del niño que escribía sus propias crónicas, del apasionado del ajedrez…

Bueno, es que escribir es muy complicado… A mí me cuesta un mundo y no sé si todo viene de ahí, claro, pero podría ser… En el silencio uno saca mucho jugo de su propia imaginación. Mire, una de las cosas que más me fastidiaba era cuando pensaba algo para escribir por la noche y, a la mañana, cuando me levantaba, se me había olvidado. Así que ahora para que no me pase duermo al lado de un bolígrafo y un papel y lo apunto todo, claro.

Pudo ser como Cruyff y se quedó en Quique Setién. ¿Fue un error?

No se crea. Yo tenía calidad. Sabía parar un balón que bajaba desde el cielo. No tenía ni que mirarlo, pero era muy lento. No tenia cambio de ritmo ni velocidad. No trabajaba nada la fuerza y ni sabía que podía trabajarse. En mi época nadie me explicó que la fuerza podía trabajarse y que con ella podía ser también más rápido.

¿Por qué la culpa siempre es de los demás?

No, no, para nada. Son épocas. Son referentes. ¿Qué referentes tenía yo cuando era un chaval de 20 años que venía de juveniles? ¿En quién me podía fijar? Veía a compañeros que llegaban borrachos a las concentraciones… Y como yo era un crío y veía esas cosas a lo mejor llegó el día en el que pensé: »esto es lo que hay que hacer para jugar al fútbol». Y hoy, que han pasado tantos años, me doy cuenta de que no o de que mi formación no fue la adecuada.

¿Internet mejoró al fútbol?

No, para nada. Creo que ahora uno tiene más conocimiento, pero la esencia del fútbol no se transmite en Internet. En ese sentido hasta le ha perjudicado. Ahora, de lo primero que se habla es de táctica y de equilibrio hasta el día que se te ocurre preguntarte: »¿no le estaremos cortando la iniciativa al futbolista?», y en mi caso recuerdo cuando empecé a jugar al fútbol en mi barrio… Tenía toda la libertad del mundo.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

Pero la esencia del fútbol siempre será la misma.

La esencia del fútbol fue Preciado, que fue un futbolista vulgar y acaso malo.

Hay futbolistas que te dejan una historia, un poso inolvidable. Es más, si le hablo de mis referentes ni me acuerdo exactamente de si eran buenos o malos futbolistas. No me importaba. Me importaban otras cosas. Me acuerdo de lo que me transmitían por otras facetas como el sentido común y me doy cuenta de que esa gente no tiene precio. Gente que sin condiciones se gana el respeto de los compañeros; y hablo de los compañeros, no del público o de la prensa, cuya visión es más superficial. Lo que uno ve dentro del vestuario no se olvida nunca.

¿Y qué se ve dentro de un vestuario?

El fútbol, en realidad, es un reflejo de la vida, encuentras personas que dan la vida por ti y otras que no. Ha llegado un momento en el que detecto de qué clase son mis jugadores según cómo se comportan en el terreno de juego: si son egoístas, individualistas, si saben jugar en grupo… A mi edad es difícil que me equivoque.

Su biografía como entrenador transita por carreteras secundarias. ¿Qué es lo más importante que hizo usted por la humanidad?

No le he hecho mal a nadie conscientemente… Soy un tipo bondadoso que no acostumbro a tocarle los huevos a nadie, al contrario.

 

«En el fútbol encuentras personas que dan la vida por ti y otras que no. Detecto de qué clase son mis jugadores según cómo se comportan en el césped»

 

¿Entonces por la espalda habla bien de todo el mundo?

Tampoco es eso, vamos a ver. No le voy a engañar. Supongo que alguna vez sí: todos tenemos momentos de debilidad. No siempre tenemos razón. Yo mismo fui un futbolista difícil para los técnicos. Quizá por eso el día que decidí hacerme entrenador tenía tantas dudas, y al final…

¿Qué ha pasado al final?

He encontrado una profesión que me gusta y no todo el mundo puede decirlo. Tengo amigos a los que no les queda otro remedio que levantarse a las siete de la mañana para hacer algo que no les gusta y, sin embargo, yo… El único problema que puedo tener es que mientras estoy hablando con usted no hago más que pensar en quién voy a dejar fuera en el partido del sábado…

Es el poder de los entrenadores.

¿Cree usted que eso es poder?

Supongo que sí.

Si alguna vez dejo de ser entrenador será por eso, porque cada vez que dejo a alguien fuera sé como lo va a pasar… Sé que le estoy haciendo daño, porque también me lo hicieron a mí, pero al día siguiente tengo que mirarle a la cara porque no le estoy haciendo nada que no pueda hacer. En su contrato no hay cláusulas que me obliguen a convocarle siempre.

 

Empieza a a anochecer en Las Palmas. El clima es muy cálido y hasta la arena de la playa es una tentación, incluso, en tardes de labor como la de hoy, en la que Quique no se reprocha ni uno solo de sus años. «Mis rodillas y mi cadera a veces no piensan igual, pero sólo ellas». El hombre, sí; el entrenador que, después de cenar, volverá a encerrarse en una habitación, delante de la tableta, para preparar el partido del sábado, también. Y aunque esta vez no ejerza otras dos de sus grandes pasiones, escribir y jugar al ajedrez, difícilmente se separa de ellas.

 


Esta entrevista está extraída del interior del #Panenka48, un número que todavía puedes adquirir aquí.