Lo teníamos claro: España iba a ganar la Eurocopa. 2022 era nuestro año y la próxima hegemonía debía vestir nuestros colores. Sin ni siquiera bajar del avión, dábamos por hecho que la copa sería abrazada por todas y cada una de nuestras representantes. Éramos las favoritas. Éramos las mejores. Íbamos a vencer a Alemania por primera vez, superar las eliminatorias dejando por el suelo a quien se nos pusiese por delante y, por supuesto, ganar la finalísima de Wembley. Europa a nuestros pies. Alexia reinando. La película perfecta estaba, solo, en nuestras cabezas.

“No os flipéis, que España en la absoluta no ha conseguido nada y la Eurocopa será muy complicada”, avisaba Aitana, jugadora del Barça y de la selección, en La Resistencia. En la misma sintonía se mostró Mapi León en los días premios al certamen. “Estaría bien que no nos metan presión desde fuera, porque parece que si no ganamos es un desastre o un drama”, explicaba la central aragonesa en rueda de prensa. Pero no quisimos escuchar los intentos de las protagonistas por devolvernos a la realidad. Por aquellas fechas, la ilusión estaba desbocada y no había manera de domarla.

En nuestras cabezas todo encajaba a la perfección, pero las piezas del puzle comenzaron a desmoronarse. La primera fue Jenni, que salió de la selección con polémica tras asegurar que podría haberse recuperado a tiempo de la lesión de rodilla que sufría. La siguiente en abandonar la escuadra fue Salma Paralluelo, un día después de haber sido incluida en la lista para disputar la Eurocopa. Por último, y a dos días de que el silbato inaugurase la Eurocopa, el ligamento cruzado de Alexia partió el corazón de la afición. La mejor jugadora del mundo apoyó a las suyas en el estreno frente a Finlandia y tomó el vuelo de vuelta a España.

A pesar de que las nuestras acabaron doblegando a Finlandia con contundencia, empezar perdiendo a los 50 segundos no fue más que un preludio de lo que nos iba a esperar. Alemania fue el primer verdugo. Dos minutos cargados de emoción en la que las futbolistas daban signos de querer llevarse el partido y dar un golpe sobre la mesa. Pero a los dos minutos, el error de Paños condenaba el encuentro. Su regalo a Bühl, implicaba remontarle a las mayores campeonas del continente. España amasó el balón y trató de inmiscuirse por los diminutos recovecos que se abrían de forma ocasional en la muralla germana. La posesión cayó de nuestro lado y ese fue el plan del combinado alemán. No es lo mismo jugar bonito que jugar bien. Alemania hizo gala de una seguridad defensiva envidiable y, sin lucirse ni engalanarse, tiró de oficio para llevarse la contienda.

La sólida ilusión del principio comenzaba a diluirse a pasos agigantados. Dinamarca lo confirmó. El juego de la selección era soporífero y las danesas estuvieron a punto de hundir el navío español. Solo un solitario tanto de Cardona al final del encuentro tapó el descosido anímico en el que empezaba a encontrarse la selección y en la carencia de alternativas y decisiones necesitadas de explicación que llegaban desde el área técnica. La celebración por superar la fase de grupos en segundo lugar fue algo más comedida de lo esperado y las caras llegaban a reflejar preocupación por lo cerca que se había estado por momentos de volver a casa a las primeras de cambio.

 

Nos ‘flipamos’ demasiado. Pero, ¿cómo no íbamos a hacerlo? ¿Y quién lo va a evitar cuando el esférico empiece a rodar, en un año, en el Mundial de 2023? Las esperanzas empiezan ya a trasladarse de sede.

 

Las encuestas eran negativas. 3-1. 4-1. 4-0. 2-1. Los resultados que más se escuchaban por los prolegómenos del estadio. Pocas voces confiaban en que la selección lograse superar a la anfitriona. Tampoco ayudaba, por supuesto, la maldición de los ‘cuartos’. Tras caer en esa fase tanto en la Euro de 2013 como en la de 2017, el combinado nacional necesitaba arrancarse ese peso. Maldita superstición. Por otro lado, también nos cayó encima una maldición que llegaba desde la disciplina masculina y era la de no haber conseguido eliminar nunca al anfitrión del torneo.

El globo se había desinflado ya cuando el balón comenzó a rodar, pero el fútbol tiene estas cosas. Por momentos se nos había olvidado la calidad que atesoran estas futbolistas y España comenzó a disputar y ofrecer el mejor juego que había desplegado durante todo el torneo. Inglaterra temía las embestidas de una selección aquejada de falta de gol. Esa fue la mayor suerte británica. El dominio no se trasladó al marcador en los primeros 45 minutos, pero los sudores fríos de las inglesas llegaron con gol de Esther en la segunda mitad. Las jugadoras creyeron, pero el tanto rival a seis minutos del final quebró la esperanza. La prórroga amenazaba y a los seis minutos de empezarla, el tiro de Stanway culminaba la remontada inglesa.

Fue el partido de muchas… Y la derrota de todas. A pesar de la derrota, no se podía echar en cara absolutamente nada a las jugadoras que saltaron ayer al verde. La contundencia de Mapi en defensa, el equilibrio de Patri, el corazón de Aitana o la magia inagotable de Athenea. El oficio de Ona y Carmona en los laterales y la paciencia de Esther. Incluso la confianza de Tere o la elegancia de Mariona. Podríamos seguir así, llenando párrafos, durante un buen rato más. Pero al término de la media hora extra, las lágrimas comenzaron a llover sobre el césped de Brighton. El fútbol, una vez más, no había sido justo. En el mejor encuentro que había disputado la selección, llegó también el mayor de los castigos.

España se despedía del certamen repitiendo la palabra ‘orgullo’. Se llenaron la boca a base de repetirla, pero nunca había sabido tan amargo ese término. La decepción se vistió con la casaca de la ‘Roja’ y acompañó a las futbolistas durante una noche más. Una de tantas otras. Pero su presencia sirvió, también, para reflejar el estado de salud de este combinado, los cambios necesarios para seguir creciendo y, por supuesto la calidad perenne de las jugadoras de nuestro país. Jugadoras que se han ganado a pulso, y semana a semana con sus clubes, que tuviésemos fe ciega en ellas. Y quizás sí. Seguramente sí. Nos ‘flipamos’ demasiado. Pero, ¿cómo no íbamos a hacerlo? ¿Y quién lo va a evitar cuando el esférico empiece a rodar, en un año, en el Mundial de 2023? Las esperanzas empiezan ya a trasladarse de sede.

 


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Fotografía de Getty Images.