Todos le llamaban Mágico aunque su santa madre lo hubiese bautizado como Jorge Alberto González Barillas. Cuando todavía correteaba tras una pelota de tela en las polvorientas callejas de San Salvador de Bahía, el delgaducho Jorge Alberto ya manejaba la bola como un mago al que nunca se le acababan los trucos. Y no tardó en debutar como futbolista profesional. Con apenas diecisiete años, fichó por el ANTEL. Esa temporada, el locutor de radio Rosalío Hernández Coronado lo rebautizó como ‘El Mago’, tras asistir boquiabierto a una retalía de detalles de calidad en la victoria de su equipo por 3-1 frente al Club Deportivo Águilas. Aquel joven desgarbado se había convertido en hombre. Y no pararía de crecer hasta convertirse en un gigante.

Su primera gran hazaña fue clasificar a su selección para el Mundial de 1982. Y en tierra española, decidió sacarse algunos trucos de la chistera para marcar el único gol de su selección. Lo hizo en el partido que perdieron por diez a uno, frente a Hungría, el 15 de junio, en el Nuevo Estadio de Elche. Mágico González cabalgó hacia el área como un desgarbado don Quijote bailando a los defensas que le salieron al paso, y cedió el balón hacia el punto de cal para un compañero mejor desmarcado. El escritor Montero Glez definió así aquel tanto de Pelé Zapata: «Fue un único gol que se convirtió en un gol único».

Aquel fue el primer gran truco del mago para asombrar al mundo: fabricar un gol que, durante noventa minutos, fue capaz de detener la guerra civil que asolaba su país.

Un genio con musho arte

Aquel verano, varios clubes se disputaron su fichaje. Pujaron, sobre todo, el Atlético de Madrid y el Cádiz. Y Mágico, finalmente, decidió que la vida lenta y alegre de la costa gaditana le haría sentirse más como en casa que el ritmo frenético de la capital. «Los periódicos dieron en titulares que el Cádiz había fichado al Camarón salvadoreño», escribió Montero Glez en El gol más lindo del mundo, «al jugador de fútbol más gitano del otro lado del charco». Y así fue: Mágico González no tardó mucho en demostrar que aquellas piernas huesudas tenían musho arte. Sus taconeos en la banda del Ramón Carranza se volvieron habituales, y todavía siguen arrancando historias a los aficionados más viejos. Y llenando más y más páginas de libros.

«Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni madre», dice Mágico en el libro El genio que quería divertirse, de Marco Marsullo. «Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Solo juego para divertirme». El joven Marco Marsullo viajó a Cádiz para rastrear las huellas que el gigante había dejado en la capital gaditana. Paseó por los lugares que habían marcado la vida deportiva de Mágico, y por supuesto, su agitada vida nocturna. Y escuchó las historias que le contaban los viejos en el bar Gol: que si Mágico había desaparecido una semana después de una reunión con el mismísimo presidente del Cádiz, Manuel Irigoyen, porque era un irredento; que si, en un par de sesiones, había vuelto loco a un psicólogo chino que le había asignado el club para meterlo en vereda porque era un genio; que había aparecido en la tercera sesión en pijama; que si regaló una chaqueta carísima a un mendigo porque era generoso; que regaló, incluso, sus botas a un aficionado antes de enfrenarse a Bélgica en el Mundial’82; que era tan seductor que nadie podría decir con exactitud, ni siquiera él mismo, a cuántas mujeres había conquistado.

Pero, sobre todo, los parroquianos le relataron a Marsullo goles, mushos goles que solo unos pocos habían visto pero que cientos de miles juraban por sus muertos haberlos vivido. Y aquellas noches de farra que terminaban al amanecer, muchas quemadas con su buen amigo Camarón, los dos artistas disfrutando del sentimiento jondo del flamenco al son de un cajón.

Todas aquellas historias, con el paso de los años, mitificaron las huellas del gigante. Tanto las que había dejado en el Ramón de Carranza como en los corazones de miles y miles de aficionados.

Un gigante que solo quería divertirse

Solo jugaba para divertirse y jugando así divertía a los demás. Esa era su filosofía, en el césped del estadio y en la pista de la discoteca. «Combinaba la velocidad del torero con el típico bailador de flamenco», definió su juego Montero Glez, «digamos que de gitano acostumbrado al zapateo sobre la cama de una mujer». Y añadió, por si las moscas: «O de dos». No exageraba: el propio Diego Armando Maradona dijo que le envidiaba. El periodista argentino Bruno Passarelli entrevistó al Pelusa en agosto de 1986, durante una pretemporada del Napoli en un pueblito de los Alpes austríacos. Los tifosi jaleaban a su nuevo dios: «Maradona é meglio e Pelé», gritaban. El ‘Pelusa’ sonreía agradecido, pero le dijo a Passarelli que aquellos hinchas no sabían que había un futbolista mejor que ellos. Cuando el periodista le contestó que no conocía a ese tal Mágico, Maradona le contestó: «Entonces averiguá, ignorante».

Los dos genios no habían llegado a compartir vestuario por poco ya que el verano de 1984, apenas unos meses después de la marcha de Maradona, el F.C. Barcelona realizó una gira por tierras californianas a la que invitó a Mágico. «Una prueba», cuenta Marco Marsullo, «una manera de saber si valía la pena ficharlo y juntarlo al resto de grandes figuras que el club estaba reuniendo para dominar en España y en Europa». Sin embargo, aquella gira no pasó a los anales por las jugadas mágicas del astro latinoamericano, sino por una anécdota de alcoba.

Sucedió en el Hotel Hilton, el hotel de concentración del equipo ‘culé’. Cuentan que, de repente, comenzó a sonar la alarma de incendios y todos los clientes, incluidos los futbolistas, se reunieron en el hall. Todos, excepto Mágico. Era sabido que el salvadoreño tenía ciertos problemas con el sueño y que su relación con los despertadores no era muy cordial. Y esa impuntualidad irritaba sobremanera a un británico como el míster Terry Venables. Tanto que él mismo acompañó al mozo a la habitación 401 de Mágico. «Cuando el entrenador inglés derrumbó la puerta», cuenta Marco Marsullo, «el Mago estaba tumbado en el centro de la cama, desnudo, con una sábana que le tapaba malamente la entrepierna, y dos rubias al estilo Miss California a su lado, también desnudas pero huérfanas de sábana».

A pesar de que Mágico juró que no había oído nada, además de una velada divertida, aquella inoportuna alarma de incendios malogró su fichaje por el F.C. Barcelona. Quizás tenía que ser así. Quizás su historia debía escribirse en otro lugar. O quizás, simplemente, Mágico fue, como afirma Montero Glez, «el último futbolista de una casta que se saltó, a la torera, la raya de la prohibición».

Una leyenda en el Ramón de Carranza

Uno de los recuerdos más vivos que guarda el escritor gaditano Antonio Hernández de los veranos es el Trofeo Carranza. Siendo un niño, los vivía en la playa escuchando los partidos en una vieja radio, rodeado de sillas de plástico, sombrillas, platos con restos de tortilla de patata y pimientos fritos, y por supuesto una ración generosa de esa alegría que torna la escasez en abundancia. El fútbol tenía esa magia: convertía una tarde normal en algo especial. A pesar de ser bético, Antonio Hernández disfrutó con el fútbol desplegado en la edición de 1984, poco después de que Mágico volviera de la gira por tierras californianas.

Los caprichosos astros futbolísticos decidieron que se enfrentasen el Cádiz y el F.C. Barcelona en la semifinal. «Lo que pasó esa noche de agosto, en el partido más increíble de su carrera», cuenta Marsullo, «ha sido contado durante años por boca de los afortunados que pudieron asistir a semejante despliegue de magia». De todo se ha contado sobre ese partido. Hay quienes dicen que Mágico llegó borracho y Benito Joanet se vio obligado a dejarle en el banquillo durante la primera parte para que durmiera la mona. Otros cuentan que el ‘Mago’ andaba ocupado en menesteres de faldas, y no se presentó en el estadio hasta que culminó su conquista. Hay otros que afirman que tuvo que ser el utillero local quien le suplicase que se despertase para despertarlos a ellos de la pesadilla que estaban viviendo: los ‘culés’ vencían por 0-3 en el descanso. Hay cientos de testimonios en cientos de medios, virtuales y físicos, que aseguran que aquella noche Mágico saltó al campo en la segunda mitad y doblegó al todopoderoso F.C. Barcelona con dos goles y dos asistencias.

La actuación más sublime del mago. Los mejores trucos y regates. El hombre convertido en dios. El futbolista hecho leyenda. Una mentira urdida por la memoria colectiva, según el periodista Javier López Menacho: «En aquel partido, el marcador final fue de 3-1 (con dos goles de Francis y uno de Mejías)», explica en La leyenda mágica del Cádiz. «La literatura ha hecho el resto, construyendo, a través de una lenta orfebrería digital, una realidad paralela que todos asumimos como válida».

Así son las huellas que dejan los gigantes en el corazón de las personas: imborrables, por mucho que la estadística diga lo contrario. Y así se lo hizo saber la Tacita de Plata, su estadio, la tarde en que el ‘Mago’ se calzó la chistera por última vez. Todo el Ramón de Carranza se puso en pie para ovacionar al 11 que había taconeado en su hierba con la clase del mejor 10. «Hoy se le recuerda como figura de fábula», escribió Montero Glez, «un semidiós que pone su mitad más humana en la boca de un pueblo digno de merecer leyendas».