Es agosto de 2008, y en la capital del Salento circulan fotocopias que muestran el documento de identidad de Antonio Conte con la ciudad de nacimiento, Lecce, sustituida por Bari. Desde su llegada al equipo ‘barese‘ en diciembre del año anterior, Conte se encuentra en la costera Spiaggiabella, una localidad a quince kilómetros de Lecce, organizando un partido de fútbol en conmemoración de su primo Francesco Renna, quien cinco años atrás falleció en un trágico accidente. Nada más acabar aquel encuentro, de repente aparecen tres individuos armados con garrotes y palancas. Su objetivo es claro, ocuparse del exfutbolista y ahora entrenador. Protegido por sus amigos y familiares, Conte evitará el baño de sangre y, por los pelos, conseguirá escapar a su casa. Podría haberse acabado aquí; sin embargo, los que parecen ser tres ultras furiosos del Lecce, son capaces de llegar al domicilio. Por suerte para Antonio, aparecen varias patrullas para zanjar el asunto y dejarlo en un susto. Aunque menudo susto. Un episodio, por suerte, aislado, pero que, en cierta forma, traduce lo que significa Antonio Conte para los aficionados del Lecce, capital del Salento y máximo rival del Bari.
Hoy Antonio Conte se ha convertido en profeta en la tierra de Diego. Con un equipo que ni siquiera clasificó para competición europea la pasada temporada, y que este año se había quedado sin sus dos estrellas: Osimhen y Kvaratskhelia. Sí, Antonio ha vuelto a ser campeón, esta vez con el Nápoles, para levantar el cuarto Scudetto de la historia del club y el quinto de su carrera como técnico. Curiosamente, lo ha hecho en el lugar que, en 1989, le vio marcar su primer y único gol en sus 99 encuentros vistiendo la camiseta ‘giallorossa‘ del Lecce. Y aquí es donde inicia lo que podría haber significado una idílica relación y acabó convirtiéndose en el peor pecado que Conte pudo cometer: la traición. Una historia de odio, de viejos rencores y en la que el perdón todavía no ha encontrado lugar, que Toni Padilla ya contó en su libro Unico grande amore.
Porque Conte, hijo pródigo de Lecce, acaba de debutar con solo 16 años en el equipo de su ciudad. Un jugador prometedor, con una gran visión de juego y unas aptitudes físicas encomiables. No obstante, una grave lesión en la tibia lo mantendrá fuera durante una temporada. A su regreso, junto con la vuelta del Lecce a Serie A, se convertirá en uno de los pilares del equipo, marcando así su primer gol con el equipo ante el Nápoles de Diego Armando Maradona en noviembre de 1989. Casualidades de la vida. Antonio será una pieza clave del equipo hasta su descenso a segunda división dos temporadas después, momento en el que decide hacer las maletas y fichar por la Juventus de Trapattoni.
Ya sea por desesperación o por dejar un mal año atrás, Conte celebra el gol que le marca al Lecce, su exequipo, por todo lo alto. Termina de rodillas frente al banderín de córner. Es el inicio del fin
Aquel fichaje le vale a Conte convertirse en un símbolo para los leccenses. Un chico de la tierra que ha nacido para triunfar. De hecho, tras sufrir una lesión en la final de la Champions de 1996 ante el Ajax, son numerosos los mensajes de solidaridad que le llegan desde el Salento. En pleno apogeo de su carrera, su participación en la Eurocopa puede verse comprometida. Pero, por si fuera poco, en su primer año como capitán de la Juventus tras la marcha de Gianluca Vialli, una rotura en el ligamento cruzado anterior le obliga a finalizar la temporada antes de tiempo. A su regreso para la siguiente campaña, marcará dos goles en sus dos primeros partidos. El segundo de ellos es clave para esta historia. Porque lo hará en la primera jornada de liga, en la que, casualmente, la Juventus se enfrenta al Lecce. Ya sea por desesperación o por deshacerse de su annus horribilis, lo celebra por todo lo alto. Con los brazos extendidos, Conte termina de rodillas frente al banderín de córner.
Es el inicio del fin. Quien un día partía hacia el norte como sinónimo de éxito y orgullo, volvía a casa con la traición bajo el brazo. ¿Cómo podía celebrar un gol de esa forma en su tierra natal? Quizá porque por fin había podido despertar de su pesadilla. Quizá porque para él era un momento importante. Quizá porque todos cometemos errores. Da igual por qué. En Lecce, aquello fue considerado una ofensa. Un peccato veniale. Una herida difícil de cerrar. Aquella tarde de agosto de 1997, el hijo pródigo les clavó una profunda puñalada. Las gradas del Via del Mare se dividían con cada visita de Antonio. Unos seguían aplaudiéndole, otros no le daban tregua. Incluso llegaron a celebrar una dura entrada de Giuseppe Giannini sobre Conte que le valió la tarjeta roja a su futbolista. Casi dándole las gracias.
En 2004, ya en el ocaso de la carrera de Antonio, estuvo a punto de volver a enfundarse la zamarra giallorossi. Tenía 35 años, y Pantaleo Corvino, director deportivo del Lecce, quiso tentarle. ¿Final feliz? Pues no, ya que ni la afición ni la presencia en el banquillo de Zdeněk Zeman lo permitieron. El técnico italo-checo, que dirigió al equipo durante una temporada, fue uno de los grandes acusadores de Conte y la Juventus a finales de los noventa. Se convirtió en enemigo público de la Vecchia Signora cuando, en la temporada 1997, acusó al equipo turinés de abusar de los fármacos.
Conte dará fin a su carrera sobre el césped, pero no tardará en iniciarse en los banquillos. Primero como técnico asistente en el Siena y luego salvando al Arezzo de descender a la Serie C, a pesar de iniciar la temporada con una penalización de seis puntos consecuencia del Calciopoli. Pero aquí llega lo más interesante. Cuando, en vísperas navideñas de 2007, el Lecce le endosa un 0-4 al Bari que hará caer al técnico ‘barese‘ de su puesto. Ante la incredulidad de Salento, Conte se convertirá en el nuevo entrenador del equipo. Un golpe duro, y es que, si aquella celebración con los colores de la Juventus fue toda una deshonra, imaginaros cuando le vieron posar con la bufanda de su eterno rival. Para una pequeña ciudad como Lecce, el amor y el respeto por la camiseta y la tierra están por encima de cualquier resultado deportivo, y aquello fue la gota que colmó el vaso.
Por si fuera poco, en el derbi de vuelta disputado en el Via del Mare, el Bari consigue vengarse y se lleva el encuentro ganando 1-2. Un resultado que dejaba al Lecce sin ascenso directo y que le obligaba a disputar la promoción de ascenso. Por suerte para sus aficionados, y podríamos decir que también para Conte, el equipo finalmente logró subir a la Serie A. Fue durante esas fechas cuando se produjo el desastre de Spiagiabella. Porque cuando se suponía que los aficionados ‘giallorossi‘ debían estar celebrando el ascenso, unos pocos no quisieron olvidarse de su antiguo ídolo.
El incidente no espantó a Conte, que permaneció una temporada entera en el club y logró ascenderlo a la Serie A ocho años después. Por cierto, el Lecce descendió aquel curso. Pero, hablando de Antonio, pese a aceptar una renovación con la entidad de la Apulia, acabó rescindiendo tres semanas después, un presagio de lo que ha acabado siendo su carrera como entrenador: exitosa a la vez que turbulenta, marchándose de Juventus, Chelsea, Inter y Tottenham por la puerta de atrás.
En Lecce siempre han esperado una disculpa, pero nunca ha llegado. Conte, el jugador más exitoso del club y uno de los mejores entrenadores italianos es, a la vez, considerado un traidor en su casa
Pero a la relación entre Conte y Lecce todavía le queda un episodio por contar. Han pasado 17 años desde entonces, durante los cuales los caminos de Conte y el Lecce han tomado direcciones opuestas: uno triunfando en los banquillos, los otros llegando a hundirse en las profundidades de la Serie C. 17 años en los que la herida ha seguido sin curarse, ni siquiera cuando se convirtió en seleccionador nacional. Incluso un intento de reconciliación por parte del que fuera alcalde y presidente de la provincia de Lecce no sirvió más que para hacerle perder las elecciones en la siguiente campaña. Porque en Lecce siempre han esperado una disculpa, o por lo menos una explicación, pero nunca ha llegado.
Parece paradójico, pero el jugador más exitoso de Lecce y uno de los mejores entrenadores italianos es, a la vez, considerado un traidor en su casa. Y así se lo volvían a recordar cuando, en su visita al Via del Mare con el Nápoles el pasado 4 de mayo, era abucheado por los aficionados mientras se arrodillaba delante del banquillo del Lecce en memoria de Graziano Fiorita, fisioterapeuta ‘giallorossi‘ fallecido esta primavera.
A veces el amor también es una forma de humillación. Querer a alguien no es más que entregarle tus miedos e inseguridades y confiar en que no los va a destrozar. Eso fue Antonio para el Lecce. Y quizá hayan faltado palabras de Conte para curar esa herida, pero nunca han sobrado los gestos. Porque, a pesar de sus éxitos, Antonio no se olvida de Lecce. Allí vive su familia, allí creció como futbolista y como persona, allí tiene un lugar en el que reencontrarse. Y aquel día, a pesar de los abucheos, eligió mantenerse al margen y no celebrar el gol de la victoria. Ni tan solo protestar, a sabiendas de su intensidad. Quizá era ese el gesto que necesitaban. Uno no es profeta en su tierra, que dicen, pero para la tierra de Salento, Antonio no dejará de ser motivo de orgullo. Quién sabe si mañana aquel odio se confundirá con la nostalgia. Quién sabe si mañana, Antonio y el Lecce se volverán a dar un abrazo, como cuando un padre perdona a su hijo y el amor se funde entre los brazos.
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Fotografías de Getty Images.



