Miradas

El peor texto de Gabriel García Márquez… era futbolero

Este reportaje está extraído del #Panenka82, un número que sigue disponible aquí

 

En ocasiones, Danilo Bartulín se quedaba callado, mirando hacia ninguna parte. Un telón vidrioso caía sobre sus ojos perdidos y Gabriel García Márquez se preguntaba en qué estaría pensando. Bartulín había visto la muerte de cerca tantas veces que García Márquez lo torpedeó a preguntas una vez entendió que ya eran amigos y que podía acceder, poco a poco, a sus secretos. Fue a finales de los 70 e inicios de los 80, cuando los dos coincidieron en México como exiliados. Bartulín, el médico personal de Salvador Allende, el último civil que vio con vida al cantante Víctor Jara antes de su asesinato, llegó a tierras aztecas escapando de Pinochet. García Márquez lo hizo huyendo de una Colombia partida por la mitad por la violencia y del gobierno de Julio César Turbay, que lo acusaba de simpatizar con grupos armados. Pese a todo lo que habían visto, los dos siempre conservaron una alegría vital que los unió alrededor de copas, puros, bailes y charlas donde se mezclaba esa historia escrita en letras mayúsculas con esa menos importante escrita en minúsculas. Esa que habla de placeres como el fútbol.

Fue así como, en 1994, García Márquez le dijo a Bartulín que Colombia ganaría el Mundial de Estados Unidos. La selección de Maturana venía de golear por 0-5 a los argentinos y la mente prodigiosa del escritor ya imaginó las celebraciones en cada pueblo, en cada ciudad. Bartulín, más cauto -como todo buen chileno-, le dijo que Colombia no tenía ni una sola opción de alzar la copa. De esa discusión nació una apuesta que García Márquez nunca olvidaría: se jugó su coche, un Mercedes Benz, con una condición. La apuesta solamente sería válida si Carlos Valderrama, la gran estrella colombiana, entonces lesionado, podía jugar la fase final. Bartulín ganó la partida, aunque no quiso recibir el coche pese a la insistencia del derrotado García Márquez.

“El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo”, escribió en una columna en el periódico El Heraldo un joven García Márquez en 1950, cuando fue enviado para escribir una crónica de un partido entre el Junior de Barranquilla y el Millonarios de Bogotá. Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – México, 2014) se definía a sí mismo como un hincha. Y su equipo era el Junior. El premio Nobel de Literatura de 1982, el hombre que, observando la cruda y mágica realidad de la Colombia de sus padres y abuelos, nos dejó en herencia una obra universal, no abandonó en un cajón sus textos sobre el deporte rey. El fútbol le gustó y formó parte de sus años de formación como periodista. Pues el periodista vino antes que el escritor. Aunque antes, cómo no, existió el niño.

 

El escritor jugó como portero y defensa pero aparcó el fútbol en la universidad. Hasta que volvió a Barranquilla

 

FÚTBOL E INTERÉS SOCIAL

El primer contacto de ‘Gabo’ con el fútbol fue en su Aracataca natal, cuando fue introducido en el arte de patear una pelota por Carmelo Correa García, un chico a quien García Márquez definía como su amigo “prenatal”, pues sus respectivas madres hablaban cuando estaban embarazadas. Después jugó bastante bien como portero en el Colegio San José de Barranquilla y llegó a ser capitán del equipo del internado de Zipaquirá, donde se empleaba como defensa. Pero con la llegada de la universidad, el fútbol fue abandonado, arrinconado. Y allí se quedó, esperando volver a la vida del futuro Nobel.

Un reencuentro que tuvo lugar en 1950, cuando García Márquez volvió a Barranquilla -ciudad en la que había vivido cuando era un niño enamorado del cómic- procedente de Cartagena de Indias, donde dio sus primeros pasos como periodista. El joven ‘Gabo’ entró en la redacción de El Heraldo recomendado por Clemente Manuel Zabala, su jefe en El Universal de Cartagena, quien sabía que la ciudad que dejaba atrás quizás era más hermosa, pero también que el nuevo destino era ideal para el alma popular y alocada del escritor. Y así fue. Rápidamente, ‘Gabo’ se enamoró de una ciudad alegre y canalla, donde el mismo día podías dialogar con un abogado elegante, tomar una cerveza helada con un ladrón y acabar recitando Shakespeare mientras salía el sol en un prostíbulo.

García Márquez se integró en un grupo de escritores y periodistas que se encontraban en el Café Roma, “una tasca de refugiados españoles que no cerraba nunca por la razón simple de que no tenía puertas” o la librería Mundo, donde esos jóvenes colombianos se arremolinaban para escuchar a Don Ramón Vinyes, quien regentaba la librería. El maestro catalán que tanto marcó a García Márquez, hasta el punto que lo inmortalizó en las últimas páginas de Cien años de soledad, fue una figura clave en su formación. Fue allí donde ‘Gabo’ aprendió algunas de las expresiones catalanas que ya sabía incluso antes de llegar a Barcelona en los 70, como ‘estem ben fotuts‘ (‘Estamos bien jodidos’). García Márquez solamente pudo hablar a solas una vez con Vinyes, un escritor nacido en Berga que escapó del franquismo por su militancia catalanista. Fue en el café Japy, otro templo de las charlas sin fin que ya no existe en Barranquilla, poco antes de que Vinyes volviera a Barcelona, donde falleció en 1952. ‘Gabo’ aprovechó esa charla para que el ‘sabio catalán’ pudiera leer el primer borrador de un capítulo de Cien años de soledad. Suyo fue el consejo de que la ciudad escenario de los hechos no se llamara Barranquilla, para que no fuera presa de la realidad. Así nació Macondo.

En 1950, ese grupo de chicos que se arremolinaba alrededor de Vinyes y sus libros, emprendió el proyecto de crear una revista literaria: Crónica. El director era Alfonso Fuenmayor, quien consiguió el dinero para sacar adelante una publicación de 20 páginas en la que García Márquez escribió algunas de sus primeras grandes piezas. El primer número salió el 29 de abril de 1950 y en su portada había un dibujo obra de Alfonso Melo del personaje de la semana en Barranquilla: Heleno de Freitas. Un futbolista. “El mayor acontecimiento periodístico de la semana -con una ventaja absoluta- había sido la llegada del futbolista brasileño Helenio de Freitas para el Deportivo Junior, pero no lo trataríamos en competencia con la prensa especializada, sino como una noticia grande de interés cultural y social. Crónica no se dejaría encasillar por esa clase de distinciones, y menos tratándose de algo tan popular como el fútbol. La decisión fue unánime y el trabajo, eficaz”, escribió García Márquez en sus memorias. El primer ejemplar salió justo antes de un derbi local entre el Deportivo Junior (García Márquez siempre se refería así a su club del alma) y el Sporting de Barranquilla, club que desapareció en 1953, pese a que volvió a la vida brevemente a finales de los 80. Los padres de la revista, jóvenes intelectuales que se podían pelear por William Faulkner, también tenían divergencias por el fútbol: Alfonso Fuenmayor y García Márquez eran hinchas del Junior; Germán Vargas y Álvaro Cepeda, los otros nombres de peso del proyecto, del Sporting.

Los cuatro asistieron al partido, viendo con orgullo algunos ejemplares de la revista repartidos por la grada, en cuya edición habitaba un reportaje central de Cepeda, el más futbolero de todos, sobre la figura de Heleno de Freitas, un delantero internacional que había jugado en el Botafogo, Boca Juniors y Vasco da Gama, creando una fama de amante de la noche. O sea, encajaba a la perfección en esa Barranquilla de los 50. Heleno marcó el 0-1 ya a los seis minutos del choque, aunque el partido lo ganó el Sporting por 3-2.

 

El primer número de la revista Crónica fue un éxito. Pero la gente creyó que era de deportes. Error

 

‘UN VASCO EJEMPLAR’

El primer número de Crónica fue un éxito de ventas, pero se trató de un parto complicado. “El solo nombre de Heleno y el excelente reportaje de Germán Vargas sustentaron el equívoco de que Crónica era por fin la gran revista deportiva que Colombia esperaba”, recordaría García Márquez, después de ver, con dolor, como las ventas de los siguientes ejemplares se hundieron, por la deserción de los hinchas del Junior y el Sporting, que compraban la revista esperando encontrar crónicas de goles, para acabar descubriendo en su interior críticas literarias. El consejo de redacción de la revista pues, apostó por intentar recuperar algunos de esos lectores, considerando que, al final, el fútbol también era una parte central de la vida en Barranquilla. Y fue precisamente García Márquez el encargado de escribir un reportaje sobre Sebastián Berascochea, un centrocampista uruguayo del Junior. ‘Gabo’ recordaría cómo aquellas crónicas le permitieron volver a los terrenos de juego y recuperar la pasión por el fútbol, pues entonces, como confesaría el propio autor, “la fiebre del balón que Luis Carmelo Correa me había contagiado en los potreros de Aracataca se me había bajado casi a cero. Además, yo era de los fanáticos precoces del béisbol en el Caribe”.

Berascochea, nacido en 1917, era un uruguayo que había jugado la mayor parte de su carrera en Brasil, en el Vasco da Gama y el Fluminense, antes de llegar al Junior en esos años en los que los clubes colombianos se abrieron al profesionalismo, desafiando las normas de la época de la FIFA y pagando grandes sumas de dinero a los mejores futbolistas de la época. Los dos charlaron algunas horas, ‘Gabo’ lo vio jugar en directo y, orgulloso, entregó el reportaje, que fue publicado. Un texto que fue “lo peor de todo lo que yo he escrito”, como admitió el mismo García Márquez, según su amigo Germán Vargas. Y es que el texto contenía un grave error: la definición del uruguayo como “un vasco ejemplar”, dando por sentado que, con ese apellido, tenía sangre vasca. Y eso que “Berascochea era un negro retinto de la mejor estirpe africana” que no sabía como le había llegado ese apellido, pero estaba seguro de no tener antepasados vascos. Entre ese error y un léxico inseguro para explicar el juego, García Márquez sufrió el azote de la crítica del público en forma de cartas donde era acusado de no saber diferenciar un balón de un tranvía. El peor texto de García Márquez, pues, fue sobre fútbol. Y en la revista decidieron que los textos deportivos serían siempre cosa de Vargas.

 

‘Gabo’ realizó un perfil del futbolista Berascochea repleto de errores y la crítica le azotó

 

Pese a ello, García Márquez escribiría más sobre fútbol en las páginas de El Heraldo, como aquella columna sobre una victoria del Junior contra el Millonarios de Don Alfredo Di Stéfano. En un texto mucho mejor que el de Berascochea, inmortalizó con maestría a Heleno, que fallecería a los 38 años en un manicomio víctima de las drogas y el alcohol. “Si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía”. De Di Stéfano dijo que “si de algo este sabía era de retórica”. Retórica con los pies, claro.

Igualmente, a García Márquez siempre le interesó más la gente que el juego, poniendo la lupa sobre personajes como el delantero Rigoberto ‘Me muerde’ García Pautt, un futbolista del Junior con el que mantuvo una gran amistad. García Pautt, famoso por su potente disparo, se ganó ese apodo cuando mordió a un defensa del Deportivo Cali. ‘Gabo’ frecuentó el estadio de Barranquilla y la cantina Los Almendros, justo delante del estadio, donde solía tomar una cerveza fría entre hinchas, hablando de deporte con barranquilleros que, en 1982, empezaron a contar a sus hijos cómo habían conocido al Nobel de Literatura. Aquel 1982, por cierto, García Márquez fue recibido por un grupo de colombianos en Madrid. “¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia!”, gritó uno. Y García Márquez, bromista, miró hacia la puerta y respondió: “¿Y dónde está ‘Kid Pambelé’?”, en referencia al apodo con el que era conocido Antonio Cervantes Reyes, el primer boxeador colombiano campeón del mundo. A ‘Gabo’ también le gustaba el boxeo. Y el béisbol. Y el fútbol. Pero, sobre todo, le gustaban las personas.

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Toni Padilla

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