Miradas

Cuando el fútbol termina

Cuando el fútbol termina, me vengo abajo. Noto un vacío irreparable en mi interior. La temporada se despide y algunos jugadores lo hacen para siempre. Leo en las gradas una pancarta que dice: “No llores porque terminó, sonríe porque sucedió”, un mantra que trato de aplicar a mi estado de ánimo. Rebobino los mejores momentos de mi equipo a lo largo de la temporada. Me sacan una sonrisa. Es absurdo, pero los siento un poco míos. Como si fuera un abuelo que, en sus últimas, sonríe satisfecho por el legado que deja a sus nietos. Como si las gambetas de Lamine Yamal fueran mías. Y los trofeos. Y las alegrías. Después invoco una sensación ineludible: el fútbol es una maldita confusión. No es nuestro, pero lo parece. Porque se mueve en el terreno de las experiencias, de las emociones. Eso es vida que absorbemos, que luego contamos. Me cuesta creer que tantas emociones vividas frente al televisor puedan haberse grabado tan profundamente en mi recuerdo. Me flipa y me acojona. De pronto me pongo más cerebral. Estoy seguro de que no es para tanto. Me autoconvenzo de que actúo como si fuera un niño. De hecho, llevo haciéndolo durante toda la temporada, me digo.

 

El fútbol es una maldita confusión. No es nuestro, pero lo parece. Porque se mueve en el terreno de las experiencias, de las emociones. Eso es vida que absorbemos, que luego contamos

 

Me vienen a la cabeza las horas perdidas leyendo la prensa deportiva. El tiempo que le he dedicado a pensar en un niño de 17 años. El dinero que he gastado en cervezas. La sonrisa que me ha podido sacar un tipo disfrazado de gato. Comienzo a sentir un poco de vergüenza de mí mismo. Pero se esfuma en un santiamén. Porque compruebo que lo único que hago es consolarme de un final que no puedo soportar. Escribo una frase en mi diario: “Cuanto más mola el fútbol, peor se pasa el verano”. La buena noticia es que he vuelto a escribir. El fútbol ha echado el cerrojo y empiezo a comportarme como en realidad querría. He retomado la novela de Arià Paco que dejé a medias. He dejado de morderme las uñas. He pensado más en mi familia, en mis amigos, he organizado el fin de semana sin tener en cuenta el horario de un partido de fútbol. Sin embargo, algo falla. Nada fluye con suficiente naturalidad. Todo viene a marchas forzadas. La verdad es que ya no sé quién quiero ser. Cuando el fútbol termina, termina una parte de mí.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.

Advertisement
PUBLICIDAD
Lluís Inarejos

Entradas recientes

Y la Fiore nos robó el corazón

Un club tan especial, como una basílica, no lo construye una inteligencia perfecta. Porque la…

3 días hace

Isco Alarcón: Europa, la tierra, el duende

El malagueño se convirtió este martes en el primer jugador de la historia en disputar…

3 días hace

Adel Taarabt y el paso del tiempo

El futbolista marroquí anuncia su retirada a los 37 años. Pone fin a una carrera…

3 días hace

Camello y el Rayo: recuperar lo nuestro

Camello está haciendo goles cuando el Rayo necesita goles y está diciendo cosas cuando el…

4 días hace

Real Politik FC #26 | El estadio como instrumento de poder

Detrás de cada estadio hay una lectura política: de la industrialización británica al fascismo europeo,…

5 días hace

#Panenka161: Gabriel Batistuta y los 100 años de la Fiore

Batistuta, Fiorentina, Artemio Franchi, Alberola Rojas, Mónaco 2016-17, fútbol en Groenlandia y mucho más. Aquí…

5 días hace