Hay conjuntos que brillan con una luz extraña. No son, de largo, los mejores de la competición, no se pasean por los campos barriendo rivales con comodidad, no cuentan entre sus filas con el jugador de moda. Por no llamar la atención, ni el diseño de su camiseta consigue sacarte del tedio de ‘lo habitual’.  Pasan por los torneos como quien pasea al perro, caen eliminados, y para casa, como es de rigor. Abran paso a las estrellas, a los elegidos para este deporte. “Los buenos tipos no ganan partidos, los cabrones, sí”, decía Mourinho en una charla a sus jugadores en All or Nothing, la serie de Amazon sobre los ‘Spurs’. ¿Será verdad?

Desde luego, cuando uno observa a la selección de Dinamarca no tiene la sensación de encontrarse ante uno de esos conjuntos que provocan el temblor en las piernas de sus rivales. Su propuesta amable, sin duda ofensiva, cuenta con grandes virtudes y, seguro, algún defecto, pero no hay ningún punto en el que reparar y poder afirmar “ahí está la clave de este equipo”. Transiciones rápidas, mimar el cuero y presión alta, sin olvidarse de replegar profundo cuando es necesario ni de apurar las opciones a balón parado: estas son algunas de las bondades de esta Dinamarca. Un equipo a veces plano y oportunista, que cae simpático, por el que nadie daba nada después de las dos primeras jornadas de la fase de grupos de la Eurocopa 2020. Y ahí están, tres gigantes y ellos a un lado, sonriendo en la foto. 

Por primera vez desde 1992, Dinamarca jugará las semifinales de la Euro. Los paralelismos entre la plantilla actual y la de entonces aumentan mientras se van sucediendo los partidos de la ‘Dinamita Roja’, el sobrenombre que adquirió la selección durante la década de los 80. Para el recuerdo queda esa primera vez que una selección entraba en la fase final de una Eurocopa sin haberse clasificado, y por supuesto la gloria posterior alcanzada por el grupo dirigido por Richard Møller Nielsen. Suecia’92 fue la última vez que la fase final la disputaron solo ocho equipos, y la primera que las camisetas llevaron los nombres de los jugadores. Un torneo atípico, con Europa sumida en una reforma profunda y violenta, lo que provocó la expulsión de Yugoslavia a diez días de empezar el campeonato y la inclusión del conjunto danés, que había quedado por detrás en la fase de clasificación con una derrota, un empate y siete victorias.

 

Dinamarca vuelve a ser ‘Dinamita Roja’ cuando se planta en tu campo y no te deja respirar. Braithwaite es en parte el culpable de esa presión asfixiante. Todo ello sumado a la velocidad de Poulsen, la calidad de Mæhle, el despliegue de Höjbjerg y el instinto de Dolberg

 

 

Como ilustra la portada de #Panenka108, también esta Euro ha nacido marcada por las circunstancias extradeportivas. No sabemos qué hubiera pasado de haberse disputado el año pasado, ni tampoco si por allá en 2012 la UEFA no hubiera propuesto la posibilidad de jugarla por primera vez en distintas sedes con la voluntad de repartir los costes entre varios países en este periodo de depresión económica. En el caso danés, la supuesta ventaja de jugar en Copenhague los tres partidos de la fase de grupos empezó con un verdadero infierno. Ante la debutante Finlandia, Dinamarca tiró 22 veces y no fue capaz de hacer un gol. En cambio, Finlandia llegó una vez y para adentro, confirmando que todo lo que podía salir mal en el encuentro iba a salir peor. El fútbol, claro está, quedó ese día en un segundo plano tras el paro cardíaco sufrido por el jugador franquicia danés, Christian Eriksen, que llegaba a la Euro después de un final de temporada brillante en el que se llevó el Scudetto con el Inter. Esperamos que el ‘10’ vuelva pronto a los campos, el fútbol lo necesita.   

De vuelta a 1992, tampoco las cosas empezaron de manera idílica para los ‘Vikingos’. Cuenta la leyenda que los hermanos Laudrup, Brian y Michael, andaban con la mosca detrás de la oreja porque no disfrutaban con el juego defensivo que proponía Møller Nielsen. Cu ando llegó el momento de improvisar a toda prisa el equipo para la Euro, el seleccionador consiguió convencer a Brian, pero Michael decidió quedarse fuera. Así, Dinamarca llegó al primer partido sin preparación y sin, probablemente, el mejor jugador de su historia. Consiguió rascar un empate ante Inglaterra. En el siguiente partido, la derrota ante Suecia dejaba a los rojos con un pie y medio fuera de la competición, y a los jugadores pensando en retomar sus vacaciones después del breve periplo. En el tercer y último partido de la fase debían enfrentarse a la todopoderosa Francia de Cantona, Deschamps y Papin. El destino estaba escrito, se iban para casa.

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Algo parecido debería pasar por las cabezas de los daneses en su tercer partido de esta Euro 2020, esta vez ante una no tan imponente Rusia. Después de la derrota lógica ante Bélgica en el segundo encuentro en Copenhague, el público empezaba a temerse lo peor al ver como corrían los minutos y el muro ruso no cedía. Mucha circulación de balón, pero lenta, falta de un último pase magistral, se echaba de menos al ‘10’. Pero cuando todo parecía perdido, apareció el jovencísimo Mikkel Damsgaard para clavar una rosca memorable desde la frontal que cogió a contrapié al portero ruso y a media Europa. Desencallado el embudo, la selección danesa se soltó por fin y el 1-4 final le permitió pasar a octavos por el valor de los goles a favor. De puntillas, sin hacer ruido, y contra todo pronóstico, Dinamarca se clasificó como segunda de grupo en el último partido. Del mismo modo, unos años antes, el gol del estrambótico Lars Elstrup ante Francia desató la locura en la grada danesa y certificó el pase  a las ‘semis’ de esa Euro 92.

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Si una lección nos dejan las temidas rondas del K.O en cualquier torneo, es que nada importa como llegues a ellas, sino lo que hagas una vez allí.  De nada sirve arrasar en la fase de grupos si luego no eres capaz de mostrar tu mejor versión cuando llega la hora de la verdad. Sino, que se lo pregunten a Países Bajos o a Francia. Una Eurocopa pasa en un suspiro, sobre todo si es tan divertida como la que estamos viviendo, pero hay que aprender a respirar por el camino. La concentración de partidos (el empacho incluso) provoca verdaderas mutaciones en equipos que empiezan jugando de una forma y en pocos días parecen otros.

Este es el caso de Dinamarca, que ha empezado a creérselo desde la rosca de Damsgaard, quien se está erigiendo como una de las sensaciones del torneo. En octavos, sacaron el rodillo ante Gales, semifinalista en 2016, y el despliegue futbolístico mostrado fue espectacular. Con Delaney como figura clave controlando el mediocentro, Dinamarca vuelve a ser ‘Dinamita Roja’ cuando se planta en tu campo y no te deja respirar. Un Braithwaite estelar es en parte el culpable de esa presión asfixiante, que luego también se traduce en la pausa siempre necesaria en la elaboración, llevada a cabo por centrales de altura como Kjær (el gran capitán) o Christensen, en un nivel de forma óptimo. Todo ello sumado a la velocidad de Poulsen, la calidad de Mæhle, el despliegue de Höjbjerg y el instinto de Dolberg hace de los ‘Vikingos’ un equipo en mayúsculas, sin fuegos artificiales, donde cada pieza rema en la misma dirección.

Veremos qué ocurre en las semifinales ante la Inglaterra de los ‘Bad boys’. El conjunto de Southgate da miedo y su ascensión es meteórica, después de pasearse en cuartos ante una Ucrania decepcionante. En el 92, Dinamarca se enfrentó en semis a la ‘Naranja Mecánica, un equipo de época que contaba en sus filas con jugadores de la talla de Gullit, Koeman, Rijkaard o Van Basten. En el minuto 5, Brian Laudrup puso un centro precioso y Henrik Larsen (el Dolberg de la época) remató con precisión. Especular, ¿para qué? Nadie daba un duro por ellos, y acabaron ganando el torneo. No fueron unos cabrones, simplemente jugaron al fútbol. Y muy bien, por cierto.

 


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Fotografía de Imago.