Está lo de amar y ser amado. Después, existe una especie de felicidad de segundo grado. Esa que se nutre con las aficiones, los pasatiempos, las pequeñas cosas. La que depende, en gran parte, de aquel viejo rockero, mítico futbolista o actor favorito de turno. Su talento es la única razón por la que nos importan y a través del cual nos dejamos manipular, saciando nuestras alegrías cotidianas. Casi que actúan en nuestra vida como elementos fantásticos. Raramente nos paramos a pensar en la persona, en aquello que les hace sufrir, llorar, lo que discuten con sus amigos o lo que desayunan por las mañanas después de levantarse. Meterse en la piel de uno de esos es tan complejo como intentar jugar al fútbol como Cruyff o Maradona. Pero a veces, es indispensable hacerlo para descubrir que, detrás de la fantasía, vive un ser terrenal, sensible, familiar, defectuoso. La historia de Rod Stewart es para contarla. Podría escoger, al azar, cualquier día de su vida, pero hay uno que se me resiste, y ni siquiera tuvo que cantar. Así me lo he imaginado:

***

Uno no descubre el verdadero color otoñal hasta que no da un paseo por los bosques de Epping, Essex, fantasmagóricos de noche y súper pigmentados de día. Por allí caminaba Sir Rod Stewart, combatiendo su propia resaca, la mañana después de su último concierto en Londres. El estreno de su álbum navideño, Merry Christmas, Baby, declinó en una apasionada cogorza que solo el frescor de aquella arboleda podía sanar. La calma era absoluta, con permiso de la hojarasca, que se iba estrujando a cada paso que daba Rod camino de su palacete. De pronto, un intenso frenazo desbarató todo el sosiego que había conseguido conciliar. Su hija Renee, como de costumbre, llegaba pisando el acelerador de su Jaguar XJ con la intensidad de una persecución policial: “¡ya estoy aquí, papá!”.

Era la primera en llegar a uno de esos eventos familiares que Rod promovía con el ánimo de reunir a toda la parentela, incluidas sus exmujeres. La excusa de turno era nada menos que el primer aniversario de su nieta, Delilah. Ni el sobresalto de Renee, ni su prominente dolor de cabeza, podían enturbiar la satisfacción que le producían aquellas congregaciones mixtas, fruto de la generosa siembra de sus semillas; ocho hijos de cinco mujeres distintas, todos y todas sentados en la misma mesa. Igual que su talentosa voz, aquello le hacía sentirse sumamente orgulloso.

Los chicos, Alastair y Aiden, jugaban a fútbol en el jardín a medida que iban llegando el resto de los invitados. Su padre -añadiendo glamur al duelo- no mentía cuando les contaba que allí mismo habían entrenado los jugadores del Celtic, el Liverpool y el Newcastle. Rod y Renne observaban la emocionante tanda de penaltis, encarando -por qué no- el primer trago del día. Ansiosa por charlar, Renee se adelantó a la hora de los postres destapando una reluciente botella de Johnnie Walker. Papá no le hizo mal gesto alguno, a pesar de que todavía salivaba la amargura de la madrugada. Al carajo con el plan de resarcimiento.

La joven Renee siempre admiró la capacidad de su padre por juntar a todos sus ex amores, aunque fuera una sola vez al año. A lo que le soltó: “papá, tendrás que explicarme cómo te sobrepones a la infidelidad. Ver a mamá haciendo migas con Kelly, Penny y Alana me resulta cuanto menos asombroso”. Rod, incómodo, dribló el comentario dando indicaciones a los muchachos. “¡Los penaltis siempre rasos y a un lado, Alastair!”. “¡Buena parada, Aiden!”. Estiró el disimulo todo lo que pudo hasta que su hija insistió con dureza. Volvió a empinar el codo y, al fin, habló: “vamos a ver, ¿verdad que las canciones, en lugar de sustituirlas, las acumulo? Pues pasa los mismo con las personas”. Propagando un aliento insalubre, continuó: “puedes decir, con razón, que fui infiel, sí, un pecador, pero nunca perdí el cariño por nadie y siempre fui feliz, siempre”. Renee, sorprendida por aquel arrebato de sinceridad, respondió: “no te lo negaré, pues jamás te invadió el remordimiento. Ni siquiera lloraste una sola lágrima, ¿me equivoco?”. Rod, destruyendo el mito de la ruptura traumática, sentenció: “uno solo llora por algo que dura para siempre, todo lo demás debe afrontarse con alegría, sin sollozos”. Aquellas palabras llenaron de ternura a Renee, empeñada en apurar la charla hasta la hora del lunch.

Las conversaciones, como los partidos de fútbol, hay que sudarlas. Uno a menudo se presenta a ellas perezoso, frío, retraído, tal vez resacoso. No es hasta que el calor de las palabras evoca sentimentalismos, que sus partícipes se prendan el uno del otro. Eso es lo que ocurrió entre Rod y Renee, entonados, en parte, por el sabor de la primera copa. Porque en petit comité se bebe whisky, el elixir de las confidencias, mientras que en grupo se bebe vino, más dado a la jarana. De siempre. Por eso, a la llegada del resto de comensales, Penny descorchó un par de Vega Sicilia para recibirlos con sus debidos respetos. Kelly, Alana y Rachel, las ex de Rod, formaron su clásico corrillo, al que más tarde se sumaron Renne, Ruby y Kimberly, sus hijas. Liam y Sean se incorporaron al partidillo de los críos, formando un prometedor dos para dos. Rod tomó en brazos a su nieta Delilah, que lloriqueaba después de que su padre, Benicio del Toro, la protegiera del frío con un capuchón que más bien parecía irritarle.

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Primer plano de Sir Rod Stewart, pañuelo en mano, rompiendo a llorar de la emoción. Éxtasis. Rod estaba fuera de sí. Un gesto que lo eximía de sí mismo, de su apática relación con las lágrimas

 

El sensiblón de Rod canturreó a Delilah una versión lullaby de su ilustre Maggie May: Sleep preety ‘Deli’, you stole my heart but I love you anyway… the morning sun, when it’s in your face, really shows your age. Entre verso y verso, grandpa Rod pensaba en el regalo que le tenía preparado y, cómo no, en el partido de las 19:45h. “¿A qué hora parte el avión a Glasgow?”, le preguntó su esposa, Penny. Sin responder, Rod se concentró en liquidar su segunda copa de vino para dar comienzo, cuanto antes, al banquete. Apurado por la hora, decidió marcar el ritmo de los comensales, deseosos por degustar aquel pletórico surtido de aperitivos varios, shortbreads, jellied eels, haggis, pudin, tarta de queso, té, brandy y vino, mucho vino. Terminado el ágape, Rod cerró su extraño paréntesis para contestar, ahora sí, a la pregunta: “a las 19h, me largo en diez minutos”. El abuelo se perdería el momento de los regalos, apenas quedaría tiempo para la foto colectiva. Dejó su paquete junto al resto y se marchó.

“¡Saluda a Messi de nuestra parte!”, gritaban Alastair y Aiden mientras el chófer, Matthew, arrancaba el coche camino del aeropuerto. “La canción, Matt”, ordenó Rod, que no es un tipo especialmente supersticioso, pero sí costumbrista. Jamás escucha sus propias canciones, excepto una, y solo en día de partido: You’re In My Heart. Un tema que supuestamente dedicó a una de sus concubinas. Y digo supuestamente porque, en este caso, un par de versos destapan su particular alegoría del amor eterno: you’re ageless, timeless, lace and fineness… you’re celtic, but baby i’ve decided, you’re the best team i’ve ever seen. Algo así como: eres eterno, Celtic, el mejor equipo que he visto nunca. Aquel no era un día cualquiera para Rod. Además del cumpleaños de ‘Deli’, el Barcelona de Leo Messi visitaba el Celtic Park. Él estaría presente en el palco para animar al club de sus amores. Nada nuevo, de hecho.

Mientras tanto, en Epping, seguían corriendo el vino y los regalos. También el balón en el césped, hasta que Liam y Sean se hartaron de los muchachos. Por fin podían sentarse a ver el partido, aunque solo fuera el tramo final. Quizás las cámaras enfocarían a papá o lo entrevistarían al final del encuentro, como ya es habitual. Sin embargo, la primera imagen que mostró el televisor fue la de Leo Messi celebrando un gol chupándose el pulgar de su mano izquierda. “Espera, ¡es el 2-1, vamos ganando!”, voceó Alastair. El Celtic encaraba los minutos de descuento venciendo en el marcador gracias a los goles de Wanyama y Tony Watt. Increíble. Tanto como lo que sucedió a continuación.

Tras el silbido final, las cámaras desatendieron los rostros de alegría de los ‘Bhoys para capturar una estampa mucho más relevante: primer plano de Sir Rod Stewart, pañuelo en mano, rompiendo a llorar de la emoción. Éxtasis. Rod estaba fuera de sí. Un gesto que lo eximía de sí mismo, de su apática relación con las lágrimas, ademán de sentirse atraído por un amor distinto a todos los demás. La cara de Renee era la de haber resuelto un acertijo, conectando aquello con el broche de oro de la conversación matinal: uno solo llora por algo que dura para siempre, uno solo llora por algo que dura para siempre, uno solo… Entre risueña y estupefacta, exclamó: “¡tócate los cojones!”. Los demás, asombrados por la reacción de Renee, se echaron a reír, dibujándose un escenario antagónico entre los Stewart: Rod bañado en lágrimas y el resto de su familia carcajeando al unísono.

Acabado el jolgorio, Benicio recordó que a Delilah le faltaba desenvolver el regalo de su abuelo. El último paquete para la cumpleañera guardaba una camiseta del Celtic de Glasgow con el número uno en la espalda y una frase grabada: you’re in my heart.

 


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Fotografía de Getty Images.