Sarrià fue un lugar antes de ser un símbolo. Allí estaba el estadio desde 1923, integrado en el barrio barcelonés que le daba nombre, con las gradas pegadas al campo y una estructura sin muchas sofisticaciones; un monumento que no necesitó actualizar su apariencia para ser reconocible. El RCD Espanyol jugaba en Sarrià y eso definía al lugar y al club.
No se le recuerda por grandes noches europeas sino por los domingos de siempre. Sarrià enseñó a su gente a estar, a entender que el fútbol también forma parte de la cotidianidad.
Allí se formó una identidad distinta, la de un club acostumbrado a vivir a la sombra sin desaparecer. Sarrià fue refugio y punto de encuentro, un sitio donde lo más importante no era ganar, sino quedarse.
Durante más de siete décadas, fue la casa del Espanyol. Un feudo que se integraba en el entorno urbano, con capacidad reducida y donde se reproducía una relación directa entre la grada y el césped. Allí se construyó buena parte de la historia ‘perica’ hasta finales de los años noventa.
No se le recuerda por grandes noches europeas sino por los domingos de siempre. Sarrià enseñó a su gente a estar, a entender que el fútbol también forma parte de la cotidianidad
Pero Sarrià también fue escenario de uno de los partidos más recordados del fútbol internacional. En el verano de 1982, el estadio acogió encuentros de la segunda fase del Mundial celebrado en España, entre ellos un Italia-Brasil que convirtió por unas horas el campo en el centro del mundo, un estadio pequeño albergando un partido enorme que nadie ha olvidado todavía.
Aunque el Mundial pasó por Sarrià y se fue. El estadio no cambió su esencia por haber sido importante un día. Volvió a los domingos, a la rutina, a su lugar dentro del barrio, como si aquel partido histórico hubiera ocurrido en otra vida.
Con el paso del tiempo, la situación económica y la presión urbanística marcaron su destino. La venta del terreno de juego se presentó como una necesidad para la supervivencia del club. Sarrià dejó de ser viable antes que dejar de ser querido.
El 21 de junio de 1997, el estadio abrió las puertas como cualquier otro domingo. No había pancartas de despedida ni mensajes especiales, el barrio no parecía ser consciente de que aquello se terminaba. Los aficionados entraron al campo como siempre, como un día normal, ocuparon su sitio y miraron al césped como tantas otras veces.
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El último partido de Sarrià se jugó con un once ‘perico’ muy reconocible, propio de un final de temporada y del adiós a una casa que estaba a punto de desaparecer. El RCD Espanyol salió con Toni en la portería; Cristóbal, Nando, Pochettino, Víctor Torres Mestre y Cobos en la defensa; Pacheta, Pralija y Arteaga en el centro del campo; y Quédec y Lardín en ataque.
Durante el partido entrarían Lemoine por Cobos (65’), Bogdanovic por Arteaga (70’) y Tamudo por Ouédec (85’). Paco Flores dirigía al equipo desde el banquillo.
El Valencia CF, por su parte, salió con Zubizarreta bajo palos; Javi Navarro, Iván Campo, Patxi Ferreira (sustituido por Luis López en el descanso); Karpin, Poyatos José Ignacio, Fernando, Moya (Rubén Navarro, 83’) y Vlaovic (Leandro, 75’). Jorge Valdano era el entrenador.
El encuentro se desarrolló de un modo bastante tranquilo, sin muchas urgencias. El Espanyol se impuso por tres tantos a dos gracias a los goles de Ouédec, Pralija y Cobos. El Valencia consiguió reducir distancias en los minutos finales pero no pudo remontar.
Paco Flores no recuerda aquel día ni por el resultado ni por el partido en sí, más por la sensación. “Fue fatal”, resume a Panenka. No por lo que pasaba en el campo, sino por lo que se perdía. Para él, Sarrià había sido la vida de mucha gente, también la de quienes trabajaban allí. Un estadio que, en su opinión, nunca se valoró como merecía, y cuya venta acabó perjudicando al club.
“Nuestro reto era dejar como última huella una victoria que se merecía la afición”, recuerda Paco Flores, entrenador ‘perico’ el día de la despedida
Aun así, tenía claro el objetivo: “Nuestro reto era dejar como última huella una victoria que se merecía la afición”. No hubo ovaciones ni gestos solemnes, recuerda. “Nada de nada”.
El partido se jugó, se ganó y se terminó. Pero la conciencia del final llegó con el último pitido. La gente saltó al césped para arrancar trozos de hierba, para llevarse algo que pudieran guardar. Paco Flores vio la vorágine desde fuera. “La gente estaba loca cogiendo recuerdos”, explica. Pero él no cogió nada. “El recuerdo lo llevaba dentro”.
Sarrià, ese último día, se vació despacio. El estadio se quedó en silencio sin que nadie se lo pidiera. El partido definitivo ya había ocurrido, pero nadie tenía prisa por marcharse. Para Paco Flores, el final llevaba tiempo asumido, no hubo margen para reaccionar. “Desde dentro, no teníamos fuerza ni moral de ningún tipo para cambiar la situación”, recuerda. Las decisiones ya estaban tomadas. Meses después, Sarrià era demolido.
Ese 21 de junio de 1997 no se cerró un estadio. Se puso fin a un sentimiento.



