Antes de que empezara el partido ya estaba deseando que acabara. Indudablemente, eso es un problema cuando llegas al estadio más de una hora y media antes del pitido inicial.
Mezclar deporte y turismo en un viaje es tremendamente complicado. Al menos para mí. El Rayo Vallecano me está permitiendo conocer sitios a los que nunca había ido, no porque no me apeteciera, sino porque siempre encontraba otros mejores. Atenas era uno de ellos.
Llegamos el martes por la tarde. Teníamos dos días y medio por delante y la intención de exprimirlos al máximo: el Partenón al atardecer, cambio de guardia, templo de Zeus, Plaka… Pero todo era una excusa.
Lo importante, lo único que de verdad importaba, era el jueves por la noche.
Era la misma razón por la que cientos de vallecanos habían hecho cola en taquillas desde las doce de la noche del viernes anterior para comprar una entrada. La misma por la que hubo alguno que pidió un crédito para pagar el hotel y otros buscaron rutas imposibles por Estambul, Tirana o Bruselas. El barrio quedaba con el destino y Atenas solo era el escenario.
“1.500 vallecanos unidos por un hilo rojo nos encontramos por toda Atenas. Cruzamos las calles de Omonia buscando el hotel. Paseamos por la Acrópolis con la franja ondeando entre columnas de mármol de 2.500 años”
1.500 vallecanos unidos por un hilo rojo nos encontramos por toda la ciudad. Cruzamos las calles de Omonia buscando el hotel. Paseamos por la Acrópolis con la franja ondeando entre columnas de mármol de 2.500 años. Nos saludábamos en los bares con un “aupa Rayo” que sonaba a contraseña secreta mientras tomábamos un gyro.
Irya se quedó en el hotel con su madre. Porque aunque uno sea un mal padre que hace que su hija pierda días de clase para viajar a Atenas, todavía le quedan miedos tontos e irracionales: no quise meterla en un estadio griego hostil, lleno de bengalas, ruido ensordecedor y un ambiente que podría ser demasiado para una niña de diez años. Ironías de la vida.
Fui solo al estadio. El ambiente era denso, hostil, eléctrico. Éramos un pequeño mar rojo en medio de un océano amarillo y negro. La grada lo dio todo: cantó desde mucho antes del inicio y paladeó el momento, porque unos cuartos de final en Europa no se juegan todos los días.
No sé cómo pasaron tan rápido las cosas, pero cuando llegó el descanso el partido ya iba 2-0 y yo quería irme al hotel, taparme debajo de veinte mantas y levantarme al día siguiente para coger el avión de vuelta. Le escribía a Irya por el móvil y endulzaba todo lo que veía, porque con que uno de los dos lo pase mal ya es suficiente. Ella me respondía con stickers y notas de voz que no podía escuchar entre los gritos de la gente.
En la segunda parte el AEK siguió apretando. Y llegó el tercero.
3-0.
La eliminatoria empatada.
De repente sentí que el estadio me engullía. El ruido era ensordecedor, las pantallas mostraban a un niño golpeando una vidriera como poseído y yo solo podía pensar en la eliminación. En cómo escribir estas líneas. En cómo se lo iba a explicar a todo el mundo que me preguntara cómo había ido el partido. En cómo se lo explicaría a Irya y en si sería capaz de pegar ojo esa noche cuando me habían quitado de las manos algo que ya creía que era nuestro.
Le escribí: “3-0, hija. Esto se complica”. Su respuesta fue inmediata: “Tranquilo papá, el Rayo siempre da la vuelta”, y una imagen de un gato sonriendo.
Fue entonces cuando apareció Isi y marcó.
Recibió el balón, lo controló y soltó un latigazo con la zurda que se clavó en la red del AEK. Un golazo, de esos que cambian una eliminatoria y una vida. En ese preciso instante, Isi Palazón se metió de cabeza en la historia del Rayo Vallecano. Junto al gol de Felines al Getafe, junto a la vaselina de Onésimo al Mallorca, junto al Tamudazo al Granada. Goles que no son solo goles. Son momentos que los vallecanos seguiremos contando dentro de 30 años con la piel de gallina.
“En ese instante, Isi se metió de cabeza en la historia del Rayo. Junto al gol de Felines al Getafe, junto a la vaselina de Onésimo al Mallorca, junto al Tamudazo al Granada. Goles que no son solo goles. Son momentos que los vallecanos seguiremos contando”
El gol nos metió en semifinales.
Cuando el árbitro pitó el final, el resultado ya no importaba tanto. Básicamente, nada. Habíamos pasado. Entre lágrimas, abrazos y cánticos que no querían terminar, los jugadores se acercaron a la grada. Aplaudieron.
En el taxi de vuelta al hotel, con Atenas iluminada pasando por la ventanilla, iba en silencio y un poco mareado. Ya no tenía ese nudo horrible del 3-0, pero seguía habiendo vértigo. El miedo a que todo esto se acabe sigue ahí, pero ahora va acompañado de otra cosa: la certeza de que estamos viviendo algo único.
Cuando llegué a la habitación, Irya se despertó.
—¡Hemos pasado, papá!
Se lanzó a mis brazos. Y en ese momento entendí que, aunque la hubiera dejado en el hotel, este viaje ya era suyo también.
Atenas no ha sido solo un partido. Ha sido otro capítulo del viaje de nuestras vidas.


