La frase es de Rimbaud. “Je est un autre”. Una frase enigmática, confusa, danzante, una iluminación si se quiere, la voz de quien camina al otro lado. El niño genio de la poesía nos dejó esta frase para que jugáramos con ella. Yo es otro. Podemos patearla, sacarle las vísceras, buscarle un sentido. Tres palabras que de vez en cuando resuenan cargadas de asombro. No puedo decir por qué, pero en los últimos partidos de fútbol que he visto por televisión la frase no para de rondarme la cabeza. Yo es otro. Messi es otro. Cristiano es otro. También el Tato Abadía es otro. Cualquiera de nosotros lo es. La frase de Rimbaud permite el juego.

Todo futbolista es otro cuando lo miramos. En cada jugador que nos nace en un bancal, en cada nuevo fenómeno que descubrimos, queremos ver el reflejo de un futbolista diferente. ¿Qué nos ha pasado, por ejemplo, con Haaland? Los referentes no han bastado con él, ha sido preciso acudir a una alquimia de Batistuta, Adriano y hasta de personajes de Dragon Ball. Pero, ¿por qué es tan esquivo el reflejo de Erling Braut Haaland? Seguramente lo sea porque pensamos en él como un jugador proyectado hacia otro tiempo. Quizá por ello los modelos se quedan cortos y tenemos que compararlo no con un jugador del pasado, sino con una criatura llegada del futuro. Haaland ha visto goles que vosotros no creeríais. Para poder explicarlo, el delantero noruego tiene que ser un cyborg. En definitiva, Haaland es otro.

Cada jugador arrastra la carga de su pasado y, en ocasiones, la esperanza de un tiempo de gloria obligado a detenerse. Todo futbolista que miramos y se mira es una sucesión de espejos, un doppelgänger, un Jekyll, un Dorian Gray, un sosias tan fiel como escurridizo. La ambición de Cristiano lo lleva a querer ser todos a un mismo tiempo. También le sucede a este Cristiano crepuscular del que se nos escapan los patrones. Segunda década de sus treinta y sin embargo reinventándose, siempre en fuga de sí mismo, obsesionado con las comparaciones para superarlas y poder decirlo. Esa necesidad de aprobación permanente, el desafío en cada uno de sus espejos, el doble que te acecha, tortura y mejora. En él está Narciso, por supuesto, pero también Sísifo. Cristiano Ronaldo, no lo duden, es otro.

Quizá nunca sea tan tenaz el peso del doble como cuando uno lo encuentra al cruzar la puerta de casa. Los hijos de futbolistas tienen que trascenderse para dejar de ser algún día aquel que los precedió. En los herederos queremos ver sin remedio al otro que ya no está en la cancha. No importa si el hijo mejora con creces al padre, seguiremos viendo en él los gestos de antaño. Ver jugar a Justin Kluivert, Ianis Hagi o Giovanni Reyna, además de hacernos sentir irremediablemente viejos, representa un ejercicio de metáfora constante. El remate en carrera, el golpeo de falta, un balón al ángulo, imágenes nuevas que afloran en nosotros como déjà vu. En el nombre del padre. La frase es recurrente pero inevitable. Kluivert, Hagi y Reyna también son otro.

 

Todo futbolista es otro cuando lo miramos. En cada jugador que nos nace en un bancal, en cada nuevo fenómeno que descubrimos, queremos ver el reflejo de un futbolista diferente

 

Hay jugadores a los que devora su reflejo como una parodia cruel. Es entonces cuando el otro impone su ley a través de una tiranía que arrasa con todo atributo del presente. Zlatan Ibrahimovic ha sabido burlarse como pocos pero también ha terminado por dejar de ser él mismo, quien quiera que el sueco sea. Estatua, tótem y tributo al exceso. Zlatan, como Proteo, ha querido ser Dios, Bruce Lee y hasta ganador de algún Mundial sin llegar a clasificarse. Viéndolo caminar en San Siro nadie duda de que, en esa elegía, permanece algo de su talento desbordante pero cuesta dejar de contemplar a su vez el pastiche de un ego sobreactuado. Ya no podemos pensar en el gol sino en el gesto de la foto, en el meme de mañana. Ibrahimovic, él me está dictando lo que escribo, es otro.

Hay quien sobrelleva mal las comparaciones y hay quien decide regodearse en ellas. Las analogías entre Messi y Maradona siguen siendo agotadoras, en la mayoría de casos sin fundamento más allá de la mitología. Ninguno vivió la vida del otro pero, sin embargo, están condenados a renovarla. Lionel Messi, que como dijo Juan Sasturain tiene algo del Pierre Menard de Borges, le encontró un placer culpable al juego de espejos. Y así llegaron el gol de Maradona de Messi, el penalti de Cruyff de Messi y, claro está, la imitación obsesiva de sí mismo. Hoy la velocidad ya no puede ser igual, del extremo al falso nueve, del falso nueve al mediapunta y del mediapunta al vigía. Messi, condenado como ninguno a la otredad, se reinventa en la figura de todos aquellos futbolistas que le dijeron que nunca podría llegar a ser. Messi, tal vez el primero en saberlo, es otro.

Comparamos a los futbolistas con músicos, con escritores, con dibujos animados; por qué no hacerlo también con carpinteros, con cajeros, con artistas del trapecio. En cada futbolista que vemos queremos encontrar algo de nosotros mismos. En muchas ocasiones nosotros somos a través de ellos, nuestro pasado se renueva sin previo aviso, voluble y ridículo como un peinado de Neymar. Las comparaciones son odiosas, dicen, pero es nuestra forma de explicar y explicarnos. Eso sí, no hay antropología en el mundo que pueda dar cuenta de todos los Maradona que han sido, serán y, por milagro de la genética, siguen siendo. Maradona, mírenlo a los ojos, siempre es otro. Insondable, todavía humano. “Je est un autre”, decía Rimbaud en las Cartas del vidente. ¿Qué quería decir con eso? ¿Quiso decir algo? Vuelvo a encender la televisión. El partido no tiene ningún interés pero no puedo dejar de verlo. En cada futbolista veo una imagen del pasado y del futuro. Eterno presente cuando rueda el balón y vuelvo a contemplarlo. El balón es otro. Algún día recordaremos todos los futbolistas que fuimos. Yo es otro. Como tú lo eres. Fútbol es otro.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.