He jugado para dos selecciones y nunca he estado cerca de jugar un Mundial.
Suena duro, pero tampoco es para tanto. Hay millones de futbolistas que habrían firmado mi carrera sin pensárselo dos veces. Aun así, cada vez que empieza un Mundial me pasa algo curioso. Veo desfilar a las selecciones y busco a Guinea Ecuatorial, aunque sé perfectamente que no va a aparecer. De momento.
De niño soñaba con jugar un Mundial con España.
Era lo lógico. Llegué desde Guinea Ecuatorial cuando apenas tenía once meses. Me crié en España, fui al colegio en España y aprendí a jugar al fútbol en España. Debuté con la selección española sub-15 y permanecí en ella hasta la sub-18. Compartí vestuario con jugadores como Víctor Valdés, Pepe Reina, Fernando Torres, Mikel Arteta, Albert Riera, Fernando Navarro o Andoni Iraola.
Lo curioso es que no era consciente de lo extraordinario que era aquello. Me parecía normal. Cuando tienes 15 años crees que las cosas van a seguir pasando porque sí. No piensas que algún día mirarás atrás y te darás cuenta de que estabas compartiendo vestuario con futuros campeones del mundo.
Durante mucho tiempo pensé que mi camino era ese.
Pero fiché por el Southampton, desaparecí de las convocatorias y nunca volví a la selección española. No fui a la sub-20. No fui a la sub-21. Era otra época. No había redes sociales, ni vídeos al instante, ni resúmenes en el móvil. Si te ibas al extranjero podías desaparecer perfectamente del mapa.
Ellos me perdieron la pista y yo también me fui alejando de aquel sueño.
Por eso acabé jugando con Guinea Ecuatorial.
Y no, no fue porque me sintiera menos español. Sigo sintiéndome español. Pero los sueños cambian de forma.
“Cada vez que empieza un Mundial me pasa algo. Veo desfilar a las selecciones y busco a Guinea Ecuatorial, aunque sé perfectamente que no va a aparecer”
Además, entendí algo que nunca me había planteado. En España yo era un futbolista más. Un buen futbolista, sí, pero uno más. Formaba parte de un país que producía jugadores extraordinarios cada año y que tenía una profundidad futbolística enorme.
En Guinea era diferente. Allí era Jacinto.
Sé que suena raro explicarlo así, pero era una sensación real. En España me sentía parte de algo enorme. Tan enorme que a veces uno puede pasar desapercibido. En Guinea ocurría lo contrario. Allí no era un nombre más en una lista. Era el chico que había salido del país siendo un bebé y había conseguido llegar al fútbol profesional europeo.
Mi historia tenía un significado especial para mucha gente y eso me hizo sentir útil de una manera distinta. Podía ayudar, podía inspirar y podía servir para construir algo.
Cuando llegué, la selección también estaba cambiando. Había una generación repartida por España que empezaba a reunirse alrededor de una idea común. Allí estaban Alberto Edjogo, Juvenal Edjogo, Rodolfo Bodipo, Rubén Epitié, Sergio Barila, Andrés y muchos otros jugadores que habían crecido lejos de Guinea pero que seguían sintiendo aquel vínculo invisible con la tierra de sus padres.
Cada uno tenía una historia distinta. Algunos venían del fútbol profesional. Otros de categorías más modestas. Algunos conocían Guinea perfectamente. Otros apenas habían pasado tiempo allí. Pero todos compartíamos la sensación de estar participando en algo que era más grande que nuestras propias carreras.
No llegábamos a una selección consolidada. Llegábamos a una selección que todavía estaba intentando descubrir qué quería ser cuando fuera mayor. Y aquello tenía su encanto, aunque también tenía sus miserias.
Recuerdo uno de mis primeros viajes con la selección. Alberto Edjogo, Rubén Epitié y yo salimos desde Barcelona hacia Madrid. Allí nos esperaba una persona del cuerpo técnico que vivía en la capital y que, en teoría, nos ayudaría con toda la logística del viaje.
El recuerdo que más grabado tengo es un desplazamiento a Nigeria. Nos metieron en un autocar y empezamos a dar vueltas por Lagos. Al principio nadie dijo nada porque supusimos que habría tráfico o que el conductor sabía perfectamente adónde iba. Pero pasaba el tiempo y seguíamos dando vueltas.
Recuerdo mirar a Alberto y decirle en voz baja:
—Esto me huele raro.
La verdad es que a ninguno nos hacía demasiada gracia la situación.
Después de bastante tiempo el autocar se detuvo delante de un edificio medio abandonado. Resultó que era la antigua embajada de Guinea Ecuatorial. Allí nos dejaron esperando sin demasiadas explicaciones. No sabíamos cuál era el siguiente paso, si íbamos a entrenar, si íbamos a comer o cuánto tiempo íbamos a estar allí.
Lo único que recuerdo con claridad es que nos recomendaron no ponernos manga corta porque había muchísimos mosquitos. La temperatura era de unos 27 grados y la recomendación no era especialmente atractiva.
“Guinea Ecuatorial existía antes que nosotros y seguiría existiendo después. Nuestra obligación era simplemente dejar algo mejor de lo que habíamos encontrado”
Lo curioso es que nadie parecía demasiado preocupado. Los compañeros que residían en Guinea lo vivían con bastante normalidad y nosotros intentábamos hacer lo mismo. Si ellos no se quejaban, nosotros tampoco íbamos a hacerlo.
Después de varias horas nos llevaron a un hotel en Lagos. Y allí ocurrió algo bastante revelador. Nadie preguntó por la habitación ni por el horario del entrenamiento. Fuimos directamente al comedor. Creo que no he visto nunca a un grupo de futbolistas entrar tan rápido a una sala de comidas.
Aquel viaje me hizo entender que había mucho trabajo por hacer. No hablo del fútbol. Hablo de la organización, de la estructura y de muchas cosas que en Europa damos por hechas. Yo pensaba que estaba descubriendo Guinea Ecuatorial. Con el tiempo entendí que, en realidad, estaba descubriendo África.
Y luego estaba la política.
Al final nos tocó jugar para una selección gobernada por una dictadura. El hijo del presidente formaba parte del entorno de la selección y del cuerpo técnico. Nunca tuve problemas personales con él ni con nadie de aquel círculo. No eran malos tipos conmigo. Pero tampoco era mi mundo.
Yo había ido allí para jugar al fútbol, nada más. No me interesaban los despachos, ni los cargos, ni las fotografías oficiales. Me interesaba la camiseta, el balón y la posibilidad de ayudar a que Guinea creciera futbolísticamente.
Porque Guinea existía antes que nosotros y seguiría existiendo después. Nuestra obligación era simplemente dejar algo mejor de lo que habíamos encontrado.
Y si alguien representa aquella época es mi hermano pequeño, Ruslán.
Mientras algunos jugábamos en Inglaterra, en Segunda B o donde nos hubiera llevado el fútbol, él se dedicaba a buscar futbolistas ecuatoguineanos por toda España. No tenía oficina. No tenía estructura. No tenía internet como hoy. Tenía un teléfono y una fe inagotable.
Llamaba a clubes. Preguntaba. Investigaba. Buscaba apellidos. Padres. Abuelos. Lo que hiciera falta.
Era futbolista, representante improvisado, ojeador y relaciones públicas al mismo tiempo. Y todo eso con poco más de veinte años.
Lo más curioso es que debutó antes que yo con la selección absoluta. El hermano pequeño llegó primero y probablemente fue más importante que el mayor.
Una de las imágenes que recuerdo con más cariño de la selección guineana ni siquiera me tiene a mí como protagonista.
Es Ruslán.
La selección jugaba contra Marruecos en Malabo. Era uno de los partidos más importantes que había disputado Guinea hasta entonces y acabó con una victoria histórica. Recuerdo a mi hermano durante el himno, con la mano en el pecho, las trenzas sujetas por una cinta y una expresión que mezclaba orgullo, tensión y felicidad.
Años después volví a ver las imágenes del partido.
El campo era un auténtico patatal.
No digo que estuviera mal. Digo que parecía sacado de otra época. Viéndolo desde la distancia daba la sensación de que alguien había decidido rodar una película en un rincón remoto del mundo y había colocado allí a veintidós futbolistas.
Y en medio de todo aquello estaba Ruslán.
Con aquellas trenzas, la cinta sujetándole el pelo y la mano en el pecho durante el himno, parecía más un guerrero que un futbolista.
“Cuando una selección rompe una barrera que parecía imposible, pienso en Guinea Ecuatorial. En Alberto Edjogo, en Juvenal, en Bodipo, en Epitié, en Barila, en Andrés, en Ruslán y en tantos otros”
Quizá por eso todavía hay aficionados que lo recuerdan. Porque estuvo allí cuando todo empezaba. Cuando vestir aquella camiseta era más un acto de fe que una oportunidad deportiva. Cuando clasificarse para una Copa África parecía una fantasía.
Nosotros no jugamos ningún Mundial. Ni estuvimos cerca. Pero ayudamos a colocar algunas de las primeras piedras.
Por eso sigo mirando los Mundiales con cierta debilidad por las selecciones pequeñas. Me pasó con Ecuador en 2002, cuando mi amigo Agustín Delgado ayudó a clasificar a su país por primera vez. Y me sigue pasando hoy.
Porque cada vez que una selección rompe una barrera que parecía imposible pienso en Guinea. Pienso en Alberto Edjogo, en Juvenal, en Bodipo, en Epitié, en Barila, en Andrés, en Ruslán y en tantos otros que ayudaron a construir algo sin saber muy bien hasta dónde llegaría.
Y sigo convencido de que algún día ocurrirá. Algún día Guinea Ecuatorial jugará un Mundial.
Cuando llegue ese día, sospecho que me acordaré menos del resultado y más de aquellas primeras generaciones. De los viajes imposibles, de los hoteles improvisados, de las horas de espera, del viejo edificio de Lagos que había sido una embajada y de aquel campo embarrado de Malabo donde mi hermano escuchaba el himno con la mano en el pecho como si estuviera defendiendo algo mucho más importante que un partido de fútbol.




