PUBLICIDAD

Última noche en Vallecas

El Rayo venció al Estrasburgo y su sueño europeo todavía se hizo un poco más real. Fue la última fiesta de la Conference en Vallecas. Fue una fiesta mágica

Vallecas

El partido acabó y estallamos: cantamos, lloramos, nos abrazamos. Yo ya me dirigía hacia la puerta cuando crucé la mirada con un aficionado. Me costó percatarme, pero después de un par de segundos lo vi claro: llevaba un asiento debajo del brazo, medio tapado con la chaqueta, como quien esconde un tesoro. Era rojo, desgastado por mil batallas. No lo necesitaba, pero era su forma de aferrarse a esta historia. Ahí estaba él, con su butaca bajo el brazo, como un trofeo después de lo ocurrido. El Rayo jugaba hoy el último partido en Vallecas en esta Conference. Y no sé si la ganaremos, pero la hemos exprimido al máximo.

¿Cuánto dura una previa? El partido llevaba una semana bullendo en mi cabeza. Desde que volví de Atenas, no había un solo momento en el que no estuviera presente: mientras estaba en el gimnasio, mientras trabajaba, mientras dormía. Pensando si un empate podía ser bueno, qué renta sería la ideal, convirtiendo a los futbolistas del Estrasburgo en seres mitológicos capaces de cualquier cosa. La previa ya no era solo unas horas antes del partido. Eran varios días de nervios, cálculos absurdos y esa mezcla de ilusión y miedo. 

Hoy tenía que estar en la zona de prensa y desde allí vi cómo mi madre e Irya entraban a la grada. Irya no podía perderse el partido más importante de los ciento dos años de historia del equipo y mi madre la acompañó con mi abono. Fundamentalmente porque las otras cuatro veces que había estado en el estadio el Rayo había ganado. Superstición vallecana. Cuatro victorias. Cero derrotas. No había discusión posible. 

 

“Dentro de muchos años, cuando vuelva a pensar en todo esto, no sé si recordaré el partido. Pero sí esta noche. Y a a mi madre y a mi hija saltando en la grada”

 

Me senté en mi asiento, miré la grada de enfrente, eché un vistazo al fondo y contemplé el nuevo marcador que parece sacado de Roland Garros y es más pequeño que las televisiones de algunos centros comerciales. No pude evitar alguna lágrima que pude ocultar gracias a las gafas de sol. Estaba a punto de vivir unas semifinales en Europa con el Rayo Vallecano. Con mi equipo. Con mi gente. Las emociones se acumulaban y pensé en ese niño que fue al estadio por primera vez hace casi cuarenta años en un partido de Segunda División contra el Sabadell. 

No recuerdo mucho lo que sucedió en el partido. Solo flashes. Como cuando te has pasado una noche con el Jägermeister. Lo que no se me olvida es la presión en el pecho, los nervios, las ganas de salir corriendo muy lejos… y la explosión cuando Isi colocó el balón en la cabeza de Alemao y este remató. El balón besando la red. El estruendo. El gol. En el acta del partido fue gol del brasileño, pero esa pelota la empujó todo Vallecas. Los del campo, los que estuvieron en el descenso en Salamanca, los del drama de Eibar y los que llenaron Benidorm en aquel play-off para escapar de Segunda B. Esos a los que durante años les han preguntado “¿Cuál es tu equipo?” y han recibido una mirada extraña cuando respondíanel Rayo Vallecano. Los que torcemos el gesto y callamos por educación cuando la gente nos dice que “el Rayito” es muy simpático porque sabemos que somos el puto Rayo. 

Desde el otro lado del campo busqué con la mirada a Irya: saltaba, gritaba, era feliz. Perfecto. 

Cuando llegó el minuto ochenta y el estadio seguía bramando y empujando al equipo, cerré los ojos unos segundos: quería disfrutar del momento y me dejé mecer por el movimiento de las bufandas. Esos momentos en los que sabes que tienes que estar ahí. 

Con el pitido final, el estadio se convirtió en una fiesta aunque sabíamos que era la última noche europea en casa. Quién sabe por cuánto tiempo. Por eso nadie quería irse. La gente se quedó cantando mucho después. Otros simplemente miraban el césped, como despidiéndose.  

 

“No sé qué pasará, pero lo que sí tengo claro es que el Rayo ha ganado una semifinal europea. Y si quieren la final, van a tener que arrancárnosla de las uñas”

 

Bajé corriendo las escaleras. Mi madre tenía los ojos brillantes. Irya se me echó encima nada más verme. 

-¿Has visto el gol de Alemao, papá?

-Claro que lo he visto. 

Volvimos despacio hacia el coche, como siempre. Las calles olían a cerveza y a algo que se acababa. En una semana estaremos en Estrasburgo, cantando, sufriendo, riendo y llorando. Todo junto. No sé qué pasará, pero lo que sí tengo claro es que el Rayo ha ganado una semifinal europea. Y si quieren la final, van a tener que arrancárnosla de las uñas. 

Dentro de muchos años, cuando vuelva a pensar en todo esto, no sé si recordaré el partido. Pero sí esta noche. Y a ellas dos saltando en la grada.