Aquella invitación a ir al cine supone una herida. Un signo de esnobismo, al límite del desprecio, de parte de algunos de vosotros, españoles, que 13 años después nosotros, italianos, seguimos sin entender. Se jugaba una semifinal de Champions League que por añadidura era un derbi milanés, mientras en la otra semifinal participaba un tercer club italiano contra un equipo de vuestro país (Juventus-Real Madrid). Y por lo tanto el fútbol italiano daba, al menos en aquella temporada, una altísima demostración de competitividad, nunca repetida tras ese momento. Pero a pesar de este hecho objetivo, uno de vuestros diarios –no recuerdo cuál, y quizá sea mejor así– os invitó a los españoles a no perder el tiempo viendo el Milan-Inter. Mejor salir de casa a mirar una película. Una cualquiera, no importaba, porque cualquiera hubiera sido más espectacular que un partido de fútbol entre dos equipos italianos. Y, en realidad, el pronóstico no resultó erróneo, porque el encuentro estuvo dominado por el tacticismo y acabó 0-0. Y luego, en la vuelta, se dio un nuevo empate (1-1). También 0-0 acabaría la final, de 120 minutos, entre Juventus y Milan, jugada en Manchester y vencida por penaltis del lado rossonero. Pero este no es el tema. El tema es aquella herida, que todavía genera un cierto hormigueo incómodo, acompañado de un signo de interrogación: ¿por qué tanto desprecio?

Ese signo de interrogación vuelve al campo pocas horas antes de que lo hagan ambas selecciones, la Azzurra y la Roja, y seguirá haciéndolo todas las veces que ambos países coincidan de nuevo a nivel nacional o de clubes. A nosotros nos vuelve porque vuestra actitud de entonces -que en el fondo es también la de ahora- duele de forma especial por un motivo fácil de explicar. Nosotros, los italianos, os queremos mucho a los españoles (y al menos en esto imaginamos que el sentimiento es mutuo) os sentimos afines, logramos entendernos bastante fácilmente con vosotros. Y en lo que respecta al modo de jugar al fútbol, os hemos admirado a menudo. Seguimos haciéndolo, a pesar e vuestra invitación al cine. Es por eso que la herida de hace 13 años provoca un dolor especial. Porque no es sólo la herida, sino haberla recibido de quien no la esperábamos. Y ya sabemos que estimar a alguien no equivale automáticamente a ser estimado, porque de lo contrario todo se convertiría en una feria de la hipocresía. Pero no habríamos imaginado una actitud así. La reacción inmediata, incluso en alguien como yo -que no he sido nunca chovinista, he dejado hace tiempo de animar a la Azzurra y no puedo ser sospechoso de albergar simpatías juventinas- fue la de sentir una ligera satisfacción cuando el cuadro bianconero eliminó al Real Madrid en aquella semifinal. En una tarde que vosotros, españoles, decidisteis no pasar en el cine.

Ni siquiera los intentos más atrevidos de desitalianización, llevados a cabo por el laboratorio del Sacchismo que floreció en el país a finales de los 80, han sabido eliminar nuestro -ismo principal, que es el mismo que ha vosotros os resulta tan indigesto: el tacticismo

Poner ciertos debates en un plano del conflicto identitario acaba siempre por subir la temperatura. Para una comunidad no hay mejor cemento que la hostilidad de otra comunidad. Pero si volvemos a discutir de forma serena, queda por asumir el hecho de que en materia futbolística estamos hechos para discrepar. Y que en esta discrepancia la balanza no está equilibrada, porque nosotros admiramos vuestra diversidad mientras vosotros desestimáis la nuestra. Un desequilibrio perfectamente reflejado por la dicotomía que habéis construido y que nosotros hemos percibido: Juego vs Resultadismo. Vosotros sois el juego de forma absoluta, incondicional, pero nosotros somos resultadistas al punto de legitimar el antijuego. Para nosotros el resultado es casi siempre el juez supremo, ya sea para determinar quién vence como para dictar quién pierde. Y somos conscientes de que este hábito puede ser insano. Pero estamos hechos de este modo, nos hacemos cargo, y a través de este hábito hemos generado tanto nuestras glorias como nuestras vergüenzas futbolísticas nacionales. Con el curso de los años hemos intentado corregirnos. Pero ni siquiera los intentos más atrevidos de desitalianización, llevados a cabo por el laboratorio del Sacchismo que floreció en el país a finales de los 80, han sabido eliminar nuestro -ismo principal, que es el mismo que ha vosotros os resulta tan indigesto: el tacticismo.

Para nosotros el calcio no ha sido nunca ni será jamás una experiencia inmediata, y por lo tanto carente de un momento de mediación. No lo es el calcio como no lo es cualquier otra cosa. Somos especulativos, tanto en el sentido más alto del término (examinamos cada situación a través del filtro de un profundo pensamiento) como en en el más bajo (no nos avergonzamos de aprovechar las mínimas ventajas que cada situación ofrece). Llevamos a Machiavelli en la sangre, y en el fondo no solo nosotros: una razón estriba en que aquel “secretario florentino” se ha convertido con el transcurrir de los siglos en una figura de referencia en la teoría del realismo político a nivel mundial. Otra razón es que ahora nuestros técnicos son capaces de vencer en todos los rincones del mundo, incluso a pesar de entrenar al Leicester.

Ya está, nosotros en el fútbol somos así. Miramos al resultado, y a partir de este imperativo hemos afinado nuestro estilo de juego. Un estilo que no es mejor ni peor de tantos otros. Es simplemente aquel que expresa nuestra manera de ser en el fútbol. Puede gustar más o menos, pero no debe caerse en el error de decir que no sea fruto de un arte. Porque sostener una afirmación de ese tipo sería el efecto de una extraordinaria escasez intelectual. También el fútbol defensivo es un arte. Y sé que puede parecer una tesis muy extraña. Pero solo quien ha visto en acción generaciones enteras de defensores italianos sabe cuánto talento se requiere pulir para poner en liza una capacidad tan elevada de contrastar al adversario, limitar su fuerza y golpearle en sus puntos débiles sabiendo esperar el momento justo para hacerlo. El opuesto exacto a vuestra forma de ser en el campo, basada en el dominio territorial mediante una insistente posesión de balón. Bella y armónica, pero a menudo barroca. Tanto que a nosotros a veces nos parece un ejercicio de narcisismo próximo a una forma de masturbación. Frecuentemente admiramos vuestro modo de dominar al adversario pero no lo entendemos si luego no llega al objetivo, que para nosotros sigue siendo el gol, hecho o no recibido: la única medida posible en el fútbol.

Al recelo de los italianos a esta manera futbolística vuestra de ser le ha salido un libro de Michele Dalai, una especie de manifiesto que ya expresa su esencia desde el mismo título: ‘Contro il tiqui taca‘. Y siento ya la objeción de quien invita a no confundir el Barça con toda la España futbolística, pero respondo que vistas desde fuera las diferencias se borran para dejar lugar a una impronta unificante. Y en este sentido el Barça resulta la sublimación del estilo futbolístico radicado en las tierras de España. Respecto a este estilo, y a su sublimación representada por el equipo blaugrana, hay un porcentaje de seguidores italianos con una posición negativa; a esta porción de tifosi viene el libro de Dalai a dar expresión, incluso en modo radical. Pero hay otra parte de los aficionados italianos, mayoritaria sobre la anterior, que expresa plena admiración por ese tipo de juego, ya sea en su versión blaugrana o Roja. En ambos casos, no se acepta el engaño de esta dualidad entre el nosotros italianos contra vuestra esencia española a través del fútbol. Porque ya sean disidentes o admiradores, los italianos comparten una certeza: que vuestro fútbol resulta demasiado extraño para nosotros. Lo es para quien le tiene aversión, y por lo tanto no soñaría nunca de tomarlo como ejemplo. Y lo es también para quien lo ama, pero no pensaría nunca en imitarlo. Porque también vuestros admiradores reservan a esta expresión del juego el mismo placer estético que quien presencia el espectáculo de los sopladores de vidrio. Un espectáculo bellísimo, mucho más que el cine, pero que se reduce a pura estética, un paréntesis en la rutina cotidiana. Un arte demasiado diferente al propio, y que por esta razón permanecerá siempre a una cierta lejanía.

Es justo que sea así, y es justo que entre vosotros y nosotros se mantenga este modo diferente de ser latinos a través del fútbol. Dejémoslo emerger cada vez que nos crucemos en un campo de juego. Y, en lo que atañe al partido de esta tarde, estoy tentado de decir “que gane el mejor“. Pero lo evito, porque sé que gran parte de los tifosi italianos responderían: “Esperemos que no“.

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vethPippo Russo es un sociólogo del deporte y escritor siciliano. Nacido en Agrigento en 1965, imparte clases de sociología en la Universidad de Florencia. Escribe en La Reppublicca y edita su propio blog. Le puedes seguir en Twitter. Es el autor del libro ‘Gol di rapina. Il lato oscuro del calcio globale’, de la que ya se está preparando una versión en castellano. En Panenka escribió el reportaje central del dossier sobre las amenazas del fútbol moderno, en el número 51.